Capítulo 7. El avance del miedo

Las afueras de la Escuela de Ciencia Política de la Universidad Central de Caribea eran un hervidero de actividad. Unos doscientos estudiantes se mantenían pintando algunos mensajes de protestas contra Arlex sobre pancartas de cartón. En muchas de ellas se leía: “Liberen a los estudiantes desaparecidos”, “Borjas, libera a mi hermano, sabemos que tú lo tienes”.

En el cafetín de la escuela, los estudiantes que intentaban liderar aquella nueva marcha buscaban ponerse de acuerdo sobre la estrategia a seguir. Algunos como Julián, radical en su postura, proponían marchar hasta el Palacio de Gobierno, sitiar el edificio levantando barricadas a su alrededor, pedir la renuncia de Arlex e intentar derrocarlo. Otros como Alonso, más moderados, planteaban marchar solo hasta la fiscalía general, como organismo garante de los derechos humanos, y entregar una carta al nuevo fiscal general, donde exigían investigar el paradero de los estudiantes desaparecidos.

—Es una ridiculez —dijo Julián—. El nuevo fiscal también es un adepto de Borjas, esa carta la meterá en la cortadora de papel de su oficina antes de leerla. No podemos ir a perder el tiempo en la fiscalía, mientras nuestros compañeros estudiantes están secuestrados por este gobierno, solo Dios sabe bajo qué condiciones.

—¿Y qué pretendes? ¿Qué seamos carne de cañón? ¡Me niego a eso! —sentenció Alonso poniéndose un lápiz sobre su oreja—. Son los dirigentes de los partidos políticos quienes deberían estar marchando al Palacio de Gobierno, no únicamente nosotros. Ninguno de ellos estuvo presente en la última manifestación. Ellos son los po-lí-ti-cos, los que deben dar la vida en el campo po-lí-ti-co de la calle y no lo hacen. Ellos no tienen derecho a tener miedo, se supone que son líderes, el riesgo es su trabajo. No ofrendaré mi vida en ayudar a liberar a Caribea, para que los cobardes de partidos como Nueva Esperanza asciendan al poder luego de mi muerte, y den la espalda a los estudiantes cuando ya no les sean útiles. Todos los políticos son iguales. Alguien debería dejar caer un avión sobre la sede de ese partido, con todos los políticos dentro.

—Como hace falta Roberto, él sabría qué hacer. No somos capaces de ponernos de acuerdo en esto —comentó Joaquín otro de los estudiantes—. Sin él a la cabeza, no creo que sea prudente salir a marchar.

Otros compañeros estuvieron de acuerdo con él; sin embargo, Julián lo objetó.

—Roberto siempre nos subestima, siempre quiere hacerlo todo. Sé que no lo hace por mal, pero es el momento de hacer algo por nosotros mismos.

—Vamos a calmarnos, por favor —intervino Nancy—. Todos y nadie tienen la razón. Yendo a la fiscalía solo perderíamos el tiempo, pero yendo al Palacio de Gobierno perderíamos la vida, no olvidemos la emboscada de la última vez por parte de la policía. Los resultados fueron secuestros y el asesinato de un hombre. Propongo ir a la sede de la Sociedad de Naciones Democráticas aquí en la capital y entregar un documento al embajador.

—Pero no avisamos a nadie en la Sociedad de Naciones Democráticas que iríamos, esto sería improvisado. ¿Crees que nos atenderán? —preguntó Julián.

—Si no nos recibe el embajador, le daremos la carta a la secretaria, al conserje, a la señora que limpia los baños, a quién esté allí en el momento —respondió Kristel muy firme—. Llamaremos a Focovisión para que esté ahí, lo grabará todo. Será nuestra constancia que entregamos una carta solicitando su ayuda.

—Decidido entonces, nos vamos a la sede de la Sociedad de Naciones Democráticas —dijo Julián.

—Tenemos que hacer el mayor ruido posible, los organismos internacionales, el mundo debe escucharnos, alguien tiene que ayudarnos —añadió Alonso.

Todos aplaudieron y gritaron eufóricos en apoyo a la propuesta de Nancy. Salieron del cafetín con los ánimos fortalecidos y se reunieron con los otros estudiantes en las afueras de la escuela. La marcha comenzó casi a las diez de la mañana, con más de mil personas entre estudiantes y otros miembros de la sociedad civil.

La marcha, en su recorrido a la Sociedad de Naciones Democráticas, debía transitar la Avenida de Los Ilustres, la principal arteria vial de la ciudad capital. Precisamente, cuatro hombres se hallaban ocultos en posición de cuclillas detrás de algunos matorrales ubicados a los extremos de un trayecto de dicha avenida. Uno de ellos era Víctor y el otro Adrián. Las hojas y ramas escondían sus presencias, mientras se vestían con franelas estampadas con el emblema del Partido Nueva Esperanza. Sobre las franelas se colocaron unas camisas a medio abotonar, de manera que el logotipo del partido opositor fuera visible en dichas vestimentas, pero no tanto, solo lo suficiente para dar la falsa impresión de que su visibilidad era por un descuido, y no intencional como en realidad se trataba. Bajo las camisetas se escondieron unas pistolas 9 mm, ajustadas dentro de la parte trasera de sus pantalones de mezclilla. Se colocaron gorras con las viseras bastante bajadas y anteojos negros. Ambos atuendos tapaban sus rasgos faciales. Luego siguieron aguardando la marcha, como fieras esperando con paciencia por su presa.

Al mismo tiempo, una gran pancarta de tela, que rezaba “gobierno secuestrador, libera a los estudiantes”, se ubicaba delante de la marcha. Kristel y Nancy la llevaban en alto, tomándola cada una por un extremo, mientras gritaban consignas a una sola voz con el resto de la gente: ¡Estudiantes libres, el pueblo lo exige! Ellas no fueron conscientes  que caminaban en la primera fila de la manifestación, guiándola, sino hasta que iban a mitad de camino. La adrenalina del momento había mantenido sus mentes concentradas en corear las consignas.

—¡No puedo creer que estemos en primera fila! —le comentó Kristel a Nancy en voz alta, para poder ser oída entre los gritos de las otras personas que vitoreaban—. Y yo le había pedido a Roberto que no lo hiciera por su seguridad, y ahora mírame.

—¡Lo peor es que, yo no tengo miedo! —respondió Nancy—. Siento un ánimo, que no puedo explicar.

—¡¿Cómo si estuvieras haciendo algo muy importante?, ¿historia?!

—¡Así me siento! —confirmó.

Kristel sí tenía algo de miedo; pero, éste era solapado por la idea de que Roberto se sintiera orgulloso de ella, cuando apareciera y supiera que había estado a la cabeza de la marcha. La chica pensaba que de esa manera aseguraba que Roberto tuviese más ganas de hacerle la pregunta que había quedado pendiente.

Mientras marchaba, Kristel reflexionó acerca de los límites de la política. En su opinión,  la política no debería interferir en la vida personal de la gente como ahora ocurría. Ella y sus compañeros deberían estar tomando clases en un salón, y no protestando contra un gobierno dictatorial disfrazado de democrático que pretendía afectar negativamente a la universidad. Ella debería estar respondiendo la pregunta que tanto anhelaba que Roberto le hiciera, y no allí preocupada por su desaparición. No solo era la universidad que atravesaba problemas, ahora el dinero que sus padres le enviaban semanalmente para sus gastos personales le alcanzaban menos, gracias a la inflación, de la que también era culpable el gobierno, según su opinión. Dentro de diez años debería estarse lanzando como candidata a la presidencia de Caribea. ¿Roberto estaría dispuesto a acompañarla? Roberto nunca le ha comentado que quiera ser candidato a la presidencia. ¿Él estaría dispuesto a ser el primer caballero de Caribea si se casaran?

Nancy también tenía en su mente un pensamiento que la ayudaba a sobrellevar el cansancio de caminar largo rato bajo el sol. Le hubiese gustado que el profesor Ariel marchara con ella a su lado, se sentiría orgulloso de ella. Se giró y se decepcionó al ver que no venían más mujeres detrás de ella ni a su lado, únicamente hombres, y las mujeres se hallaban muy atrás, como si ellas mismas se consideraran tan débiles que necesitaban ser protegidas. “Por cosas como esas hay pocas mujeres presidentas en el mundo”, pensó con un bufido.

El sol caía despiadado sobre los marchistas que llevaban casi dos horas caminando, con sus rostros enrojecidos y un vapor de agua que envolvía sus cuerpos.

—Hay muchas menos personas que cuando Roberto convoca a manifestaciones ¿cierto? —le preguntó Julián a Alonso a su lado.

Con el pasar de los minutos, los hombres que aguardaban entre los matorrales de la avenida los Ilustres escuchaban como el sonido de los vítores de las personas marchando se acercaba. La gente caminaba a lo largo de la avenida y comenzaron ya a transitar frente a la guarida de Víctor y sus acompañantes. En ese momento, éstos ingresaron a la marcha portando banderas de Caribea y tocando pitos. Se infiltraron con un perfecto camuflaje a mitad de la manifestación.

Dentro del edificio de la Sociedad de Naciones Democráticas, sus funcionarios conocieron  la decisión de los estudiantes de marchar hacia dicha sede, gracias a un avance informativo del canal Focovisión en la voz de Zulay Lares. El embajador Richard Carter, un hombre de sesenta años, rubio, bastante alto, aceptó recibir una comisión de estudiantes, y de ellos, la carta pidiéndole mediar con el gobierno de Arlex, en aras de la aparición de los estudiantes desaparecidos. Carter consideró que ese gesto no significaba mostrar una postura a favor o en contra de alguno de los bandos políticos, pues él siempre se había expresado a favor de la no injerencia en los asuntos internos de un país; sin embargo, le propondría al gobierno de Arlex servir de mediador entre él y sus opositores políticos, sobre todo, para el respeto de los derechos humanos.

Carter asomó su pálido rostro a la ventana de su oficina en el piso 20, desde donde podía ver la larga y ondulada avenida de Los Ilustres, y a las personas moviéndose sobre ella, cubriéndola varios metros y acercándose con cada minuto. Desde la lejanía, la marcha le parecía una larga serpiente multicolor avanzando muy lento.

Cuando los marchistas se encontraban a dos cuadras de su destino, Víctor, Adrián y los otros hombres armados sacaron sus pistolas y dispararon en todas direcciones. Las detonaciones se oyeron a varios metros de distancia. Muchas personas recibieron disparos a quemarropa y cayeron sobre la calzada, algunas muertas y otras heridas.

Gotas de sangre salpicaron el rostro de Alonso, cuando el joven ubicado junto a él recibió un disparo en la mejilla que le destrozó la cara. Alonso y Julián cargaron al joven por su brazos y piernas, entre el caos de personas corriendo de un lugar a otro. Cuando llegaron a un callejón entre dos edificios, colocaron al joven herido sobre el suelo, le tomaron el pulso pero no lograron sentir el palpitar de su vida.

Mientras, Carter en su oficina podía ver por la ventana todo el infierno desatado en la calle. Desde su punto de vista, la marcha se disolvió como cuando una fila de hormigas marchando en orden es alborotada por la intervención de intruso de gran tamaño. El embajador junto a los otros funcionarios se mostró conmocionado ante la crudeza de las imágenes.

Alonso, Julián, Kristel, Nancy, junto con otros jóvenes estudiantes escaparon de la nueva emboscada y corrieron a refugiarse en la Escuela de Ciencia Política, confiando en una antigua ley que impedía a los organismos policiales penetrar en los recintos universitarios por la fuerza. Entraron a un salón de clases, cerraron con seguro las puertas y estuvieron atentos mirando de vez en vez por las ventanas.

—Pude haber sido yo, el que recibió el disparo en la cabeza, pude haber sido yo, él estaba justo a mi lado. —Alonso, pálido, tartamudeaba casi a punto de romper en llanto mientras se frotaba sus temblorosas manos.

Nancy se acercó a Alonso y lo abrazó, momento en el cual su ánimo terminó de quebrarse y rompió a llorar en el hombro de la chica.

—Tuvimos que correr, dejamos el cuerpo ahí —gimoteó Alonso. Nadie lo culpaba, pero tenía la idea de que todo el mundo lo señalaba, que había algo sucio en él.

—No podíamos correr y llevarlo, no hubiésemos podido escapar. No podíamos hacer nada —se justificó Julián, tajante.

Nancy sobó la espalda de Alonso mientras lo mantenía abrazado.

—No podías hacer nada por él, lo intentaras o no. Nadie podía hacer nada —añadió la chica al oído del joven. Alonso pareció sosegarse y dejó de llorar.

—Había infiltrados enviados por Borjas, de eso no hay duda —intervino Kristel—. Gente enviada para mezclarse entre los marchistas.

—No volveré a arriesgar mi vida en protestas estudiantiles contra Arlex —añadió otro estudiante que tenía un gran raspón sangrante en su codo, por haberse caído al correr cuando iniciaron los disparos.

—Tampoco yo lo haré —dijo Julián para sorpresa de todos—. Es una locura, que se encarguen de esto los políticos. Yo tuve miedo de morir, el miedo es libre. Alonso, tú tenías razón. Pudimos haber muerto… tú pudiste haber muerto, amigo, ¿y de qué hubiese servido? Debe haber muchas personas asesinadas, tiradas en las calles en este momento…

Julián le dio un puñetazo al escritorio para intentar drenar en algo su frustración.

—No creo que los estudiantes vuelvan a marchar. Por lo menos, no contra este gobierno. Sin la Fuerza Armada, la sociedad civil es débil, los lápices y cuadernos no pueden contra las balas. —Alonso se estrujó la cara con sus manos.

—La vida es más importante, tienen razón —añadió Nancy—. Pero si la lucha no es en las calles, será con otros medios.

—No debemos rendirnos, debemos encontrar otras vías —sugirió Kristel—. No contamos con la fuerza bruta, ni con las armas, pero contamos con inteligencia y el conocimiento. Nosotros sí estudiamos la política desde el punto de vista científico.

Nadie lo dijo en ese instante, pero cada uno pensó en la falta que hacía Roberto. Aunque Kristel reconocía que él siempre quería hacerlo todo, tal vez porque subestimaba a los demás, también era cierto que él sabría qué hacer en ese momento. Ella trató de dar ánimos al grupo, buscar otra vía para luchar contra la fuerza; pero, ¿cómo usar los libros y la inteligencia para luchar contra balas? No era nada fácil lo que se les avecinaba y todos lo tenían claro. Por eso, se vieron inmersos en un dilema moral, en una encrucijada personal y profesional: ¿debían olvidarse de la lucha estudiantil contra el gobierno no democrático de Arlex, para evitar problemas y graduarse de la universidad tranquilamente? O por el contrario, ¿deberían hacer honor a su condición de profesionales de la política y seguir enfrentando a Arlex? Por ahora, su mente les decía que debían escoger la primera opción, pero el corazón les decía que debían elegir la segunda.

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A la mañana siguiente, Arlex hojeaba el periódico, reunido con Raymundo en la oficina presidencial. En la primera plana leyó con satisfacción las declaraciones del ministro Tiberio, que acusaba a la dirigencia del partido Nueva Esperanza de haber enviado sicarios a la marcha estudiantil para asesinar a sus participantes y luego intentar culpar al gobierno de Arlex. El ministro aseguró contar con videos que mostraban a los hombres disparando contra las personas, usando franelas alusivas al partido Nueva Esperanza debajo de sus camisas, y que por descuido dejaron ver. La noticia también recogía las declaraciones del diputado Ricardo, quien calificaba la acusación de Tiberio como absurda y un insulto a la inteligencia de la gente. En opinión del parlamentario, resultaba totalmente ridículo pensar que miembros del Partido Nueva Esperanza se pondrían unas franelas que los identificaran como tal, para luego ir a matar personas en la calle. Para él era claro que los atacantes se dejaron las camisas a medio abotonar, con intención de que el emblema del Partido Nueva Esperanza fuera lo suficientemente visible para incriminarlo.

—Espero que con esto los estudiantes se queden tranquilos, y el miedo les ayude a reflexionar —dijo Arlex.

—¿Darás la orden para que el partido Nueva Esperanza sea ilegalizado? —preguntó Raymundo.

—Mi intención inicial era esa, matar dos pájaros de un tiro, generar miedo en los estudiantes, para que no vuelvan a protestar y culpar de esta masacre al partido Nueva Esperanza; pero… a algunas personas les gusta ganar en el fútbol, otros en el beisbol, a mí me gusta ganar en elecciones y restregar el triunfo en la cara de mis enemigos. Quiero que el partido participe en las elecciones que habrá en Tiuna para elegir nuevo alcalde cuando Leonardo sea condenado. Quiero el pequeño gran placer de derrotarlos.

Raymundo se sobaba su barriga echado sobre la silla, mientras sonreía y veía con suspicacia a Arlex.

—¿Por qué no aceptas de una vez por todas que padeces de sadismo político, y me dejas curarte? —dijo—. Eres prisionero de la gente que lideras y no te das cuenta. Necesitas tanto que el pueblo dependa de ti para tú sentirte seguro y fuerte, para que tu vida tenga sentido. Si el pueblo aprende a valerse por sí mismo, tu mundo se caería. Tu necesidad obsesiva de que la gente confirme su adoración hacia a ti en elecciones….todo eso te puede llevar a cometer errores políticos graves, muy graves. Haz que el pueblo dependa de ti; pero, no tú de él. Rompe con esa simbiosis peligrosa…

Aquellas palabras resonaron en la mente de Arlex, y lo despojaron de su invulnerabilidad y fortaleza, como si se tratara de la ropa que llevaba puesta, al recordarle un punto débil sobre el cual intentaba en vano no pensar.

—No vuelvas a darme ese diagnóstico, lo sé de memoria —le ordenó con un tono seco—. Pero lo que no mata… te hace invencible ¿Me ves más débil acaso? Concentra tus esfuerzos en todo sobre el control mental al pueblo. Sobre mi mente me ocupo yo. Si el pueblo está bajo control, cualquier error que pudiera yo cometer no me afectará negativamente.

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En un atardecer, Armando llegó al puesto de jugos de Diego acompañado de otros dos hombres también vestidos con casco y overol; Álvaro y Pedro, sus mejores amigos. Se veían fatigados y pidieron cada uno un vaso de jugo. El padre orgulloso les explicó una vez más el plan de Diego para comprar su bicicleta, y los otros dos obreros prometieron al niño venir todas las tardes luego del trabajo a comprar naranjadas para ayudarlo.

Mientras ellos bebían, Diego les preguntó el número de personas que trabajaba en la fábrica de cemento. Álvaro estimó que alrededor de 2 mil trabajadores. El niño le pidió a su padre que le permitiera llegar allí y vender jugos en la cementera porque en pocas tardes, según él, podría reunir el dinero vendiendo un vaso a cada trabajador. Armando le advirtió lo peligroso que podría resultar el lugar, pues en la cementera había muchas maquinarias de alto riesgo. Si gente que llevaba muchos años trabajando allí, y que cumplía todo el protocolo de seguridad, había sufrido accidentes, con más razón un niño corría mayor riesgo de sufrir un siniestro. Además para eso debía llevarse gran cantidad de recipientes de jugo ¿Cómo se las iba a llevar?

En la noche, Diego, en su habitación listo para dormir, contaba el dinero de las ventas que tenía ahorrado hasta ahora. Apenas tenía cuatro mil olivos, estaba algo desilusionado. La desilusión se mezcló con frustración cuando en la mañana siguiente al ir a su colegio pasó frente a la tienda deportiva y vio que la ansiada bicicleta ahora valía 80 mil olivos.

El sábado temprano en la mañana un obeso niño de unos doce años de edad comía un cambur, mientras veía por la ventana de su casa a Diego vendiendo sus jugos. Aquel gordo llamado Rosendo vivía en la casa del frente, cruzando la calle de asfaltado roto. Salió de la casa, despeinado y usando una franela sucia, y llegó hasta el puesto de Diego quien se hallaba solo. Aurelia había decidido permitirle que atendiera él mismo su negocio a pedido de éste, pues ya no quería ser tratado como un niño pequeño.

Se saludaron de manera algo fría. Hacía dos años Rosendo estuvo una corta temporada molestando a Diego. Le quitaba el dinero que llevaba al colegio, le ponía apodos ofensivos, lo empujaba y golpeaba sin razón. Esto fue así, hasta que los padres de ambos niños descubrieron el hecho y Rosendo fue castigado, negándosele el permiso de ver televisión y salir a jugar a la pelota durante mucho tiempo. Era posible que nunca hubiese perdonado a Diego por sufrir un castigo debido a su causa.

Diego vio con desconfianza aquella visita a su puesto de jugos. No pudo evitar que a su mente llegara el recuerdo de los maltratos, con una desagradable vibración de su cabeza. Rosendo le pidió un vaso de naranjada como regalo de amigos y Diego algo intimidado aceptó. Rosendo lo bebió casi de un solo trago e inmediatamente pidió otro vaso también como regalo, ya que, según él, esos vasos eran muy pequeños y su sed no había quedado del todo saciada. Diego accedió cuando sintió la inmensa mole de grasa del chico muy cerca de él. Intuyó que trataba de intimidarlo, y Diego se enfureció consigo mismo al aceptar que lo estaba logrando, porque sabía que el muchacho golpeaba duro, y no iba a gritar pidiendo ayuda a su madre, como si fuera un niño llorón. Una vez más Rosendo bebió el jugo en dos tragos y pidió de nuevo otro vaso gratis. Esta vez Diego, arrugando el entrecejo, lo miró sin servírselo. Su mirada lo decía todo y Rosendo captó el mensaje: ni un vaso más gratis. El niño logró que la rabia se impusiera al miedo, pero, aun así, su corazón palpitaba descontrolado en pecho, y la sangre le latía en sus sienes.

—Lo sabía, ustedes los opositores son todos unos egoístas. Mi familia y yo seguimos al presidente Arlex Borjas por esa razón.  Si los opositores fueran tan buenos, deberían compartir sus cosas con los demás, pero no lo hacen por egoístas. Si no me regalas otro vaso entonces le estás dando la razón a Borjas, de que solo les importa el dinero.

Aurelia había estado escuchando todo detrás de la puerta y salió causando sorpresa a los dos niños. Ella le explicó a Rosendo que Diego no tenía por qué demostrarle nada a nadie, y él no era quién para pedirle pruebas de cualquier tipo. Ya bastante había hecho al regalarle dos vasos de jugo. Le exigió a Diego que ya no le regalara más bebidas, pues eso haría que tuviera pérdidas en su negocio.

Una mujer de unos cincuenta años de edad salió de la casa de Rosendo vistiendo una bata arrugada y con su cabeza repleta de rollos para ondular cabellos. Se venía mordiendo su labio inferior y su ceño unicejo lucía bastante contraído. Caminó de prisa sin quitar su vista de Aurelia, cruzó la calle y llegó hasta el puesto de jugos.

—Rosendo, no tienes por qué estarle suplicando a estos adoradores de oligarcas que te regalen jugo. Eso es como mendigar a gente que no se merece ni el saludo de gente decente como nosotros —dijo la mujer muy alterada, expulsando gotas de saliva en cada frase pronunciada.

—Pero… doña Sofía espere, tiene que entender que… —Aurelia fue interrumpida en seco.

—¡No quiero hablar nada! Rosendo, te voy a montar tu propio puesto de jugos a ver quién es mejor vendedor y mejor persona. Así no tienes que mendigar nada a nadie —dijo la mujer. Haló a Rosendo de un brazo y se lo llevó a la casa casi arrastrando.

Aurelia con dulzura le puso su mano a Diego sobre su hombro y éste la abrazó a nivel de su cintura.

Esa misma tarde, Rosendo ya se había instalado en su puesto de ventas de naranjadas, con dos recipientes grandes repletos, frente al puesto de jugos de Diego, separados solo por la angosta calle. El robusto niño colocó un cartel en su puesto que decía “Jugos de naranja a 8 olivos”. Algunas personas se dejaron llevar por la oferta de menor precio y, mientras en la venta de jugos de Diego había dos personas bebiendo, en el puesto de Rosendo había seis compradores y venían llegando dos más.

Diego miró hacia el puesto de Rosendo, sin poder ocultar la preocupación por verse superado en el negocio. Rosendo le mostró una sonrisa maliciosa cuando lo sorprendió viéndolo en ese momento, y le hizo una señal con su mano, apuntando su dedo pulgar hacia abajo.

Al día siguiente, cuando Diego volvía del supermercado a su casa, vio en el camino a Rosendo caminando delante de él por la misma calle, y prefirió tomar otra vía para no tener que topárselo. Hacía años que no pasaba por aquel callejón que usó como vía alterna. Se sorprendió al ver las copas de un gran número de árboles de naranjas, que se asomaban por sobre el muro del patio de una casa vieja y casi en ruinas. Era un gran espectáculo de verdes y anaranjados colores. “Desearía que hubiese un árbol de naranjas en el patio de mi casa, no tendría que comprarlas y podría vender más barato los jugos, pero vendería más vasos y ganaría más dinero”, pensó el niño durante unos segundos. Su ejercicio mental se vio interrumpido cuando una anciana salió de aquella casa. La mujer cojeaba, caminaba ayudada por un bastón en una mano, y llevaba una cadena asida al collar de un perro viejo, en la otra mano.

El perro guiaba a la anciana al parecer. A Diego se le ocurrió una idea; caminó rápido hasta alcanzar a la mujer y le propuso un trato. Al otro día, Diego paseó al perro de la anciana y comenzó a hacerlo todos los días por media hora, a cambio de lo cual recibía una docena de naranjas como pago. La anciana lo recomendó con otros vecinos para pasear a sus perros. Uno de los vecinos no solo tenía árboles de naranja en su casa, sino también de mangos, bananas y hasta un huerto de zanahorias. Para el niño, las frutas eran el mejor pago por pasear a cuatro perros, todos al mismo tiempo y por 40 minutos diarios. Con eso Diego pudo reducir los costos de producción de su negocio, en lo que se refería a la cantidad de dinero destinado a la compra de naranjas en el supermercado, que cada semana subían de precio.

Rosendo sintió algo ácido en su estómago cuando vio a Diego colocar un nuevo cartel en su puesto, que anunciaba un nuevo precio para los jugos: “6 olivos”. De inmediato quiso saber cómo hizo Diego para abaratar los costos de producir su bebidas y lograr venderlas más baratas. Ahora su local tenía más clientes que el de Rosendo. Mientras que éste vendía unos tres jugos por hora, Diego vendía más de diez en el mismo lapso.

Esa tarde luego del almuerzo, Rosendo se metió a su habitación y estuvo largo rato mirando por la ventana hacia la casa de Diego. Cuando lo vio salir, lo siguió con cuidado de no ser visto, hasta llegar a la casa de aquella anciana. Rosendo se mantuvo oculto detrás de un bote de basura, y desde la distancia vio las ramas de los árboles de naranja que se desbordaban sobre el muro de la casa. Además observó a la anciana entregarle un perro viejo a Diego. Luego el niño fue hasta otras tres casas cercanas donde también había árboles frutales, y cuyos dueños también le entregaron tres perros más. Al cabo de unos cuarenta minutos Diego devolvió cada perro a su dueño, y cada uno le dio en pago una bolsa con naranjas.

Ahora que Rosendo había descubierto el secreto del éxito de Diego no quería quedarse atrás. Entonces, esa noche a eso de las nueve, saltó el muro de la casa de la anciana, llevando una gran bolsa negra, y dispuesto a robarse varias naranjas. Colocó en el suelo, uno sobre otro, dos cajones de madera que había llevado consigo. Subió sobre ellas y así logró llegar al borde de la pared. Ya dentro del patio de la casa encontró unos troncos de árbol cortados como leña. Los apiló junto a la barda, justo bajo el lugar por donde había descendido, para que luego le sirvieran de apoyo para subir y salir. Las luces de la casa estaban apagadas, “seguro la vieja duerme”, pensó. Dio un vistazo al patio, era enorme. Se sorprendió porque consideró que prácticamente se trataba de un bosque de árboles de naranja. Trepó varios árboles y llenó la bolsa con al menos 80 naranjas. Se amarró la bolsa al cuello y se la colocó por la espalda. Le parecía que pesaba un mundo, pero podía con ella gracias a su corpulencia, “si fuera un flacuchento como Diego no podría” se dijo sonriendo.

Cuando Rosendo estaba a solo unos dos metros de la pila de troncos, unos ladridos lo sobresaltaron en su sigiloso andar. El viejo perro había despertado y corría hacia él, con una fiera expresión de afilados dientes y desorbitados ojos. Rosendo corrió, puso su pie sobre la pila de troncos, saltó y alcanzó el borde del muro con su mano, pero en el acto sintió una mordida en su tobillo. El perro haló y le arrancó un pedazo de su pantalón, su pierna quedó libre y él logró saltar el muro. Su tobillo, herido y sangrante, le dolía, pero él tenía ahora naranjas gratis para competir contra Diego.

Rosendo tenía la intención de volver las noches siguientes a la casa de la anciana y llevaría comida para el perro, que sería las sobras de la comida de su casa. Se las lanzaría al animal y esté se ocuparía en devorar el alimento, mientras él robaba las frutas.

El muchacho comenzó a vender los jugos ahora en 5 olivos, con lo cual logró atraer más compradores. Diego por su parte se arriesgó a bajar el precio de sus jugos un olivo más para igualar el precio de Rosendo a 5 olivos, pero esta vez tuvo una gran idea. Uno de los vecinos, cuyo perro paseaba, tenía un huerto de zanahorias. Diego le pediría zanahorias en lugar de naranjas como forma de pago.

Solo un día luego, desde su puesto, Rosendo notaba como los jugos de naranjas de Diego lucían más anaranjados que siempre. Se acercó un poco, y vio que el cartel del puesto de Diego tenía un nuevo letrero: “Jugos de naranja, realmente anaranjados”. “Compre su jugo de naranja con zanahoria por solo 5 olivos”. Unas veinte personas estaban agolpadas alrededor de su local, mientras Rosendo en solitario contemplaba con envidia el éxito de Diego.

Rosendo intentó meterse a robar zanahorias en el patio del vecino, pero, a diferencia de la anciana, el hombre sí escuchó los ladridos de su perro cuando el muchacho se asomó a la barda, lo vio por la ventana y salió al patio donde recogió una piedra y se la lanzó. Por suerte no dio en el blanco, aunque la piedra le pasó muy cerca de su oreja. El hombre pudo identificarlo, pero su madre negó que se tratara de Rosendo cuando el vecino acudió a ella para acusarlo. Aunque no quería aceptarlo, la mujer en el fondo sabía que era cierto.

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Roberto batía lo que parecía una sopa dentro de una lata sobre una fogata, y lo hacía usando un trozo de rama de árbol. Él estaba sentado sobre un pedazo de tronco viejo de árbol frente al fuego. La preparación del alimento era llevada a cabo en un lugar sucio y oscuro, parecía el túnel de una alcantarilla por el medio del cual corría un estrecho arroyo de agua sucia. En el fondo de aquel sitio había un grupo de mendigos durmiendo cubiertos con periódicos. El muchacho tenía laropa y la cara muy sucias. Llevaba una barba de varios días. Mientras batía, le dio una mordida a una guayaba que llevaba en su otra mano. En un momento, el hombre quedó inmóvil con la rama metida en la sopa y su mirada fija sin pestañear que delataba una idea sobrevenida a su mente de forma repentina.

El fuego era débil, crepitaba y parpadeaba por la corriente del viento que se acumulaba con fuerza en los túneles. La sopa desprendía un olor a plástico quemado.

—¿Por qué no puedo recordar nada? ¿Quién soy? Solo siento que me tengo que esconder. Qué Diablos… ¿Qué o quién soy? —se dijo para sí mismo—. ¿Por qué me asusto cuando veo a un policía? ¿Soy un delincuente acaso?

A los pocos segundos reaccionó cuando sintió un ardor en su pierna. El fuego había alcanzado su sucio pantalón y se quemaba en el borde. Se puso de pie de un salto, con su mano apagó el fuego dándole fuertes palmadas, pero tropezó con el tronco detrás de él, y se golpeó la cabeza contra un muro luego de caer de espaldas. Se levantó adolorido y dando tumbos. Su cabeza sangraba. Todo a su alrededor le daba vueltas y el suelo se le movía.

Minutos luego, Adán, ese mendigo quejumbroso por la limosna de cinco olivos,  llegó al recinto que Roberto ocupaba. Venía bebiendo de la boca de una botella de licor.

—¡La gente está loca, Pirulo! —le dijo a Roberto, mostrando un billete de un olivo—. ¿Recuerdas que hace días una mujer me dio un billete de cinco olivos? Pues hoy una vieja me dio un billete de un olivo. ¿Será que la gente no se da cuenta de lo costoso que está el costo de vivir la vida?

Roberto se mantenía en silencio, tratando de poner en orden cada idea en su mente, con el ceño fruncido, sentado sobre el tronco y sus brazos sobre sus rodillas. Sonrió al oír la particular manera de hablar de Adán.

—No puede ser, Pirulo, no puede ser —repetía indignado.

—Confórmate que tienes salud. Aprovecha lo que tienes, nunca lo haces, como por ejemplo… a la salida de esta alcantarilla hay un montón de árboles frutales, tú lo sabes; naranjo, guayabo, peras, durazno. No puedo creer que no los aproveches. —Roberto le dio una mordida a la guayaba—. Con eso he sobrevivido todo este tiempo.

—Yo he sobrevivido con esto por más tiempo —respondió Adán poniendo en alto la botella de alcohol y luego bebió otro largo trago.

—Por cierto —dijo el muchacho—, no me llamo Pirulo, me llamo Roberto.

El mendigo dejó de beber y lo miró con los ojos bien abiertos.

—¿Entonces lo rememoraste toda tu vida del pasado?

—Así es, me caí y me llevé un golpe, y entonces, todo vino a mi mente —respondió tocando su cabeza y luego mostrándole la sangre en su mano.

—Y entonces… ¿Quién eres tú?

—No puedo contarte. Solo puedo decirte que te estoy muy agradecido, esperaba que volvieras para irme. Tengo que retomar mi vida.

—Bueno, Pirulo te voy a extrañar. —Se lanzó sobre Roberto y lo sorprendió con un abrazo—. Yo y la dormilona de mi esposa ya hasta te estábamos iniciando a comenzar a ver como un hijo de nosotros.

Roberto, sin sentir asco por el mal olor del hombre, correspondió al abrazo.

—Se los agradezco, y estoy seguro que habrían sido buenos padres de haber tenido la oportunidad —dijo el joven rompiendo el abrazo.

—Bueno, que te vaya bien con la “retomancia” de tu vida. No nos olvides.

—No los olvidaré. Cuando salga de mis problemas, los buscaré. Intentaré ayudarlos. Tal vez pueda darles algún trabajo en la carnicería de mi familia…

—¿Trabajar yo? Me enfermaría. Mejor nos dejas pedir limosnas frente a la carnicería, en la sombra —respondió—. No te lo conté,  que una vez yo trabajé con mi zapatería que tenía muy cerca del Palacio de Gobierno. Por culpa del golpe de Estado aquel, de la porquería de presidente que tenemos, cuando él quiso tomar por asalto el Palacio de Gobierno con su tropa, yo perdí mi zapatería, cuando esos locos lanzaron una granada y destruyeron mi zapatería. Yo no tuve dinero, yo estaba pagando el crédito hipotecario de mi casa, ya no pude pagarlo más, me quedé sin mi fuente de sustento y sin casa. Nadie me ayudó. Prefiero estar aquí bajo la tierra, seguro; lejos de políticos y de negociadores de bancos y empresarios, que no le importa la vida de la gente sino ganar dinero y destruir la vida de la gente. —Su tono de voz ahora detonaba melancolía.

Roberto se conmovió al saber que Arlex ya había destruido una vida, desde antes de llegar a la presidencia. Esto lo hizo sentirse más comprometido a ayudar a Adán. Él y el mendigo terminaron de despedirse. El pordiosero estuvo a punto de despertar de forma violenta a la “vieja”, como llamaba a su esposa, para que también se despidiera, pero Roberto lo impidió. Luego de reiterarle la promesa de regresar a ayudarlo, cuando pudiera ayudarse a sí mismo, se marchó, y el mendigo se quedó bebiendo la sopa. Roberto se alejaba pensando en lo increíble que resultaba que, a veces en los lugares menos pensados, hubiese gente sufriendo, incluso bajo tierra, a nuestros pies.

                     *******

La medalla de Antonio Olivo descansaba en aquel momento sobre el dedo pulgar de la  mano de Arlex. Mientras se mantenía de pie, viendo el paisaje urbano por la ventana de la oficina presidencial, lanzó la medalla, la atrapó en el aire y la miró.

—Por segunda vez la medalla te favorece, y te salva la vida Leonardo Pérez —dijo con decepción, viendo la medalla en la palma de su mano, con el rostro de Antonio Olivo viéndolo a él.

Raymundo y Tiberio entraron a la oficina a través de la puerta entreabierta.

—El cuerpo de Roberto no aparece, Raymundo. ¿Estás seguro que se suicidaría? ¿Y qué hay de los otros estudiantes en el calabozo? —le preguntó Arlex.

—Seguro que lo haría, en poco tiempo aparecerá muerto, estoy seguro —respondió el psiquiatra cruzando sus brazos—. Con respecto a lo otro, pronto le toca a Rasputín cometer otro pecado, los estudiantes lo recibirán y dejarán de ser nuestros huéspedes.

—Este es el contenido de los mensajes del smartphone de Daniel. Me refiero a otro smartphone, uno que él mantenía en secreto con otra línea telefónica para  comunicarse con su cómplice. Presidente… lo lamento por lo que leerá en ellos —señaló Tiberio con tono pesimista.

El joven ministro le entregó un smartphone a Arlex, cuya carcasa tenía algunas quemaduras, pero su funcionamiento era óptimo. La pantalla se había ennegrecido algo por los efectos del fuego. Arlex revisó el contenido de sus mensajes de la aplicación de mensajería instantánea. Ante sus ojos apareció un texto que hizo revolver sus emociones y le produjo la sensación de un vapor ardiente envolviendo su cabeza. Además, su ritmo cardíaco pareció salirse de control y su corazón palpitó tan acelerado y fuerte como nunca lo había hecho. En aquel momento, supo que María Laura también usaba otro smartphone que Arlex no conocía, y se comunicaba en secreto con Daniel. Algunos mensajes revelaban que entre ellos había una relación más allá de la amistad:

“Te amo Danny, no veo la hora de irnos del país, no soporto seguir a lado de ese monstruo. Siento que mi asco y repulsión por ese maldito asesino han llegado al límite. Odio a Arlex como nunca odié a nadie. Me siento sola aquí en Rusia. Tengo miedo de que tu plan no funcione. ¿De qué manera te entregará los 500 mil dólares?”

Mensaje de Daniel: “No te preocupes, amor, todo está cuidadosamente planeado, nada fallará…”

Mientras Arlex leía en silencio, Tiberio y Raymundo vieron la frente del presidente perlarse con sudor que caía sobre su entrecejo encogido, y sus ojos se tornaron vidriosos.

—Ella… y su amante. —La voz se le quebró y su mirada se ancló en la pantalla del smartphone—. Salgan, déjenme solo, y cierren la puerta.

Un olor a sangre invadió el interior de su nariz, y notó sus piernas frías y sudorosas. Podía escuchar como sus oídos zumbaban por la aceleración de su ritmo cardíaco.

 Raymundo y Tiberio se miraron en silencio, salieron de la oficina y cerraron tras de sí la puerta. Afuera, se sentaron en el sofá de la pequeña sala de espera que antecedía el despacho de Arlex. En el acto oyeron vidrios romperse uno tras otro en el interior de la oficina. La secretaria, desde la recepción que precedía la sala de espera, entró cuando escuchó los destrozos. Raymundo le pidió ignorar los ruidos, guardar discreción y que les trajera café. La secretaria se retiró perturbada, mientras el revuelo seguía detrás de la puerta de roble del despacho presidencial.

Arlex lanzaba sillas y volcaba mesas mientras lloraba. Arrojaba cualquier objeto que veía cerca de él, y con éste, sentía que se iba un pedazo de su alma contra el piso. Pronto toda la oficina quedó revuelta, y las manos de Arlex sangraban tras haber sufrido varias heridas con alguno de los muchos objetos que rompió.

El hombre ahora lloraba en silencio, en posición fetal tirado en el piso junto al sofá volcado. Miraba las fotos de los portarretratos rotos sobre la alfombra. En muchos de éstas, se mostraba a él con su esposa en diferentes momentos felices: su boda por la iglesia; en la clínica con Tulio recién nacido en sus brazos, mientras ella reposaba en la cama; la foto de él con Daniel en el acto de grado de éste como abogado, entre otras.

Consideró inaudito que otra persona lo traicionara; pero, ahora todo era mil veces peor. Ella era la única mujer que en verdad había amado en su vida; y de lo único en el mundo que creía estar seguro era del amor de María Laura por él. La base de su vida, el pedestal que lo mantenía de pie era su familia, y se había resquebrajado.  ¿Para qué tanto sacrificio? ¿Para que esforzarse tanto en fundar una sociedad feliz, si luego no podría disfrutar de los frutos con la mujer que pensaba lo había amado por tantos años? Nada tiene sentido así. Su hijo, Tulio, ¿lo querrá? ¿Habrá alguien en el mundo que lo quiera? Ahora ya no estaba seguro de nada en su vida. Todo en lo que tenía certeza se había convertido en un gran signo de interrogación, una incertidumbre que lo torturaba. Tuvo la extraña sensación de estar parado en el medio de un vasto desierto, con solo miles de kilómetros de nada a su alrededor. Entonces, por primera vez en su vida supo que experimentaba soledad; la había escuchado mencionar, pero solo ahora sabía lo que era, cómo se veía, cómo olía y cómo desgarraba en las entrañas. Desde ahora, cada vez que viera a su esposa sufriría el mismo suplicio, la tendría tan cerca y tan lejos. ¿Valía la pena vivir el resto de sus días con esa debilidad?

Arlex cambió a posición de cuclillas y se quedó con los ojos cerrados por algunos segundos. Los abrió y sacó del bolsillo de su pantalón la medalla de Antonio Olivo. La lanzó, la capturó en su mano, la revisó y la apretó fuerte.

—No, no, no por favor no —negó con voz ahogada.

Arlex tiró de nuevo la medalla y la atrapó en el aire. Al verla, tuvo la misma reacción de negación. La arrojó dos veces más con el mismo resultado. Finalmente lanzó un grito desgarrador y se arrojó al boca abajo piso. A los pocos segundos se puso de rodillas ya sosegado.

—Bien, Rasputín, está bien —dijo resignado, secando sus lágrimas—. Hasta que la muerte nos separe, esposa mía.

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Capítulo 6. Las calles de la miseria

Daniel gritó preso de un ataque de nervios y cayó de espaldas al piso. Desde allí observó cómo de debajo de la túnica de la Virgen, a sus pies, una fuente desconocida de combustión empezó a generar chorros de fuego. Ella extendió sus brazos a sus lados y lanzó un agudo bramido, mientras mantenía una mueca de dolor y las flamas la envolvían. Su cuerpo ardía en llamas, pero el fuego no la consumía.

Las lenguas de fuego se esparcieron por la sala abrazando sillas, mesas, cortinas. Daniel llevó sus manos a su estómago al sentir que sus entrañas se retorcían. Nunca había padecido un ardor tan intenso en su abdomen, ni en sus peores episodios de acidez estomacal. Apenas logró entender lo que le ocurría: se quemaba desde dentro. Sus vísceras ardían mientras lanzaba alaridos de dolor. Sobre la piel de sus brazos emergieron terribles quemaduras por las cuales se asomaron varios fogonazos. Pronto se vio envuelto en llamas que lo consumían con rapidez. Convertido en una antorcha humana, se lanzó contra la ventana cerrada, rompió sus vidrios y cayó al vacío.

En la calle, las personas transeúntes vieron a Daniel precipitarse desde el quinto piso del edificio, y luego se empaló sobre la rama rota de un árbol ubicado junto a la entrada del inmueble. Su cadáver quemándose quedó colgando de la rama. Las mujeres en el lugar gritaron aterradas al verlo. Muchos curiosos arrastrados por el morbo macabro filmaron el suceso con las cámaras de sus smartphone.

Roberto salió corriendo por la puerta del edificio. Estaba agitado con su mirada extraviada. Tropezó con los curiosos apostados en la entrada que veían el cadáver de Daniel ser consumido por el fuego.

—¡Muerte a Daniel Andara y a Arlex Borjas! —gritó en el momento en que corría y se abría paso entre  toda la multitud.

—¿No era ese Roberto Carrizales, el que busca la policía? —preguntó un hombre, uno de los curiosos allí presente que videogrababa con su smartphone.

Al ver a Roberto, el hombre cambió de objetivo y lo videograbó a él cuando corría y se perdía de vista.

                     *******

Una espesa bruma cubría el amanecer en la ciudad de Moscú, entre cuya opacidad se asomaban las siluetas de la Casa Blanca de Moscú y el Kremlin.

En una amplia y lujosa habitación, María Laura daba vueltas sobre su gigantesca cama, tratando de liberarse de sus cálidas sábanas que la atrapaban y la seducían para seguir durmiendo. Se frotó los párpados y los fue abriendo poco a poco, para adaptarlos a la luz del día que se filtraba entre las cortinas del ventanal. Se sentó en la cama y encendió su smartphone, que había dejado conectado al cargador de energía sobre su mesita de noche. Lo revisó y vio en él un mensaje multimedia recibido; era un video.

Ella reprodujo la videograbación. Ésta mostraba a Daniel, de mirada lejana y perdida, atado a una silla. Reconoció de inmediato la voz de Raymundo hablarle al hombre, pero el psiquiatra no era visible al estar fuera del foco de la cámara.

—Te envío este video para que recuerdes que te descubrimos. Es más interesante que el video que tenías para chantajear al líder. No recuerdas nada por la hipnosis, pero pensamos que mereces saber que… morirás por traidor. Esta noche Rasputín te visitará y tomará tu alma. Se divertirá contigo como le plazca. Lanzamos la medalla y Dios le dio la espalda, señor fiscal.

La amenaza de Raymundo terminó en una larga carcajada y la pantalla se puso en negro.

Las manos le temblaban, un escalofrió coronó su cabeza y bajo por su nunca. Una opresión le llegó de súbito a su pecho. Marcó repetidas veces a los dos números de celular del fiscal pero solo escuchaba el tono que indicaba la ausencia de señal.

—No Danny, no, no mi amor. —María Laura rompió a llorar de forma silenciosa con las manos en su cara. Experimentó la caída sin fin por un oscuro pozo de tristeza, frustración y soledad. Detuvo su llanto de forma repentina y miró hacia el piso mientras una idea se clavaba en su mente y luego revoloteaba en su cabeza como un cuervo graznando, y es que si Daniel había sido descubierto, era solo cuestión de tiempo para que ella también lo fuera. Pensó de inmediato en las formas en que podrían conectarla con él. Sin embargo, notó que Daniel envió el video desde su otro Smartphone, uno que él usaba para comunicarse con ella en secreto, donde tenían lugar conversaciones muy comprometedoras. Ella sabía que el fiscal guardaba ese otro teléfono en lugar secreto que ni ella conocía. Sea lo que fuere que le hubieran hecho, esperaba que antes hubiese dejado ese otro móvil oculto. El llanto regresó, esta vez con fuertes sollozos gracias al miedo que se sumó a la tristeza. De pronto, se vio caminando por una cuerda floja muy alta, y al fondo estaban Arlex y Rasputín.

                     *******

La muerte del fiscal Daniel Andara causó revuelo informativo los días siguientes. La prensa, radio, televisión y medios Web concentraron su atención en el asesinato. De vez en vez en la televisión, Zulay ofrecía avances informativos sobre el desarrollo de las investigaciones por parte de la policía científica, que se negaba a dar mayores datos a la prensa para, supuestamente, no entorpecer la investigación. No obstante, el ministro de Interior y Justicia, Tiberio Haitán, había asegurado que en poco tiempo daría una rueda de prensa sobre el caso.

—Recordemos que el mismo día de su muerte, el fiscal general anunció que fue abortado un plan de magnicidio contra el presidente Arlex Borjas, donde presuntamente estarían involucrados varios estudiantes, así como el alcalde del municipio Tiuna Leonardo Pérez —dijo la periodista.

Arlex bajó el volumen del televisor a control remoto, después de ver el último reporte noticioso de Zulay. Luego retomó la nueva reunión con su círculo de confianza, en el salón de reuniones de la oficina presidencial. 

—Enviar a la cárcel a Leonardo Pérez es útil para nosotros, no solo para evitar que siga con la idea de revocar mi mandato, sino también por lo que les explicaré —dijo.

Arlex informó de un déficit fiscal que su gobierno sufría, según él, por tres razones: primera, los empresarios que él llamaba oligarcas capitalistas querían perjudicar a su gobierno, por eso frenaron la inversión privada, dejaron de abrir nuevas empresas, y las que aún permanecían abiertas se las estaban llevando fuera del país. Al haber menos empresas, había menos fuentes de recaudación de impuestos nacionales; segunda, Arlex había entregado al pueblo de las clases bajas muchas empresas expropiadas, y reconoció que la mayoría de ese pueblo era incapaz de gerenciarlas con eficiencia, porque los anteriores gobiernos no habrían creado facilidades para que la gente pobre se preparara en universidades. Así, esas empresas generaban pocas ganancias y muchas pérdidas financieras que el gobierno debía asumir. Por ende, tales empresas tampoco servían como fuentes para recaudar ingresos por impuesto nacional; y tercera, el déficit empeoraría, según el ministro de Economía, Fernando Ramírez, porque el precio del principal producto de exportación de Caribea, el petróleo, estaba bajando en el mercado mundial, debido al recién hallazgo de nuevos yacimientos petroleros en China y al aumento del uso de energías alternativas por Estados Unidos, que haría bajar la demanda mundial de producto durante largo tiempo. En tres meses habría una fuerte baja del precio del barril del petróleo. Ahora en 99 dólares, podría bajar a 10 dólares, de acuerdo a proyecciones del ministro. 

El gobierno se iba quedando sin dinero, así que debían buscarse fuentes alternas de ingreso y el municipio Tiuna era la clave. Cada empresa en Caribea pagaba dos impuestos: un impuesto nacional que iba a las finanzas del gobierno nacional, y un impuesto municipal que iba a las finanzas de las alcaldías. Tiuna tenía la mayor recaudación por impuesto municipal en todo el país. Caribea se organizaba en 14 municipios y Tiuna por si solo recaudaba el ingreso que 8 municipios recababan, porque en Tiuna se concentraba el 80% de todas las empresas e industrias de Caribea, gerenciadas por gente muy capacitada que les procuraban altas ganancias, pues Tiuna también agolpaba el 90% de la población de clase media y alta. Por eso Arlex nunca había expropiado empresas en ese municipio; para no hacerlas improductivas y valerse de ellas cuando las necesitara. El plan del presidente era sacar del juego al alcalde Leonardo Pérez y tomar Tiuna con sus ingresos municipales para paliar el déficit. Para esto requerirían la elección de un nuevo alcalde aliado de Arlex.

El presidente golpeó con su puño la superficie de la mesa luego de explicar el plan.

—Antes de ser castigado por traidor, Daniel como fiscal imputó a Leonardo y a otros estudiantes por delito de conspiración, es cuestión de horas sus detenciones. El nuevo fiscal general seguirá con el caso. Daré la orden para que nuestros tribunales, de forma rápida, condenen a Leonardo a unos diez años de cárcel. No quiero que su juicio se extienda más allá de unos… dos meses. Pasados 30 días en la cárcel, deberán convocarse nuevas elecciones en Tiuna, y me encargaré de que sea electo uno de los nuestros, para acceder a las riquezas de Tiuna. No mencionen nunca más a Daniel ante mí —ordenó con frialdad, como si fuera cualquier cosa; pero en el fondo, era consciente de su debilidad al haber confiado tanto en alguien que lo traicionó. Más que dolor y tristeza, lo que percibía era una rabia ardiente por sus venas, por haber sido, según él, tan ingenuo como un niño. Pero no le volvería a ocurrir, se lo juró a sí mismo por su vida.

—El alcalde interino, mientras Leonardo esté en la cárcel y se convocan elecciones, será el Secretario de Gobierno de Tiuna. ¿Hará algo contra él mientras tanto? —preguntó Celia—. ¿Lo hipnotizará?

—Quiero a alguien realmente leal a mí en ese cargo de alcalde, sin que esté hipnotizado. Que sigan disfrutando de Tiuna por un par de meses más hasta las elecciones —respondió sonriente y muy confiado.

—Pero presidente, si necesita dinero ¿por qué no ordena al Banco Central de Caribea que siga imprimiendo dinero como siempre lo ha hecho? —preguntó Nicodemo—. Es fácil ¿o acaso también está escaseando el papel y la tinta?

—No seas estúpido, Nicodemo —respondió Arlex con desdén—. ¿Recuerdas que una vez intenté explicarte por qué el Banco Central no puede estar imprimiendo más dinero para repartir en la calle? Ya llegamos al límite, no podemos seguir haciendo eso. Haría que la gente tuviese más dinero, que puedan comprar más, pero como los empresarios oligarcas dejaron de producir, los pocos productos que hay aumentarían de precio… la inflación se desbordaría…

Todos notaron la cara de confusión en Nicodemo.

—Olvídalo—. Arlex resopló viéndolo con menosprecio y resignación.

                     *******

En el salón de sesiones de la Asamblea Nacional tenía lugar una nueva votación para aprobar un proyecto de ley que Arlex presentó días atrás ante el parlamento, y que había levantado polémica. El secretario terminaba de dar lectura a dicho proyecto, de pie en el estrado de oradores. La diputada Celia había estado revisando  una carpeta con hojas en lo alto de su curul de presidente de la Asamblea Nacional. Luego de cerrarla, tomó la palabra a través de su micrófono.

—Leído el proyecto de Ley de Control Cambiario procede su votación. Aquellos a favor de su sanción indíquenlo —dijo.

Muchos parlamentarios levantaron sus manos. Ricardo, sentado en la primera fila de los curules, estaba tan seguro que los diputados del partido de gobierno tendrían mayoría, que  no se tomó la molestia de girar su cabeza hacia atrás para ver quién había votado a favor, como siempre lo hacía en votaciones muy cerradas. Quería en lo posible evitar el trago amargo de verlo, así que solo bajo su mirada y la enquistó en la superficie de su mesa. Él esperaba que el secretario dijera “84 votos a favor”, pero el anuncio del hombre fue peor de lo pensado.

—Ciento diez diputados a favor.

Aquellas palabras cayeron sobre Ricardo como un chorro de agua helada. El gesto de consternación se explayó en su cara y la diputada Celia no pudo recordar la última vez que ella había sido tan feliz como ahora. Ricardo giró rápido su mirada hacia atrás, y vio como nuevos diputados opositores, que antes no lo habían hecho, tenían ahora la mano levantada apoyando a Arlex en la aprobación de su ley.

—¡Mayoría evidente, aprobado! ¡Gran triunfo para la revolución! —sentenció Celia muy regocijada con las manos arriba—. Gracias a esta ley, el gobierno es el único que puede vender dólares a las empresas para importar bienes solamente en beneficio del país. Empresa que quiera dólares tendrá que someterse a las directrices democráticas del presidente Borjas. Y mañana aprobaremos la Ley de Control de Precios contra la inflación. El pueblo ya aprendió y no volverá a la pobreza en que los anteriores gobiernos a Borjas nos sometieron. Cuando fui niña en mi casa no había qué comer y tuvimos que comer comida de perro con pasta para no morirnos de hambre. —Celia tuvo un leve quiebre de voz al final de su disertación, como si le doliera hablar,  y sus ojos se mostraban llorosos.

Celia y Ricardo cruzaron miradas de odio. El hombre escuchaba los murmullos de los otros diputados que apoyaban a Arlex y alcanzaba a entender las burlas hacia su persona y hacia la bancada opositora. Frases como: “están perdidos”, “más nunca serán mayoría”, “perdedores” le hizo gritar internamente. Ricardo se mordió la mejilla por dentro de su boca mientras evaluaba las consecuencias de caerles a golpes, que tantas ganas tenía en ese momento. Se dedicó a maldecirlos mentalmente hasta que Celia declaró el final de la sesión.

                     *******

En la sala de reuniones de los sótanos secretos, Arlex y Daniel Andara se hallaban sentados a la mesa, con Víctor parado detrás del fiscal general. Arlex, con gesto de enojo, metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó la medalla de Antonio Olivo, la lanzó, la tomó en el aire en su mano y la observó con nostalgia.

—Dios te dio la espalda, hijo mío —le dijo inexpresivo a Daniel.

Daniel sostuvo la respiración al ver que la medalla había caído en reverso; sabía lo que eso significaba. Arlex miró a Víctor y éste, desde atrás, le puso un pañuelo a Daniel en la cara.

Arlex despertó sobresaltado en su cama. Su subconsciente le hizo revivir en sueños los momentos en que capturó a Daniel. Se quedó con la mirada fija hacía la ventana, viendo la oscuridad nocturna mientras se frotaba su cara sudada.

—¿En verdad soy tan fuerte como creo que lo soy? —susurró para sí mismo viendo la luna—. Si soy débil… complementa mis fuerzas Rasputín, te lo suplico.

Se sintió el hombre más solo del mundo, el único habitante del planeta cuando volteó a su derecha y contempló ese lado de la cama vacío. María Laura, luego de su regreso a Caribea por la repentina muerte de su amigo Daniel, dormía en otra habitación, alegando que le daba náuseas compartir la cama con un asesino y que nunca más lo haría. Arlex pegó la nariz en la almohada de su esposa y aspiró fuerte y profundo, hasta que en lo más hondo de su mente penetró el sublime aroma de la mujer, el exquisito perfume francés que siempre le obsequiaba en su cumpleaños. Agarró la almohada y se durmió con ella en sus brazos.

                     *******

La mañana era radiante, un sol incandescente caía inclemente sobre la ciudad. La señora Ana, ataviada con ropa deportiva, caminaba de prisa por las calles, aspirando y exhalando de forma rítmica. Sudaba a cantidades y de vez en vez tomaba un sorbo de agua de una botella plástica que llevaba con ella. La gente admirada la veía y comentaba lo inspirador que les resultaba ver a una mujer de su edad haciendo actividad física.

La señora Ana entró a un supermercado. Dentro, tomó un carrito y comenzó a deambular entre los pasillos de estantes. Muchos de los anaqueles estaban vacíos, con letreros en los que se leía: “leche”, “harina”, “azúcar”, “papel higiénico”, “aceite de maíz”, “arroz”; y los refrigeradores, que tenían un letrero que rezaba “pollo” en sus puertas, también se hallaban vacíos.

Numerosas personas iban y venían entre los pasillos llevando carritos de supermercado, a cuyo paso miraban incrédulas los estantes carentes de productos.

La señora Ana iba visiblemente cansada, y era una de las personas que miraba extrañada cómo, en lugar de comida, muchos de los anaqueles mostraban espacios disponibles. A través de uno de los estantes vacíos, ella pudo ver a su amiga Silvia en el pasillo de al lado. Ambas se sorprendieron gratamente al verse y caminaron de prisa a encontrarse, llevando sus carritos. Al hacerlo se saludaron efusivamente con un abrazo.

—¡Comadre lo logré! ¡Bajé 23 kilos! ¡Vengo de pesarme con el nutricionista! ¡Ya le puedo dar parte de mi hígado a mi niña! —expresó Ana emocionada.

—¡Comadre qué bueno! —Silvia con una gran sonrisa la abrazó de nuevo—.  Yo misma soy testigo lo gorda que usted estaba, y ahora tan delgada, casi irreconocible.

Silvia la veía de arriba abajo; estaba conmovida por lo que una madre era capaz de hacer por un hijo. Hacía dos meses la pequeña hija de Ana fue diagnosticada con insuficiencia hepática y requería un trasplante de hígado. Su madre era compatible para el trasplante, pero debía superar un sobrepeso de 23 kilos y así lograr estar en capacidad de ser donante al bajar sus niveles de colesterol. La mujer lo había logrado.

—Gracias a Dios y al presidente Arlex Borjas. En dos semanas ya debemos estar viajando a Cuba para la operación —dijo la señora Ana, alzando su mirada y sus manos hacia arriba.

—Ay, comadre, yo sé de mucha gente pobre que muere en los hospitales del país porque no hay insumos médicos; gente que conozco a favor de Borjas. Y perdón que te arruine el momento, pero es así.

—Ay pero comadre eso no es así —replicó la señora Ana.

— Es así. Borjas te ayuda porque lo conoces en persona desde hace años. ¿Por qué no ayuda a la gente de los barrios que no tiene que ver con él? ¿Ves que te manda a operar a Cuba porque aquí los hospitales no sirven? Y mira como comienza a escasear la comida, hace tiempo no hay leche, pollo, harina, y otras cosas. Todo por la expropiación, y esa ley de control de precios que obliga al comerciante a vender productos a un precio menor a lo que cuesta producirlo, sin dejarle ganancias. Las medicinas escasean también, llevo días buscando una medicina para mi mamá y no la hallo. Y mira esto. Seguro Arlex Borja los secuestró.

Silvia desenrolló un periódico que tenía en su carrito de mercado y le mostró la primera plana, cuyo titular Ana leyó en voz alta.

—“Desaparecen varios estudiantes universitarios durante protesta contra el presidente Arlex Borjas. Gobierno nacional asegura que ellos se esconden y preparan un atentado en su contra”.

Zadir llegó y las sorprendió. Llevaba puesta una de sus muchas franelas con el rostro de Arlex y el slogan “Arlex Borjas presidente”, y saludó con un beso a la señora Ana.  

—Hola mamá, te vi caminando que entrabas aquí, pero caminabas tan rápido que no te alcanzaba. —Zadir le sonrió a su madre, y luego mostró un gesto de desagrado cuando saludó a Silvia—. Hola doña Silvia ¿Sigue con falsos testimonios contra el presidente Borjas? No crea lo que dicen los medios de comunicación. Recuerde que los dueños de los medios son oligarcas y defienden sus intereses.

El comentario de Zadir era una diplomática agresión contra Silvia, y generó un clima de tensión e incomodidad que opacó el momento de alegría de la señora Ana, quien miró con vergüenza a su amiga.

                     *******

La  reja del estacionamiento del Palacio de Gobierno, custodiada por la guardia presidencial, se abrió a control remoto, y un lujoso auto salió a través del portal hacia la calle. Dentro, María Laura iba melancólica recostada en el asiento trasero, apenas días después de haber regresado a Caribea. Aún tenía muy reciente la imagen del ataúd de Daniel cuando era bajado a la fosa.

—Señora, siento lo del doctor Andara —dijo José, el chofer, un hombre contemporáneo con María Laura, mirándola por el espejo retrovisor.

—Gracias, José —respondió con la ojos fijos en el piso del auto, pero su mente en el rostro de Daniel.

El carro entró a la calle, y un mendigo que caminaba encorvado por la calzada se atravesó en su camino. José no pudo esquivar al indigente porque aún tenía la vista en la primera dama. María Laura le advirtió del hombre frente al auto, pero fue muy tarde. El carro impactó al pordiosero y éste cayó desmayado al pavimento.

El mendigo despertó en la cama de una habitación lujosa. Vestía con harapos, llevaba barba, era delgado, alto, ojos negros, cabello largo hasta los hombros. Entre toda esa suciedad y descuido se asomaba el rostro de un hombre de unos treinta años de edad.

Lo acompañaban María Laura, Ana y el doctor Alberto, un hombre de aspecto bonachón en sus cincuenta años, impecable y canoso. El médico le puso la luz de una linterna pequeña en sus ojos. El mendigo la  miró sin decir nada.

—Ningún hueso roto y su vista está bien. Sólo tiene un leve esguince en un pie —dijo retirando la linterna de los ojos del pordiosero.

El indigente miraba a todos lados, transmitiendo tanto miedo y vulnerabilidad que tocó el corazón de María Laura.

—Él no habla bien, apenas balbucea —dijo Ana viendo al mendigo de forma dulce—. Es un mendigo a quién siempre le doy comida y no entiende bien lo que le dicen. Es como un niño. Creo que ni sabe su nombre.

—Comía hambre arrr —balbuceó el mendigo, haciendo muecas impulsivas.

—Creo que se recuperará —dijo Ana riendo—. Tiene hambre. Voy a buscarle algo de comer.

La señora Ana salió apresurada de la habitación.

—Qué raro, no huele mal para ser mendigo. Recomiendo que guarde cama unos días —aconsejó el doctor.

—Sí doctor. De todas formas, buscaré la forma de que tome un baño —dijo María Laura.

Ella se acercó al mendigo sonriéndole y éste sonrió con ella.

—Descuida. Estarás aquí hasta que sanes. Por lo pronto te llamaremos… Danny —dijo ella con un dulce tono de voz.

El mendigo balbuceaba palabras incompresibles, mientras aplaudía y sonreía como un niño pequeño cuando le informan que lo llevarán de paseo a comer helados.

María Laura vio el despertar de su instinto maternal de protección que llevaba dormido hacía muchos años, desde que Tulio se hizo un hombre independiente. Sentir que alguien la necesitaba le daba algo en qué ocuparse para no pensar en lo que había perdido. No pudo evitar ver en aquel muchacho a un niño indefenso que necesitaba ayuda, y ella se la daría.

                     *******

La casa de la señora Ana era pequeña y humilde, y se ubicaba en una de las zonas más pobres de la ciudad capital de Caribea. Algunas noches era frecuente escuchar los sonidos de disparos en las cercanías, seguido por sirenas de los carros de la policía. El recinto de la cocina no tenía baldosas ni cerámicas, a la estufa le faltaban perillas, por ello era usado un alicate para poder darle vueltas al encendedor de las hornillas. La puerta de la nevera no se mantenía cerrada por sí sola; debía colocarse una silla recostada a ésta para que no se abriera. En el aire era posible percibir un olor a aceite de cocina usado muchas veces para freír.

La señora Ana le servía la cena a la pequeña Lucía. Sobre su plato colocaba una pata de pollo, con algunas rodajas de tomates y, para beber, un vaso con jugo de remolacha.

La señora Silvia estaba allí sentada a la mesa, invitada a cenar por su amiga. Había llevado una torta de auyama como postre.

—¿Mami, otra vez patas de pollo, y tan poquito? Ya tenemos muchos días comiéndolas. ¿Por qué no hemos vuelto a comer tortillas de harina y pollo? Y hace semanas que no bebemos leche ¿Y la carne blandita de siempre? Y estos tomates saben rancio.

Ana abrazó a Lucía mientras le hablaba con dejo de tristeza, y una sensación de impotencia resignada.

—Todo mejorará pronto y volveremos a comer las cosas ricas de antes. Es que hay hombres malos escondiendo la comida. Pero el presidente Borjas los detendrá. Mientras, usa tu imaginación, e imagina que esta pata de pollo es un rico muslo, y el jugo es un rico vaso de leche. Piensa en tu operación, cuando estés curada. Es poquito porque hay que dejarle un poco a Zadir. Ya no había más en el supermercado.

—Pero comadre, usted trabaja en la cocina del Palacio de Gobierno ¿Me va a negar que allá no hay de los alimentos que están escaseando? ¿Por qué no le dieron a usted para que trajera a su casa? —preguntó Silvia.

—Ay comadre, sí habían algunos productos escasos en el palacio, el presidente Borjas dijo que los consiguen con dificultad. Él me aseguró que pronto la situación de la escasez de alimentos se solucionará. Él sí me ofreció algunos alimentos, pero… la verdad, yo no me sentiría bien sabiendo que mis vecinos, usted y el resto del país está sufriendo por la escasez de alimentos, mientras yo tengo de todo. Prefiero esperar que todo se solucione como dijo el presidente Borjas.

Silvia solo la miró con incredulidad, con sus ojos entrecerrados y su boca torcida, con toda la intención de que su amiga supiera que no había creído nada de lo que le dijo, no tanto por ella, sino por las palabras de Arlex.

                     *******

María Laura y Arlex compartían una cena privada en una pequeña mesa redonda, colocada en la oficina presidencial. Asuntos de trabajo habían retenido a Arlex hasta altas horas de la noche y su esposa decidió acompañarlo, aunque no por motivos románticos.

—La torta de leche, la tortilla de harina y el pollo…deliciosos, felicita a Ana de mi parte. —Arlex tomó de forma feroz otro bocado de la pierna de pollo.

—La comida la hizo el mendigo que José atropelló. Ella lo ayudó. Resultó una sorpresa cocinando. Y tú querías echarlo —respondió su esposa mirando la mesa repleta de comida—. ¡Qué ironía! Estamos comiendo los productos que el pueblo común no encuentra en las tiendas de comida. ¿Cómo los consigues?

La mujer tenía sentimientos contrariados ante la mesa atiborrada por suculentos platillos: sopas, cremas, un pollo horneado, tortillas de harinas, una jarra de leche, una botella de vino y vegetales con fresca apariencia. Afuera, en la calle, ahora el ciudadano común solo podía soñar con tales alimentos. El delicioso olor de la comida hubiese abierto el apetito a cualquier persona, sobre todo con el olor del pollo horneado bañado en vino tinto, miel y adornado con rodajas de naranjas. Arlex estaba a reventar, pero no podía dejar de devorarlo todo.

—¿Ah sí? Que se quede cocinando, a ver si Ana aprende. —Arlex tomó un largo sorbo de leche, mientras pensaba qué responder a la pregunta de María Laura—. Pronto venceremos a los oligarcas y los productos volverán al mercado, pollo, harina, leche ¡todo! Ya sabes que ellos están escondiendo la comida, para obligar a que los precios suban, luego los venden dentro del país a precios más altos, o los venden fuera del país. Los vamos a detener te lo juro.

Arlex había respondido mirándola a la cara, directo a los ojos. En su mente, la mujer lo comparaba con un cerdo gordo comiendo en un chiquero hasta quedar desvergonzadamente harto. Su voz interna lo insultaba y le deseaba lo peor: “basura, asesino. Debo ver el día que Dios te dé tu merecido castigo, que él te dé una muerte lenta y dolorosa”.

—¿Qué se sabe de la muerte de Daniel? —preguntó la mujer entornando la mirada hacia Arlex.

Arlex retiró su mirada de los ojos de María Laura, se sirvió una copa de vino y tomó un largo sorbo, mientras de nuevo pensaba en una buena respuesta.

—Lo que todos saben, que la oposición envió a Roberto con una bomba a matarlo —respondió, con la vista puesta en su plato de pollo horneado con vegetales.

Arlex no lo sabía, pero María Laura entendía muy bien el significado de su modo de responder sin verla a los ojos. Ella aún con los ojos entreabiertos, como un gesto de marcada desconfianza, solo se le quedó mirando mientras comía. Él sabía que era observado, pero evitó corresponder a su mirada inquisidora.

                     *******

Silvia caminaba por un barrio de calles y casas deterioradas, aquella tarde de cielo nublado. Llevaba dos bolsas plásticas con provisiones, una en cada mano. En una de las bolsas se asomaba una lechuga. Pasó frente a una pequeña casa que tenía un gran portón cerrado, sobre cuyo dintel había un letrero de madera con la frase: “Panadería San Sebastián”. Silvia se detuvo asombrada cuando vio un cartel hecho de papel colocado en el portón, con un manuscrito que rezaba: “Cerrado por falta de harina”.

Silvia continuó su camino y comenzó a percibir un olor a grasa de carro. Estaba caminando ya frente a un taller mecánico cuyo cartel de identificación rezaba: “Taller don Abundio e hijos”. El señor Abundio era un canoso hombre de casi sesenta años de edad, de aspecto cándido. Llevaba una braga manchada de grasa. Silvia lo encontró cerrando el portón del taller y antes que terminara de hacerlo, ella vio varios carros desarmados dentro del local. La mujer se detuvo frente a él para saludarlo.

—Hola, don Abundio ¿Cómo le va? ¿Cerrando temprano para irse a descansar? —preguntó ofreciéndole una sonrisa amistosa.

—Eso quisiera yo —contestó resoplando, mientras terminaba de cerrar el portón y le ponía una cadena con candado—. No he podido comprar repuestos de carro, porque Borjas no quiere vender dólares a las empresas que los importan. Muchas de ellas tienen como dueños a opositores contra su gobierno ya identificados. Y las casas de cambio ya no tienen permiso del gobierno para vender dólares. Sin repuestos no hago nada. ¿Qué hago?

Hacía tiempo que Silvia había comenzado a ver como algunos negocios pequeños estaban cerrando temporalmente y otros, de forma definitiva; pero, se percató de que aquello se había vuelto más frecuente en los últimos meses. Tuvo un mal presentimiento, como si Caribea se estuviera convirtiendo en algo diferente a lo que siempre conoció; algo malo de lo que sería difícil dar marcha atrás.

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Danny, el mendigo, batía una sopa en una enorme olla usando un gran cucharón de madera. Se hallaba muy laborioso en la cocina del Palacio de Gobierno. El lugar era muy amplio, con lujosas cerámicas y baldosas, cantidades de ollas y cucharones. Había un gran horno empotrado a la pared. Un rico aroma de sopa de auyama impregnaba el sitio, y el calor del fuego cociendo los alimentos alcanzaba hasta el último rincón.

Danny estaba limpio, afeitado, con el cabello recortado. Vestía franela y pantalón de mezclilla. Lucía más joven con su nuevo look. Doña Ana se le acercó mientras el hombre batía con fuerza la sopa.

—Muchacho, esa sopa de auyama huele muy bien ¿dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó la señora Ana sonriente—. Y eso huele hasta mejor que cuando yo la hago. Hijo, así afeitado y con el pelo corto hasta buen mozo te ves.

La señora Ana en tono bromista pasó la mano por el liso cabello del chico. Él rió y balbuceó encogiendo los hombros. Por el borde del cuello de la franela de Danny se asomó una cadena de plata que la señora Ana notó y le llamó la atención.

—¿Y esa cadena, hijo? ¿Tiene alguna medalla? —preguntó haciendo un ademán para tocar la cadena—. ¿Quién te la dio?

Danny se mostró arisco, nervioso y se apartó de ella.

—Está bien hijo, si no quieres que la vea descuida —dijo dejándolo tranquilo.

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Las nubes se fueron, el cielo se despejó y el sol caía implacable. Silvia seguía su travesía por varios supermercados, buscando los productos que escaseaban en el país. Los políticos opositores a Arlex aseguraban que la escasez se originó a raíz de la política de control de precios impuesta por el gobierno, que generó desincentivo para la producción de bienes. El gobierno obligaba al productor a vender su producto a un precio, pero producirlo le costaba más que ese precio de venta. Así, el productor no recuperaba su inversión. Por tal motivo, prefería dejar de producirlo o llevarlo fuera del país a venderlo a un precio que le permitiera recuperar el dinero invertido.

Silvia llegó a las afueras de un supermercado, a cuyas puertas había más de doscientas personas formadas en línea bajo el sol. Ella se acercó y vio varios letreros en la entrada en los que se leían: “Un pollo por persona”; “Una lata de leche por persona”.

—Dios ¿Pero qué es esto? —preguntó asombrada para sí misma.

—Ahora hay que formarse en columna para comprar los productos escasos, y los racionan —respondió una mujer de edad avanzada en la línea, que la había escuchado preguntar.

Había una señora en avanzado estado de embarazo que también estaba en la línea, y Silvia vio el momento en que la mujer se desmayó. Afortunadamente las otras personas pudieron tomarla entre sus manos antes que se golpeara contra el suelo. La cargaron y la llevaron bajo la sombra de un árbol. Allí le echaron aire para refrescarla, usando periódicos como abanicos, esperando que reaccionara.

Mientras Silvia veía impresionada la situación, recibió un fuerte empujón por la espalda que casi la hizo caer. Se trataba de dos hombres en la columna que se empezaron a golpear. El motivo era un pollo congelado en una bolsa, que uno intentaba quitarle al otro por la fuerza.

—¡Ese pollo es mío, desgraciado! —le gritó el fornido hombre al otro más delgado, mientras ambos halaban la bolsa del pollo por sus extremos.

—Dios ¿Pero cómo llegamos a esto? —susurró Silvia haciéndose a un lado. De pronto, se vio a sí misma como sumergida en una selva, con tribus primitivas luchando a muerte por una presa que habían cazado. Se negaba a creer que su país se había convertido una tierra de barbarie antes sus ojos, de forma tan gradual que no se dio cuenta sino hasta que el daño estuvo hecho.

Al tiempo que Silvia veía horrorizada aquellas escenas de miseria, escuchó hablar a una mujer con un hombre en la línea de formación.

—No me importa hacer línea por horas —dijo el hombre—. Prefiero que sea el gobierno de Borjas quien reparta la comida y controle los precios, que mantenga los precios bajos. El empresario es tan malvado, que da miedo. Antes del gobierno de Arlex Borjas yo intenté tener una panadería pequeña, pero un panadero capitalista poderoso me acusó de robarle clientes, me quemó mi panadería. Él tenía amigos en la policía y nadie investigó nada y la empresa de seguros no respondió por mi incendio, porque no fue accidental. No recuperé mi negocio. La libertad no sirve. Ahora ese panadero tuvo que cerrar la panadería, bien hecho.

—Lo entiendo, usted no es el único que no pudo cumplir sus sueños —respondió la mujer—. Desde muy niña tuve que salir a planchar ropa ajena, ir a vender verduras al mercado, tuve que hacer cosas que no me gustaban para llevar comida a la casa. Ni siquiera pude ir a la escuela. No me quedaba tiempo ni de pensar en lo que me hubiese gustado ser cuando fuera grande. Ahora de adulta, me doy cuenta que me hubiese gustado ser bailarina de ballet; ya es tarde para mí. Mientras, los hijos de los oligarcas seguramente de niños jugaron, y de adultos pudieron ser lo que quisieron. ¿Cómo ir a la escuela, a la universidad si primero había que ver de dónde sacábamos dinero para comprar comida? Gracias a Dios que el presidente Borjas llegó para salvarnos y protegernos de los malditos oligarcas.

Silvia continuó su travesía, y pasó por una calle donde vio un espectáculo que le causó gracia y pena a la vez. Una mujer le estaba dando un billete de cinco olivos a un mendigo ya entrado en años que se hallaba sentado en la acera. La mujer tenía una mueca de desagrado al percibir el mal olor que emanaba del hombre canoso, vestido en harapos.

—¡Doña, por Dios! ¡Usted me ofende! —gritó el mendigo poniéndose de pie y haciendo que la mujer se sobresaltara.

—¡Ay! ¡¿Qué le pasa?! ¡¿Está loco?! —exclamó la mujer asustada, caminando de prisa para alejarse del pordiosero.

—¡Esto a mí no me alcanza ni para un café! —gritó el hombre indignado, en un tono de voz de perfecta modulación y pronunciación, que pretendía hacer sonar elegante, como declamando la prosa de un poema pero sin rima—. ¡Usted no se ha dado cuenta cómo están los precios que se han subido para arriba estos días de hoy! Hace dos meses atrás yo me compraba un café con cinco olivos, y el día del presente de hoy no me compro nada. Si la inflación y los sueldos aumentan subiendo, las limosnas también tienen que aumentar subiendo.

El hombre recogió un saco lleno de latas que tenía junto a él y se marchó.

                     *******

Una multitud de personas se aglomeraba en la calle a las puertas de una carnicería. El grupo miraba con curiosidad hacia su interior. Un cartel en su puerta rezaba: “Carnicería Don Pepe”. El local estaba ubicado en un vecindario de casas humildes y calles rotas. Silvia continuaba su recorrido con bolsas en mano, y al ver la multitud se acercó a una de las chicas que curioseaba frente a la carnicería, y que ansiosa se comía las uñas.

—¿Qué está pasando ahí hija? —le preguntó Silvia.

—El gobierno está expropiando esa carnicería —respondió alterada.

Por la puerta salieron dos hombres de uniforme rojo, cada uno con un carnet colgando de sus cuellos que rezaban: “Ministerio de Alimentación”. Se abrieron paso entre la muchedumbre a empujones. Uno de ellos puso un cartel en la puerta, en el cual se leía: “Expropiado”. Tras ellos salieron don Pepe y doña Francisca, una pareja de cándidos esposos de unos sesenta años de edad. Don Pepe estaba iracundo, mientras doña Francisca lo tomaba de su brazo, temerosa. El hombre era en ese instante una olla de presión, con sangre hirviendo burbujeante, a punto de explotar. La multitud de curiosos los rodeó. 

—¡Esto es porque mi hijo Roberto les ha dado guerra en la calle! Lo raptaron ustedes, rueguen que no le pase nada. La policía ya allanó esta casa y no encontraron nada en su contra, ¿Qué más quieren? —exclamó don Pepe encolerizado, con su rostro enrojecido y jadeando. La cara del hombre ardía como si toda la sangre de su cuerpo se acumulara hirviendo en ella.

—Viejo, cálmate te va a dar algo —suplicó doña Francisca sacudiéndolo del brazo.

—Roberto no tiene nada que ver con esto —dijo uno de los hombres en tono calmado, mientras hacía unas anotaciones en un block de notas que tenía en sus manos.

—¡Miren como está el barrio, calles y cloacas rotas botando agua! ¡Todos los días asaltan y matan gente, para eso si no vienen para acá ¿verdad?! —gritó don Pepe jadeando más fuerte, al tiempo que se llevaba la mano al pecho.

—El gobierno nacional fijó un precio a la carne. La ley dice que si se vende a un precio superior al fijado, se expropia el negocio. Usted es un sinvergüenza, se aprovecha del hambre del pueblo. Usted viola la ley —dijo el otro hombre riendo—. Esta carnicería queda expropiada en nombre del pueblo.

—¡Ustedes son los sinvergüenzas! ¡Quieren adueñarse de lo ajeno sin haberlo trabajado! —les gritó bufando don Pepe—. Aquí vendemos carne a precio justo. ¿Cómo le ponen un precio por debajo del costo de producción? Así el vendedor no recupera su inversión, no tiene ganancia. ¡Brutos no entienden! ¡Dios mío que impotencia tan grande, hasta cuando! ¡Y quiero que me devuelvan a mi Robertico, malditos! —don Pepe dio el primer paso para irse encima de los dos hombres, con el fin de caerles a golpes y dejar aflorar toda su rabia acumulada, pero no lograr dar el segundo paso.

Don Pepe ya tenía una mueca de dolor cuando se llevó su mano al pecho. Un fuerte corrientazo impactó su brazo izquierdo que luego se convirtió en una intensa puntada. Era como si tuviera un pesado saco de cemento sobre el pecho oprimiéndolo, sin permitirle respirar. Cayó al piso gimiendo y quedó inconsciente en pocos segundos. Doña Francisca lloraba desesperada de rodillas junto a él, y lo zarandeaba. La gente curiosa los rodeó sin atreverse a intervenir, por temor a represalias de parte de los dos funcionarios del gobierno. Éstos últimos solo se quedaron allí de pie sin hacer nada, viendo a don Pepe en el suelo.

—Ay viejo, no me hagas esto, reacciona por favor… ¡Una ambulancia! —gimoteó doña Francisca.

El hombre entreabrió los ojos.

—Ro… ber… ti… co —susurró con hilo de voz que se fue apagando en cada sílaba. Fijó su vista en su esposa, y luego sus pupilas ya no se movieron más.

Capítulo 5. El castigo al traidor

Arlex caminó desde atrás de la silla, a paso lento pero seguro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Raymundo lo acompañaba.

—Tiberio me dijo que podrías sernos útil —añadió ya de frente a Roberto, a un lado de la tabla.

A Roberto no le sorprendió que Arlex estuviera detrás de su secuestro y el de sus amigos, pero sí el hecho de que se presentara él mismo ante su persona, teniendo muchos secuaces para hacer el trabajo sucio. Además le generó gran curiosidad la imagen de Rasputín en aquella tabla. No era experto en historia rusa, pero el monje era famoso. Cualquiera que hubiese leído sobre la primera guerra mundial y la revolución rusa pudo haberse topado alguna vez con una foto de Rasputín, sobre todo si de un estudiante de Ciencia Política se trataba.

—Así que pretendes… ser un líder —continuó Arlex con un tono sosegado, mientras Raymundo acomodaba la tabla, que consideraba estaba muy inclinada hacia atrás y necesitaba enderezarla—. Pretendes ser el líder que me venza, el líder que derrote la revolución socialista que yo comando, y además, el que restablezca un gobierno pro capitalista. ¡¿Quieres llevar a Caribea de nuevo a la barbarie?! —Ahora se mostraba irritado y tiró del cabello de Roberto hasta echarle su cabeza hacia atrás.

—¡Suéltame, maldita basura! —exclamó—. No te mostrarías tan valiente, si yo estuviera suelto. Te falta en honor lo que te sobra en cobardía.

Arlex miraba a la imagen de Rasputín mientras tiraba del cabello de Roberto.

—Te voy a encomendar una misión, yo, tu presidente…

—¿Crees que vas a durar para siempre? —preguntó Roberto con una sonrisa de sarcasmo. No podía saciar sus ganas desesperadas de golpear a Arlex, por eso buscaba su punto débil para, al menos, herirlo con palabras. Le amargaba las entrañas verlo con ese gesto de seguridad y arrogancia —. Esa tabla podrá seguir estando en este mundo por cien años, pero tú no. Aunque deseo que vivas mucho para que veas a Caribea ser libre, mientras tu gobierno basura se desintegra. Llegado ese momento, Caribea no perderá nunca más su libertad.

Arlex lo soltó de forma brusca.

—Caribea no será sometida a esa…. “libertad del capitalismo”, un sistema donde las fieras se comen a las ovejas —sentenció—. Primero acabaré con los lobos, para dejar a las ovejas salir del corral. Por algo el pueblo me eligió como su presidente y pastor. La libertad capitalista solo les trajo miseria, yo les doy la libertad socialista de la mano de un líder que se preocupa por ellos, y que distribuirá la riqueza de la nación en partes iguales entre todos. Si todos tienen la misma cantidad de todo, no se envidiarán entre sí y nadie ambicionará lo que el otro tiene, como sí se ambiciona en el capitalismo. Siempre quieren destruir a su prójimo para quitarle lo suyo y apropiárselo para beneficio individual. El gobierno socialista expropia para repartir por el bien colectivo.

—¡Estúpido, el capitalismo no trajo la miseria! fueron los políticos corruptos que gobernaron en el sistema capitalista, y los corruptos existen en cualquier sistema, hasta en tu socialismo de porquería —replicó Roberto en voz alta, ya perdiendo el control y haciendo un gran esfuerzo  para inclinar su cuerpo hacia Arlex, pero  apenas se movió, y se enfurecía más al ver que las cuerdas frustraban su deseo—. Sí, tu gobierno de basura está plagado de corruptos igual que tú. El capitalismo es el mejor sistema porque permite al hombre la libertad de triunfar con sus talentos, sin un gobierno que los reprima, ni les diga a qué precio vender sus productos, un derecho que solo le pertenece al productor.

—Cierra la boca o me encargaré que nunca más vuelvas a hablar —amenazó Raymundo.

—Déjalo que termine sus sartas de mentiras, podría ser lo último que diga en su vida —dijo Arlex, mostrando una cruel condescendencia.

—Es una locura que el gobierno le robe las empresas al empresario que las forjó por años y que le dan trabajo a mucha gente —continuó Roberto, sabiendo en el fondo que a Arlex le molestaba lo que decía, y le consolaba herirlo con sus palabras al no poder hacerlo con sus manos—. Si el pueblo pobre es como un rebaño de ovejas indefensas, es porque ni en el pasado, ni ahora, los gobiernos lo educaron para ser libre. El pueblo se resignó a esperar que alguien les dé el pescado, pero nadie les enseñó a pescar. Cuando nos liberemos de ti, la gente aprenderá a ser libre, aunque yo deba enseñarlos uno a uno.

—¿Ves lo benevolente que soy? —preguntó con un tono muy tranquilo y relajado, con esa sonrisa que a Roberto tanto le hacía arder la sangre—. Te dejé que hablaras toda tu letanía de patrañas hasta la última palabra, pero solo para rebatírtelas. ¿Libertad? En el capitalismo los únicos que tienen libertad son los lobos, libres para perseguir y destrozar a las ovejas, al pueblo. Necesitaban un pastor y aquí estoy yo. Veo que no somos tan diferentes, quieres que el pueblo dependa de ti, ¿hacerte el héroe? ¿Te sientes desolado cuando no hay un grupo que depende de ti? ¿Necesitas siempre que la gente te alabe?

Justo en aquel momento Roberto miró con asombro a Arlex, como si éste hubiese visto dentro de él. En solo una fracción de segundo experimentó un conflicto interno al reconocer que su enemigo político tenía razón en ese último punto; Roberto se sentía fuerte si un grupo dependía de él. Arlex lo abofeteó con fuerza y acercó su cara al rostro del estudiante. Ambos se miraron con fiereza.

—Mírame bien. Esta será la última vez que me veas. No habrá futuro para ti, muchacho. No voy a dejar que vayas en contra del pueblo.

—Nos vamos a ver de nuevo, te lo juro, Borjas. Y te auguro larga vida en la cárcel. Gozarás de tus derechos, pero en la cárcel, en un nuevo gobierno democrático. Y desde la ventana de tu celda escucharás las risas del pueblo feliz y libre. No olvides mi cara —desafió Roberto, expulsando gotas de saliva mientras hablaba. Su rostro se había enrojecido y él podía notar como su cara y orejas se le calentaban. Las venas y arterías de su cuello y sienes se marcaban brotadas en su piel.

Arlex se separó del joven sin decir más. El muchacho sonaba más seguro que él.

—¿Temes llevar a tus seguidores al fracaso? ¿Temes no ser un buen líder? ¿Tienes miedo a no saber qué hacer en una situación difícil como la que se avecina para los opositores? —preguntó Arlex sonriendo—. ¿O miedo a… que nadie dependa de ti?

Roberto se mostró sorprendido. Aquel miedo secreto solo se lo había confesado a Tiberio hacía muchos años. Ni siquiera a sus padres lo había revelado. Muy dentro de sí, guardaba una mínima esperanza de que volvieran ser amigos algún día, pero ésta se esfumó en ese momento. Ahora estaba totalmente seguro que Tiberio era un traidor y no había marcha atrás; era claro que Tiberio le había contado su más íntimo secreto a Arlex sobre aquello que consideraba una debilidad. Apesadumbrado, dejó caer su mirada al piso.

—Ya puedes encargarte de él —le ordenó Arlex a Raymundo cuando vio al muchacho abatido.

El psiquiatra sonrió con una mueca de satisfacción, mientras Arlex caminaba hacia la puerta sin mirar atrás. Una vez que se retiró, Raymundo se frotó sus manos, salivó y tomó a Roberto por su cabeza.

                     *******

El sábado en la mañana, Diego, acompañado de nuevo por Aurelia, atendió a sus primeros clientes del día. Se trataba de la señora Ana y la señora Silvia, la regordeta mujer que ayudó a Alonso y Julián a escapar de Víctor en el restaurant. Ambas vieron con beneplácito el emprendimiento del niño. Lucía, la pequeña hija de Ana, la acompañaba y también le pidió un jugo a Diego, y éste le prometió que cuando comprara su bicicleta él la llevaría de paseo. La niña era una delgada morena de diez años de edad, de baja estatura. Vestía toda de rosa, su color favorito. Su rostro tenía un semblante demacrado por su convalecencia, pero aun así, se mantenía vivaz. “Pobre niña, tan pequeña y tener que sufrir del hígado”, decía la gente que conocía su caso.

Ana y Silvia pidieron un vaso de jugo mientras Aurelia les explicaba las razones de Diego para emprender un negocio propio. De inmediato el tema se volvió político cuando Silvia señaló que, de no ser por la grave inflación, el niño podría comprar fácil la bicicleta. Ana, con timidez, salió en defensa de Arlex, asegurando que la culpa de la inflación la tenían los empresarios por subir el precio a sus productos sin importarle el pueblo. Otro vecino se acercó y compró un vaso de naranjada.

—No por favor, política no —suspiró el señor Carlos, un vecino de ambas mujeres que ya iba por su segundo vaso—. Déjenme disfrutar en paz de este rico vaso de jugo. No hablen de política.

—Todo es política, la política afecta a todos —comentó Silvia—. Todos debemos poner nuestro grano de arena para salir de ese loco que tenemos de presidente. Yo por ejemplo, no hay una sola marcha de calle a la que yo no haya ido, espero que los partidos opositores y estudiantes convoquen a otra pronto…

—No lo creo, eso ya quedó así, hace tiempo que no hay una marcha. Igual si yo no trabajo no como, yo nunca he ido a una marcha, nunca he votado en elecciones y no me he  muerto de hambre. Yo trabajo como albañil, a mí la política no me afecta. Si no trabajo no como, repito, yo no me meto con el gobierno, que el gobierno no se meta conmigo. Yo no creo ni en el gobierno ni en los opositores. Todos los políticos son una porquería sean de derecha o de izquierda.

—Ay pero que falta de consciencia la suya, don Carlos, eso no es la actitud de un buen ciudadano. Según las encuestas, la gente que piensa como usted, que nunca votan en elecciones, es un 20%. Si ustedes hubiesen votado contra Arlex Borjas en las pasadas elecciones presidenciales él no hubiese ganado, y no tendríamos este desastre…

—Ay señores por favor, hay que respetar la opinión de cada quien… —señaló Aurelia.

—No deberían hablar de política frente a los niños, luego dicen que los que seguimos a Arlex Borjas somos radicales y violentos —dijo una voz que los sorprendió a todos, era Zadir. Estaban tan inmersos en la discusión que no notaron cuando se les acercó.

Zadir saludó efusivo y cariñoso a su madre y a su pequeña hermana. Silvia y Carlos guardaron silencio degustando sus bebidas, mientras miraban con recelo a Zadir.

—Así que estás de vendedor, pequeño duende. —Zadir le revolvió con su mano el cabello al niño y Diego rió—. Dame un jugo a ver qué tal sabe.

Diego le sirvió un jugo mientras Aurelia le explicaba las razones del niño para haberse adentrado en el negocio. Zadir bebió casi de un solo trago y expresó tanto gusto que pidió otro, y lo bebió con el mismo placer. Al tiempo que lo hacía, Silvia le comentó a Carlos sobre la subida de precio del azúcar y de las frutas, y lo difícil que la tenían aquellos que querían emprender negocios de ventas de jugos. Hizo especial énfasis en que tal dificultad era culpa de Arlex. Zadir supo que Silvia lo hizo con intención de mal poner a Arlex frente a él. Entonces el muchacho, sin inmutarse, terminó su bebida y se dirigió a Diego quién se mostraba atento y preocupado ante lo que decía Silvia.

—Chico, solo la astucia e inteligencia determinan el éxito ya sea en una economía socialista o capitalista, aún en escasez o en abundancia, con precios altos o bajos. No te dejes asustar por comentarios mal sanos, el miedo a cualquier cosa es una excusa para no intentar triunfar por miedo al fracaso, y sé que te sobra astucia e inteligencia para triunfar.

Zadir le volvió a revolver el cabello al niño. Él, su madre y su hermana se despidieron de Aurelia, Diego, Silvia y Carlos. Antes de que emprendieran camino a su casa, Zadir le prometió a Diego que iría todos los días a su negocio a comprarle jugo.

El señor Carlos terminó su bebida, se despidió también de todos luego de desearle éxito a Diego en la consecución de su meta. Silvia también le deseó al niño el mismo éxito, y que la inflación no se lo comiera. Tal comentario hizo que Diego se imaginara la inflación como un monstruo gigante verde, con tentáculos que devoraba niños y se inflaba cuando se llenaba de ellos.

—Mamá, ¿por qué yo no tuve un hermano mayor como Zadir? —le preguntó Diego a Aurelia, mientras veía a Ana y a sus hijos irse.

                     *******

El retrato a escala natural del general Antonio Olivo estaba ubicado en la pared justo detrás del escritorio de Arlex en la oficina presidencial. Su mirada se mostraba severa y parecía que en cualquier momento hablaría para emitir una reprimenda. Arlex caminó hasta el cuadro y acarició su marco, con sus ojos fijos en la mirada del militar. Raymundo, Tiberio y Tulio esperaban allí de pie para tener una pequeña reunión. Tulio lucía molesto, se mordía sus gruesos labios y apretaba sus brazos cruzados.

—Antonio Olivo, libertador de Caribea y de gran parte de América del Sur —comentó Arlex acariciando una y otra vez el marco. El retrato le transmitía la sensación de seguridad que proporciona un padre. En ese momento, como en muchos otros, deseaba que lo fuera, y que estuviera vivo para abrazarlo y sentir que todo estaría bien —. El héroe más grande de independencia. Ya tu sueño de libertad podré realizarlo. Fuiste tan sabio visionario, cuando escribiste una de tus más grandes reflexiones: “El capitalismo parece destinado a llenar el mundo de miseria a nombre de la libertad”. Detendremos ese destino, seremos libres y haremos libre al mundo. Lo liberaremos de ese… sistema capitalista que angustia, acosa, que obliga y somete a la dura competencia y hace que la gente reciba lo que logre capturar, dentro de una lucha de fieras.

Arlex detuvo su soliloquio y se giró hacia su hijo.

 —Tulio, hijo ¿recuerdas cuando eras niño te hablaba de las heroicas hazañas de Antonio Olivo, al liberar a Caribea del dominio de España? —le preguntó conmovido, sonriendo, con un tono dulce de voz y con sus ojos a punto de llanto.

Tulio respiró profundo con su ceño encogido y se estrujó con sus manos su cara de grandes pómulos.

—Pareces de mal humor ¿Qué sucede? —preguntó su padre arqueando las cejas.

—Mamá y yo sabemos ya la causa real de la muerte de Ariel, papá. —Tulio tenía su respiración sostenida luego de haber inhalado de forma profunda—. ¿Creíste que no lo sabríamos? Acordamos usar a Rasputín no para matar, sino para control mental del pueblo, hasta acabar su sacrificio socialista y fuera por fin recompensado. ¿Por qué no sólo controlarlo para que no votara contra tus leyes? ¿Qué sociedad crearemos si no respetamos la vida?

Arlex caminó desde el cuadro de Antonio Olivo, hasta al otro extremo del salón donde estaba Tulio. Pasó junto a Tiberio quien tenía un gesto pensativo de ojos entornados y leve sonrisa cínica.

—Ariel era un líder nato —respondió Arlex resoplando melancólico—. Dejarlo vivo implicaba tener siempre la amenaza de su liderazgo. No he dejado de pensar ni un segundo en su muerte; pero era necesaria.

—Hasta Dios sacrificó su hijo por una justa causa —terció Raymundo, para luego ser objeto de una mirada de rabia por parte de Tulio, que sin embargo no lo amilanó para continuar—. Pero para Rasputín, el pecado lleva a la santidad. Mientras más pecados cometas, Dios se alegrará por tener más que perdonar. Al perdonar él se engrandece y presume su misericordia.

Arlex sacó del bolsillo de su traje una medalla de plata con la imagen de Antonio Olivo. La lanzó al aire, la tomó en su mano y la observó.

—Pedí una señal a Dios, a Rasputín, al diablo, quien sea. Cuando lance esta medalla y caiga la cara hacia abajo, entenderé que Dios rechaza a los enemigos opuestos a la construcción de la sociedad feliz, y serán sacrificados.  No queda en mis manos que la medalla caiga en cara o inverso. Haré lo que esa fuerza divina o maldita me diga con la medalla. Dios, Rasputín o el diablo, quien me oiga decidirá la vida de mis enemigos.

—¡¿Te lavas las manos, en nombre de Dios?! —preguntó María Laura con su muy sutil tono de voz grave, y sorprendió a todos. 

Ellos miraron hacia la puerta abierta y allí estaba la primera dama parada en el umbral, con su mano en la perilla. Caminó directo hacia Arlex, se detuvo a pocos centímetros de él, y sus caras quedaron muy cerca. Ella lo miró con los ojos de la decepción, mientras él le devolvía un par de ojos desorbitados.

A Raymundo también le sorprendió, pero no le preocupaba que la primera dama supiera la verdad sobre la muerte de Ariel; después de todo, las explicaciones debía dárselas Arlex. Mientras, Tiberio seguía con su mirada de ojos entrecerrados y media sonrisa burlona.

María Laura y Tulio creían en el socialismo como forma de lograr la felicidad de los pueblos en contraposición al capitalismo. Pensaban que solo un gobierno socialista debía repartir las riquezas del país de forma igualitaria entre el pueblo, y no el pueblo quien debía buscar la riqueza en medio de la lucha despiadada que, para ellos, ofrecía el capitalismo. Pero ni María Laura ni Tulio aprobaban cruzar el límite del respeto a la vida humana para lograr tal objetivo; nunca matarían por imponer una ideología política, sea la que fuere.

María Laura tenía cuarenta y ocho años de edad y profesaba de forma ferviente la fe católica; el quinto mandamiento para ella era sagrado y eso lo había inculcado a su hijo. Asimismo, al catolicismo lo identificaba con los principios socialistas; ella consideraba que la frase de Jesús “es más fácil que un camello pase por el hueco de una aguja, a que un rico entre en el reino de Dios”, era una clara justificación del socialismo, pero jamás para matar. Tal era su vocación católica que aquel “hasta que la muerte los separe”, pronunciado en su boda eclesiástica, era lo que le había impedido abandonar a Arlex por violencia doméstica. En los inicios de su matrimonio él la golpeaba como forma de drenar su frustración, cuando en su vida militar las cosas no resultaban como esperaba. Así fue hasta que Tulio creció y pudo confrontar a Arlex para defender a su madre.

Tiberio y Raymundo salieron de la oficina, mientras Arlex, María Laura y Tulio se embutieron en una fuerte pelea familiar. Arlex trató por todos los medios de justificarse. Los gritos cesaron al cabo de unos minutos cuando ella lo llamó: ¡Asesino! Luego, madre e hijo salieron de la oficina presidencial con sus rostros enrojecidos. Atravesaron la pequeña sala de espera fuera del despacho sin reparar en la presencia de Raymundo y Tiberio, quienes se encontraban allí esperando para apoyar a su líder.

Días después, un domingo al mediodía, María Laura se hallaba a punto de abordar el avión presidencial de Caribea estacionado en la base aérea militar. Ya al pie de la escalera del avión, se despedía de Arlex y de Daniel Andara, el fiscal general de la república. Él tenía cuarenta y dos años de edad, era delgado, de tez muy blanca y usaba barba de cinco días muy bien cuidada. En su cuello destacaba un lunar en forma de mancha marrón de seis centímetros de diámetro, con la que María Laura siempre bromeaba a razón de la confianza que su vieja amistad le permitía.

María Laura viajaba a Rusia para incorporarse al equipo que descifraría el código en que algunos textos del diario de Rasputín estaban escritos. Dimitri dejó claro su preferencia por el uso de expertos únicamente del círculo de confianza. Por eso, aprovechando los estudios de criptografía de la primera dama, ella serviría de apoyo, y debía viajar hasta Rusia dada la decisión de Dimitri de no hacer copias físicas ni digitales al diario, porque podrían caer en malas manos. Incluso enviar una copia digital  por correo electrónico supondría un riesgo de que se filtrara y se difundiera por la Web.

Arlex se despidió con ternura de ella, tratando de que su muestra de cariño solapara la imagen de asesino que ahora su esposa se había formado de él. La abrazó e intentó besarla en sus labios, pero ella esquivó el gesto y a cambio mostró frialdad  manteniendo sus brazos abajo. Él sintió que abrazaba un poste de luz bajo la lluvia. El abrazo que María Laura le dio a Daniel, dándole unas leves palmadas en su espalda, se mostró más cálido, y era una mínima parte de lo que Arlex esperaba del suyo.

—Hasta pronto, Danny. El lunar de mancha en tu cuello, me recuerda a un dálmata —bromeó María Laura.

—Tonta. Ten esta medalla de la Virgen de Fátima para que cuide de ti. —Daniel le dio la medalla hecha de plata, con la imagen de la Virgen de Fátima grabada en ella—. Fue bendecida por el mismo papa, durante una misa en la plaza San Pedro a la que asistí, por la conmemoración de un año más de la aparición de la Virgen.

La primera dama la contempló unos segundos, comentó su belleza, se la puso alrededor de su cuello y luego subió por la escalera del avión. Desde la puerta se despidió de todos ondeando su mano y entró. El avión despegó a los pocos minutos.

                     *******

Daniel y Arlex entraron a la oficina presidencial, hablando de lo mucho que extrañarían a María Laura. De hecho, la exaltación de todas sus virtudes fue casi el único tema de conversación que abordaron en la limusina presidencial, desde que salieron de la base aérea militar hasta llegar al Palacio de Gobierno. Al entrar, Arlex caminó hasta al retrato de Antonio Olivo, se le acercó, lo contempló unos pocos segundos y luego miró a Daniel.

—Voy a extrañar  a María Laura todo el tiempo que estará en Rusia. Mi gran amiga casi hermana —comentó Daniel con un largo suspiro—. Querer como hermano a alguien sin lazos sanguíneos reales, es algo especial. Cuando éramos jóvenes…

—Yo también lo creo —dijo Arlex sentándose en la silla presidencial, mientras le hacía señas a Daniel invitándole a sentarse en la silla frente a su escritorio—. Tú para mí eres como un hijo. Confío mucho en ti, quizá más que en mi familia. Has demostrado creer de corazón en mi revolución socialista. Sé que estás conmigo por convicción, Daniel.

—Así es, presidente —respondió con satisfacción ante tal confianza expresada.

—Por ello debo darte una misión crucial. Eres fiscal general, necesito tras las rejas a unos enemigos de la revolución. Los quiero presos por una “justa causa” ¿Entiendes, hijo? Inventa algo para acusarlos y enlodar para siempre su reputación. Los quiero encarcelados y desprestigiados, no muertos convertidos en mártires.

—Sí, entiendo y lo haré no se preocupe, ¿quiénes son ellos? —preguntó diligente e intrigado, y luego pasó su vista por unas fotos en portarretratos sobre el escritorio de Arlex. Muchas mostraban al presidente de Caribea con María Laura y Tulio, y una de ellas tenía la imagen de Arlex y Daniel abrazados, usando éste último toga y birrete en su graduación como abogado.

                     *******

Arlex dirigía una reunión con su círculo de confianza y de adoración a Rasputín, en la sala de reuniones dentro de la oficina presidencial. El recinto consistía en varias recámaras y divisiones internas: la recepción; la sala de estar; una cocina privada; un baño con ducha incluida; y la sala de reuniones, un amplio y lujoso lugar que contrastaba con el lúgubre y estrecho salón de reuniones en los sótanos secretos.

Los diputados y ministros del círculo y también Raymundo se sentaron a lo largo de una gran mesa ovalada. Arlex se ubicaba a la cabeza de la mesa y Daniel no estaba presente. Todos observaban en una televisión encendida la transmisión del canal de noticias Focovisión. Arlex bajó el volumen con el control remoto y tomó la palabra.

—Presento el diagnóstico actual de nuestra situación. ¿Recuerdan cuando  logramos sobornar a la mayoría de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, para evitar que sentenciaran mi incapacidad mental? Logramos comprar entonces a los magistrados de casi todas las salas que componen la corte, excepto a los jueces de la Sala Electoral, ellos que se decían éticos no se vendieron. Ahora, gracias al poder de Rasputín hemos logrado someter la mente también de estos magistrados. Ante el poder de Rasputín no hay ética que valga. —Arlex sonrió triunfante.

Él esperó que los presentes terminaran de aplaudirlo para continuar hablando.

—El próximo paso a seguir es éste: tenemos ya de nuestro lado 100 diputados de la Asamblea Nacional; cuando logremos 111 tendremos el número necesario que la Constitución Nacional exige para nombrar un nuevo Consejo Electoral a nuestro favor. Pero con 100 diputados, siendo más de la mitad, sí podemos por ahora aprobar una ley de control de precios y frenar la inflación. Si el empresario sube los precios, lo detendremos. Diputada Celia, encárguese usted de esa ley.

—Como usted diga, presidente —respondió la mujer asintiendo con su cabeza.

—Tenemos ya control total de la justicia y pronto de toda la ley. Raymundo, apresúrate en completar el control mental del sector militar en su totalidad.

Raymundo asintió.

—Ministro Lucas, Raymundo lo guiará en todo el proceso para el control del sector militar. Los quiero a todos totalmente leales. Él sabe todo sobre control mental. Obedezca las instrucciones que él le dé, como si fuera yo.

—Pero él no es usted, presidente. —Lucas tragó saliva con dificultad, con una mirada de disgusto—. Como militar y ministro de Defensa, yo debería solo recibir órdenes de un militar de rango superior o del presidente de la república como comandante en jefe de las fuerzas armadas que es, no de otro civil y….

—¿Tiene algún problema en mi manera de hacer las cosas, ministro? —preguntó Arlex, separando su espalda del respaldo de la silla e inclinando su torso hacia Lucas, con una sonrisa forzada para contener un flujo de rabia que no quería liberar. Estaba tan de buen humor, que se negó a que las ínfulas de un militar insolente le echaran a perder aquel momento de sensación de triunfo.

—No, presidente, para mí… está bien lo que usted decida —respondió el ministro de Defensa, tragándose  su orgullo y dignidad.

Raymundo disfrutó ver cómo la nuez de Adán de Lucas saltó de amargura. Lucas no pudo ocultar la sensación de sangre hirviente corriendo por sus venas y acumulándose en su cara, pues el color rojizo que su rostro cobró lo delató ante todos.

—Muy bien —dijo Arlex recostando de nuevo su espalda al respaldo de la silla, muy relajado y sonriente.

Arlex había logrado el control de todos los jueces de la Corte Suprema de Justicia. Gracias a eso, todas las sentencias judiciales de su interés, que el organismo emitiera desde ahora, lo favorecerían siempre. Le faltaba controlar la voluntad de solo once diputados y así obtendría la cantidad de 111 votos, necesarios para remover a las actuales autoridades del Consejo Electoral y cambiarlas por otras leales a él. El Consejo Electoral era el ente encargado de organizar las elecciones de cargos públicos y hacer el conteo de los votos obtenidos. Arlex pensaba que si lograba el control de los cinco rectores que dirigían al Consejo Electoral, podría controlar el resultado de todas las elecciones. Eso con solo darles la orden a ellos para que hicieran un ajuste fraudulento a su favor en el número de votos, que le permitiera siempre el triunfo. Así, aunque el pueblo lo rechazara, Arlex se mantendría en el poder por la vía de elecciones y luciría como un gobierno legal ante la Sociedad de Naciones Democráticas, hasta que ya no necesitara de su visto bueno; hasta que Rasputín interviniera en ella. Arlex podría controlar al Consejo Electoral de dos formas: ya fuese hipnotizando a sus actuales cinco miembros, o bien cambiándolos por otros leales a su causa cuando tuvieran los 111 diputados necesarios para ello. A él le parecía más idónea esta última forma a fin de matar dos pájaros de un tiro, pues logrando uno podría obtener el otro de forma segura, y así también ahorraba tiempo. Además prefería lealtades reales en el Consejo Electoral y no aquellas impuestas por hipnosis. Estas últimas eran un último recurso.

Arlex pidió prestar atención a la televisión porque desde la señal de Focovisión, canal que según él siempre inventaba noticias en su contra para perjudicarlo, ahora se daría una información de su interés y beneficio.

Todos vieron en pantalla a Zulay presentar una noticia desde el estudio del canal. Arlex subió el volumen a control remoto.

—Vamos a conectarnos con la señal del canal del Estado Caribeavisión —dijo la periodista, y en el acto, la señal de Focovisión se conectó a la señal de Caribeavisión; dicho canal era administrado por el gobierno nacional bajo la gerencia del ministerio de Comunicación, y por lo tanto, bajo control de Arlex. En Caribeavisión él tenía 24 horas de propaganda política dedicadas a su favor, y las noticias que transmitía el canal no hablaban del creciente aumento en los índices de inseguridad ciudadana, tampoco del aumento de la inflación o desempleo. En su lugar, en Caribeavisión se hablaba de medidas populistas tomadas por Arlex que al final no resolvían los problemas del país; medidas como la repartición de “ayudas económicas” mensuales para personas pobres, que no se traducían en mejoras en su calidad de vida, dado que el monto asignado no alcanzaba si quiera para cubrir una cuarta parte del valor de la canasta alimentaria mensual.

Caribeavisión transmitía una rueda de prensa del fiscal Daniel Andara, desde la sala de conferencia de prensa de la fiscalía general. Allí, de pie en un estrado y rodeado de periodistas, hacía un importante anuncio.

—La policía abortó un plan de asesinato contra el presidente Arlex Borjas. Se allanó la casa del estudiante Camilo Lara, cómplice en la pasada protesta estudiantil en que murió una persona. En su casa se halló una laptop con datos del plan, que incluía muertes y violencia de calle, y también con nombres de otros cómplices; uno de ellos, es el alcalde de Tiuna Leonardo Pérez, quien ahora debe estar recibiendo su aviso de imputación de la fiscalía para que rinda declaraciones…

Arlex bajó el volumen del televisor con el control remoto.

—Leonardo ya no nos dará problemas con su recolección de firmas de porquería. —Arlex resopló—. Tampoco esos estudiantes…

Tulio entró al recinto exaltado e interrumpió la reunión.

—Analizamos la grabación, papá. El chantajista es… alguien en quien confías demasiado.

—¿Ya saben quién es? ¡¡Dilo!! —exclamó Arlex ansioso.

Todos los ministros y diputados se miraron con preocupación y asombro.

                     *******

Daniel Andara entró a su lujoso departamento hablando con alguien por su smartphone.

—Sí, hoy lo llamaré para cerrar el trato. Quiero que nos vayamos de esta locura de país con nuestro hijo. No quiero que nazca cerca de ese loco. Sí, sí ya tengo lo que me enviaste por correo postal, en un lugar seguro. Estuve en una reunión con tu esposo y… yo… no recuerdo nada más.

Daniel cerró la puerta, miró con desconcierto a todos lados. Su rostro palideció.

—¿Cómo llegué aquí? —se preguntó a sí mismo, retirando el celular de su boca.

Lanzó una segunda ojeada a su departamento y retomó la conversación.

—Debo hacer algo. Te llamo luego, amor —dijo para luego colgar la llamada.

Daniel pasó su mano por su cara. De pronto, el piso se movía, todo daba vueltas y un leve sofoco lo envolvió. Respiró profundó, se recostó a la pared y el malestar pasó; pero un presentimiento nefasto lo abrumó. Se sintió observado por alguien desde todas direcciones, y como si una espada colgara sobre su cabeza, presta a caer en cualquier momento.

Caminó trastabillando por un repentino temblor en sus piernas hacia un cuadro clásico en óleo de la Virgen de Fátima, colgado en la pared. Lo acarició y contempló la imagen de la joven que vestía túnica blanca y un manto de igual color que le cubría la cabeza, sobre la que  portaba una corona de oro. Su esbelta figura etérea se mantenía de pie sobre un pequeño arbusto de encina. Tenía las manos en posición de plegaria y de ellas pendía un rosario de cuentas nacaradas como perlas, con un crucifijo. La mujer miraba de forma compasiva a tres niños pastores de rodillas frente a ella. Daniel era devoto a la Virgen de Fátima, dado su origen portugués y la gran devoción católica de su madre que le había inculcado. El fiscal caminó a su habitación, entró en ella y la encontró desordenada. Las gavetas fueron vaciadas al igual que su closet. Su ropa y sábanas estaban tiradas en el piso. Su colchón reposaba apoyado contra una pared.

Corrió nervioso hasta una de las gavetas y buscó alterado algo en ella.

—¿La copia del video? Me descubrieron… —dijo con voz ahogada de angustia. Comenzó a jadear cuando percibió el aire muy pesado; tanto, que no lograba hacer que entrara por sus fosas nasales, pese a intentar aspirar con fuerza. Un sudor frío inundó su cara, mientras que un mal augurio bombardeaba su mente y lo envolvía como un grueso manto que lo sofocaba. Presentía que no vería otro amanecer, una voz dentro de su cabeza se lo susurraba con placer. Luego de varias bocanadas desesperadas recobró la normalidad de su respiración.

Hizo una llamada en su smartphone, pero solo escuchaba el tono que indicaba la ausencia de señal de cobertura. Tampoco podía enviar mensajes a través de su servicio de mensajería instantánea. Usó el teléfono alámbrico, pero el mismo no tenía señal.

                     *******

Al mismo tiempo, en el sótano secreto del Palacio de Gobierno, Roberto estaba inmóvil atado a una silla y, con sus ojos enrojecidos que no parpadeaban, miraba de forma fija a los ojos del retrato de Rasputín. Raymundo lo acompañaba y le hablaba al oído.

—Irás al edificio donde vive Daniel Andara. Espera escondido una señal. Luego haz que la gente te vea. Después… haz que un carro te atropelle…y muere.

—Sí —dijo Roberto con una trémula voz y fue lo único que respondió.

                     *******

Era ya de noche. En su apartamento, Daniel llevaba rato sentado en su cama tomando un trago de licor, tratando de calmarse. Reflexionaba en lo tonto que había sido por guardar una copia del video en su habitación, y pensaba en que su fin había llegado, si las pruebas de su chantaje habían caído manos de Arlex. La angustia en ese momento era una montaña de piedra sobre sobre su pecho. Notaba que su boca, sus labios y garganta se resecaban en solo segundos, y solo el licor le quitaba la molestia.

Se preguntaba por qué Arlex hasta ahora no lo había contactado si lo había descubierto. Tal vez se tomaba el tiempo de preparar su castigo muy bien. O quizá no había sido Arlex quien lo había descubierto como el chantajista, sino otra persona que trataría de extorsionarlo por una suma de dinero que él seguramente podría pagar, y todo se solucionaría. Eso debía ser, si no ¿por qué Arlex no se había comunicado con él para castigarlo? Estaba empezando a calmarse y a sentir los tragos subírsele a la cabeza, cuando se sobresaltó de nuevo al oír sonar su smartphone.

En su pantalla, Daniel vio un aviso que rezaba: “2 mensajes multimedia nuevos. Origen: número desconocido”. Abrió el primer mensaje; era una grabación de voz y activó su reproducción. Se trataba de su propia voz diciendo: “Quiero 500 mil dólares en seis días o todo el país sabrá tu relación con Rasputín y lo que hiciste a Ariel”.

Daniel detuvo la grabación y palideció aún más. Reprodujo el otro mensaje multimedia; era un video y comenzó a verlo. Su rostro mantuvo una mueca de miedo mientras veía su contenido. En aquel instante se percibió a sí mismo como un niño vulnerable e indefenso, necesitado de los brazos de su madre para que lo protegiera, porque algo muy malo estaba por ocurrirle. Al terminar de ver el video, seleccionó la opción de “reenviar video” y lo remitió a alguien, al tiempo que caminaba fuera de la habitación. Sacó de su bolsillo otro Smartphone cuando esté sonó anunciando la llegada de un mensaje en su servicio de mensajería instantánea. Revisó en ese segundo móvil la recepción del video que él mismo se había enviado, y desde allí reenvió el video a otra persona. Respiró aliviado al ver que su teléfono móvil ya tenía señal para enviar mensajes, pues eso significaba que debía tenerla para hacer llamadas.

Estuvo a punto de intentar hacer una llamada en su smartphone, cuando fue detenido por algo que lo sorprendió. La sala, antes bien iluminada, ahora era un recinto sombrío porque las luces de las lámparas estaban apagadas, y los encendedores no funcionaban. La poca claridad del lugar provenía de las luces de la ciudad a través de la ventana. Notó que en la parte superior de las paredes había una fina cobertura de hielo en capas. En ese instante un intenso frio lo recorrió desde la punta de sus pies, hasta su cabeza. Frotó sus manos tiritando y expelió un denso vaho por su boca.

Se giró de forma rápida al notar de reojo una silueta negra sobre su sofá. Era el ya conocido buitre negro que anunciaba la presencia de Rasputín. El ave estaba posada sobre el mueble y veía a Daniel de forma acusatoria. Por unos segundos, las elevadas ondas sonoras de un canto gregoriano en idioma ruso se enquistaron de manera repentina en su mente. Se tapó los oídos pero era inútil. Allí se percató del origen del sonido; no venía desde fuera, sino de dentro de su cabeza. El cántico se hizo más fuerte hasta taladrar sus tímpanos, y gritó con desespero. Cayó al piso gimiendo cuando las ondas sonoras le provocaron un fuerte dolor de oídos.

Los cantos gregorianos desaparecieron de su cabeza de un momento a otro. Se puso de pie y notó la ausencia del buitre. Fue hasta la pintura de la imagen de la Virgen de Fátima al sentir la necesidad de su protección, pero la imagen ya no estaba en el cuadro. El paisaje de fondo de la obra y los niños pastores seguían allí, pero ella no.

 La sala sombría se iluminó por una fuente de luz detrás de Daniel. Él se giró 180 grados y el corazón le dio un vuelco, al ver a la Virgen de Fátima en vivo y en persona, parada allí, en medio de su sala, viéndolo con una dulce mirada y rodeada por una intensa luz blanca. Ella tenía las manos en posición de plegaria.

Alelado, y con el corazón desbocado, se dejó caer de rodillas frente a la Virgen muy cerca de ella. Mientras permanecía en aquella posición, su consciencia buscaba determinar si aquello era un sueño, una alucinación de locura o producto de varios tragos de vodka en su flujo sanguíneo. Sus oídos le zumbaban y el corazón le daba tumbos tan fuertes que los notaba hasta en su garganta hecha un nudo.

—No temas, hijo, vengo a cuidarte. Mi hijo y yo estamos tristes por la maldad de la gente. Su sacrificio fue en vano. —La voz de la Virgen de Fátima tenía un dulce tono que reverberaba sutilmente. Para sorpresa de Daniel, ella no movía su boca al hablar.

La Virgen empezó a derramar lágrimas que corrieron por sus rosadas mejillas, y le extendió sus manos a Daniel. 

—Por favor protégeme de Arlex y de Rasputín —gimoteó mientras extendía sus manos para tomar las juveniles manos de la Virgen. Allí, Daniel tuvo un fugaz y vívido recuerdo de su niñez  cuando los truenos lo asustaban en alguna noche de tormenta y debía correr a los brazos de su madre.

Ahora que sus manos reposaban entre las manos de la aparición, pudo palparlas, “eran carne y no incorpóreas”. Las sintió suaves pero heladas, y a cada instante su frialdad aumentaba. Entonces, las manos de la Virgen, en pocos segundos y de forma progresiva, se tornaron envejecidas, ásperas, esqueléticas, con manchas, llagas  y venas brotadas. Daniel, asustado, gritó, mientras su vista buscaba el rostro de la Virgen. Ahora, ella con un rictus de malicia tenía su faz cubierta de cientos de moscas al igual que sus manos. El estridente sonido de cantos gregorianos volvió a la cabeza de Daniel.

El hombre gritó y trató de zafarse. La supuesta Virgen de Fátima lo soltó de una mano, y ella se pasó su mano sobre su propia cara. Luego de hacerlo, su rostro quedó visible y ahora se mostraba diabólico; esquelético; de tez arrugada y ojos cadavéricos, blancos sin pupilas. Al mismo tiempo, lanzó alaridos.

Capítulo 4. Triunfos oscuros

Cuando Julián y Alonso entraron al restaurant, las personas allí presentes habían estado viendo, en un gran televisor situando en el centro del salón, toda la información sobre la marcha estudiantil y como fue atacada con violencia por la policía. Solo con ver a ambos jóvenes llevando en sus manos los restos de las pancartas con mensajes contra Arlex era suficiente para conocer su historia, más aún si aquella imagen era acompañada por la sirena de la patrulla.

—Métanse al baño de mujeres escóndanse allí —dijo una mujer madura vestida con elegante bléiser, que salía de la barra.

Julián y Alonso la miraron con extrañeza.

—Soy la dueña, hagan caso.

—No vayan a salir —dijo Silvia, una obesa mujer de cincuenta años de edad, muy voluminosa, que salía de la cocina secando su cara sudada  con una pañoleta que se quitó de su cabeza.

—Vayan —insistió un hombre, uno de los comensales en una mesa cuando vio que el nerviosismo tenía a ambos chicos casi paralizados.

Julián y Alonso reaccionaron y corrieron al baño de mujeres.

Víctor irrumpió abriendo de forma violenta la puerta. Se presentó ante la dueña y le explicó lo que buscaba. La mujer aseguró que ningún estudiante había entrado allí y les recomendó ir a buscar delincuentes en vez de jóvenes indefensos.

Víctor y su acompañante buscaron en la cocina y en la bodega, mientras otros dos policías aguardaban dentro de la patrulla en la calle justo en la entrada del restaurant. Estos dos últimos reiniciaron la persecución cuando vieron a un joven veinteañero usando una franela sucia y rota, que comenzó a correr por la calle cuando los vio. Asumieron que se trataba de un estudiante y fueron tras él, confiando en que Víctor se las arreglaría con su compañero.

—Revisa tú el baño de hombres y yo, el de mujeres —ordenó Víctor desde la cocina. La obesa cocinera y la dueña, que aguardaban en el salón principal, lo oyeron.

—Los van a descubrir, Silvia —susurró la dueña con un sollozo de preocupación.

—Ya sé que voy a hacer —indicó la cocinera.

La mujer corrió por en medio del salón hasta el baño de mujeres, mientras los rollos de grasa se sacudían alrededor de su cintura bajo su piel. Una vez dentro encontró a Julián y Alonso pálidos con gestos de temor.

—Escóndanse en los cubículos y no se asomen —dijo ella, al tiempo que se desabotonaba la blusa de su uniforme.

Los jóvenes obedecieron, entraron cada uno a un cubículo, cerraron las puertas y se subieron sobre el inodoro.

Víctor y el otro policía se reunieron de nuevo en el salón principal, y oyeron a la gente molesta que los conminaba a cazar delincuentes y no a estudiantes. Ninguno de los dos se inmutó y caminaron directo a los baños. El compañero de Víctor entró al de hombres y éste último hizo lo mismo en el de mujeres. Afuera, todos se mantuvieron expectantes con el aliento sostenido. El grito de un hombre los hizo correr hacia la puerta del baño de damas, de donde parecía provenir el bramido. El otro policía, con su arma desenfundada, salió del baño de hombres.

Víctor salió del baño con rictus de terror, con sus manos sobre su cara.

—¡Estaba desnuda, esa gorda estaba desnuda! —jadeó—. Vámonos de aquí, esperaremos afuera con la patrulla.

—¿Cuál patrulla? Se fue hace rato —dijo la dueña.

Víctor corrió a la puerta de vidrio y vio que lo dicho por la mujer era cierto.

—Creo que los estudiantes que buscaban se fueron luego de irse la patrulla —añadió un comensal.

—Vámonos, tuvieron tiempo de sobra para escapar, yo no volveré a entrar a ese baño por nada del mundo. Me pagan por hace trabajo sucio, pero no tanto —dijo Víctor.

Los dos oficiales se fueron, mientras todos comenzaron a golpear sus cubiertos contra sus platos en señal de repudio.

Los jóvenes salieron del baño de damas acompañados de la cocinera ya vestida.

—Para algo bueno me tenía que servir este cuerpo que Dios me dio —dijo Silvia riendo y provocando la risa de los demás.

Uno de los mesoneros cerró la puerta de la entrada con seguro y bajó las persianas. Silvia y la dueña del restaurant abrazaron a los muchachos y notaron lo frío que estaban. Les acercaron unas sillas para que descansaran y se calmaran, y los dieron vasos con agua azucarada. Los chicos percibían sus piernas como si fueran bloques de hielo, y sus labios, aunque se mojaban por el agua, seguían secos. No podían hacer que sus corazones dejaran de palpitar de forma desbocada, pese a que el peligro había pasado por ahora. 

—Gracias. —Julián lo dijo aún sin aliento, con un hilo de voz, luego de tragar agua con dificultad porque su garganta pulsaba como si su corazón estuviese en ésta, preparado para salir corriendo.

Todos en el salón los aplaudieron y mostraron a los jóvenes sus respetos y admiración por salir a protestar en la calle. Los muchachos agradecieron la muestra de apoyo; sin embargo, Julián les señaló la necesidad de que todos manifestaran en la calle su rechazo a Arlex, no solo los estudiantes, sino toda la sociedad civil, pues no era justo que la mayoría viera por televisión a otros librar una lucha en la calle que era de todos. Las personas se encogieron de hombros al escuchar aquella verdad.

                     *******

Diez jóvenes de poco más de veinte años de edad que usaban el uniforme de la Policía Nacional permanecían parados firmes frente a la tabla de Rasputín, con sus miradas clavadas en los ojos de la imagen del monje por petición de Raymundo allí presente. Las bancas de la capilla secreta estaban repletas de uniformados policiales y también de militares de Caribea de alto rango, sentados uno al lado de otro, casi apretujados. Podían verse algunos con sus uniformes de la Aviación, Ejército, Guardia y la Marina provistos de gran cantidad de insignias. Ninguno se movía y sus vistas se apreciaban perdidas mirando hacia la nada.

—Ninguno de ustedes tendrá piedad —dijo Raymundo parado frente a los diez jóvenes oficiales, a un lado de la tabla detrás del altar—. Serán despiadados contra aquel que desafíe la revolución de Arlex Borjas. Todos los que estén en contra de los principios socialistas son traidores, sus enemigos a muerte. Serán inclementes contra ellos porque buscan la destrucción de la patria y ustedes están en el deber de defenderla. Ustedes no dudarán en disparar sus pistolas contra sus cabezas o destrozarlos con sus propias manos cuando les sea ordenado. Si están usando sus uniformes procuren no atacarlos en las calles a la vista de todos, o nuestro gobierno sería objeto de sanciones internacionales. Usen ropa civil y cúbranse sus caras en caso de tener que matar a esos traidores en la calle. Serán fieles a Arlex Borjas y Rasputín para toda la vida, desde hoy sus almas pertenecen a él. —Raymundo señaló al monje.

Mientras cada uno de los diez jóvenes escuchaba las directrices que Raymundo daba, se hacían conscientes que lo dicho por el psiquiatra sobrepasaba los límites de su lealtad por Arlex. Uno de ellos, Adrián, de barba corta, muy delgado, de grandes pómulos y largo mentón, pensaba en su bebé recién nacido en brazos de su esposa. “¿Cómo podría mirarlo a los ojos en el futuro, sabiendo que su padre era un asesino?”.”¿Qué le diría a su esposa?”.  El presidente Borjas debe tener alguna perturbación mental como lo dicen los dirigentes opositores, es la única explicación de todo aquello que Raymundo está pidiendo. El chico tomó la decisión de seguirle la corriente al psiquiatra hasta que terminara aquella reunión y luego no volver a la estación de policía, renunciaría y buscaría otro empleo.  Entonces el joven, no supo cómo, ya no tuvo control de sus pensamientos y una escena muy real vino a su mente: su esposa cargaba a su bebé en brazos, sola en casa. Unos fuertes golpes sonaron contra la puerta. Una turba iracunda embestía con rudeza contra la madera hasta que la misma se vino abajo. Por la puerta entraron Ricardo, Leonardo, Roberto y gran cantidad de personas llevando pancartas con mensajes escritos de rechazo a Arlex. Todos estaban armados con palos de los que sobresalían puntas de clavos. La mujer gritó, la multitud feroz se le fue encima y la golpeó sin piedad, sin atender a sus gritos suplicantes ni al llanto del bebé. Rasputín en cuerpo presente se encontraba parado al fondo de un rincón, inmutable, viendo a la mujer ser asesinada. Luego Adrián percibió la mirada del monje puesta sobre él.

De pronto el joven experimentó un repentino e inexplicable odio a muerte contra los políticos opositores, como si en verdad sintiera que ellos fueran capaces de matar a su esposa e hijo, casi como si ya lo hubiesen hecho. Ahora sentía que era capaz de matarlos por el bien de su familia.

—Serán leales a Rasputín y a Arlex Borjas —dijo Raymundo tajante.

—Sí —dijeron autómatas los jóvenes casi al unísono, incluyendo Adrián.

—Trae a los otros diez —le ordenó Raymundo a Víctor parado a su lado.

                     *******

En la siguiente sesión de la Asamblea Nacional, días después, tuvo lugar la votación por la propuesta de derogatoria de la Ley de Expropiaciones. La misma fue mantenida y presentada por el diputado Ricardo González en honor a su fallecido amigo Ariel Gómez, quien fuera su autor original. El salón de sesiones contaba con la presencia de los 167 diputados en sus curules, ahora con el diputado Esteban reemplazando a Ariel. También estaban allí los periodistas preparados en los palcos apuntando con sus cámaras. Luego de la terrible muerte de Ariel, los medios de comunicación habían aumentado su interés por reportar las sesiones del parlamento nacional, pues la prensa y la televisión obtuvieron buenas ganancias en la venta de periódicos y en audiencia, cuando informaron de la muerte. Por eso los profesionales de la información tenían mucho entusiasmo por reportar desde allí y esperaban la ocurrencia de otro evento fuera de lo común que les aportara dividendos.

Ricardo estaba seguro que los opositores lograrían la derogatoria. Solo necesitaban 84 votos a favor, y hasta el día de la sesión donde Ariel murió tenían 110, luego que éste último se abstuviera en su voto. Ricardo había conversado con Esteban y él le garantizó apoyar la derogatoria de la ley al igual que todos los diputados de la oposición. El diputado confiaba contar con amplia ventaja; en tan pocos días era casi imposible que 28 diputados de reconocida trayectoria opositora al gobierno de Arlex fueran a cambiar su postura para dejar la votación en solo 83 votos a favor de la derogatoria.

Mientras iniciaba la sesión, Ricardo forzaba su mente para entender lo que había pasado con Ariel. Desde ese día revolvía su cabeza para entender la causa de que repentinamente hubiese cambiado su postura con respecto a Arlex. En un momento hablaba exacerbado contra él, y solo minutos después lo proclama su líder, y además se abstenía de votar por designar los nuevos jueces que destituirían a Borjas. ¡¿Pero qué diablos le había pasado?! Ricardo había tenido una reunión con los otros miembros del partido Nueva Esperanza donde tampoco se pusieron de acuerdo en torno a una explicación única. Algunos opinaron que fue sobornado por Arlex, por una gran cantidad de dinero a cambio de que se abstuviera de votar, y le fue suministrado un veneno de lenta acción para asegurarse de que luego no lo delatara; otros señalaron que le fue suministrada alguna droga para controlar su voluntad la cual afectó su organismo y le provocó la muerte.

 —Siguiendo la agenda, votaremos por la derogatoria de la Ley de Expropiación; propuesta mantenida por el diputado Ricardo González. Aquellos a favor indíquenlo con la señal de costumbre —anunció la diputada Liliana desde su curul, a través del micrófono y Ricardo regresó de su viaje mental.

Ricardo recibió una amarga sorpresa y su salivación comenzó a detenerse cuando vio a más de una veintena de diputados opositores que se abstuvieron de levantar la mano; entre ellos, Esteban y Liliana. Ricardo los miró con estupor y su ritmo cardiaco se aceleró.

—83 votos a favor señora presidenta —informó el secretario luego de contar los votos.

—Ley no derogada. Diputado Ricardo, han perdido el apoyo de 28 diputados —dijo Liliana generando el desconcierto de los opositores, quienes clavaron sus miradas sobre ella—. Veo con satisfacción a muchos parlamentarios opositores rectificando. Y quiero anunciar que hoy, yo también rectifico mi posición política para dar todo mi apoyo al presidente Arlex Borjas, en quien confío puede llevar a este país a la grandeza.

Los murmullos de incredulidad reverberaban por todo el lugar.

—Anuncio también la renuncia a mi cargo y que hoy sea votado un nuevo presidente de la Asamblea Nacional.

—Creo que han reflexionado y se han dado cuenta que estaban del bando incorrecto. Ya la oposición perdió la mayoría. —Celia sonreía con descaro y su sarcasmo era más que evidente.

Los murmullos de revuelo se incrementaron, referidos todos a la actitud de los 28 diputados que no levantaron la mano; los últimos comentarios de Liliana fueron tachados de traición por sus compañeros de partido. Ricardo y los otros diputados que apoyaron la derogatoria se levantaron de sus asientos y caminaron hacia los opositores abstencionistas, a quienes comenzaron a recriminar su comportamiento. Esteban, Liliana y los otros ignoraron sus reclamos, solo se limitaron a recoger sus papeles y computadores personales de las mesas de sus curules, tomar sus maletines y marcharse.

Esa misma tarde, la diputada Celia Ramos presentó su candidatura para ser electa de nuevo como presidenta de la Asamblea Nacional. Ricardo también se postuló, pero fue derrotado. La votación terminó igual que la resultante en la mañana por la derogatoria de la Ley de Expropiación, 84 diputados votaron a favor de Celia mientras que 83 lo hicieron por Ricardo.

En posteriores sesiones, Esteban, Liliana y los demás diputados otrora opositores a Arlex, que ese día se volcaron en su apoyo, cambiaron el lugar de sus curules y los colocaron en el ala del salón donde los diputados del partido de gobierno se sentaban. Desde entonces se les vieron en conversaciones muy amenas entre ellos, como si fueran viejos amigos.

                     *******

La siguiente mañana, en el estudio de entrevistas del canal de noticias Focovisión, Zulay Lares dirigía un programa especial en vivo sobre la muerte del diputado Ariel Gómez. Tenía como invitados a Ricardo, al alcalde Leonardo Pérez y al cardenal de Caribea. El lugar estaba decorado con buen gusto, con poltronas para dar comodidad a sus invitados y luces suaves. Mientras tomaban café, las personalidades respondían las preguntas de la moderadora.

Zulay informó, ante las cámaras, que el canal de televisión había pretendido transmitir un video con imágenes de la sesión donde el diputado Gómez murió, el mismo video que ella había mostrado a Ricardo en el cementerio; sin embargo, el gobierno nacional, a través del ministerio de Comunicación, prohibió la transmisión del mismo por considerarlo violento, incluso pese a que los directivos del canal le aclararon que la imagen de la muerte del diputado Ariel sería distorsionada con un efecto especial.

Asimismo, Zulay aclaró que varios médicos cardiólogos habían sido invitados para dar su punto de vista sobre la muerte del diputado. Ellos habían confirmado su asistencia, pero solo minutos antes del inicio del programa informaron no poder asistir por habérseles presentado emergencias médicas qué atender. La periodista no lo dijo, pero pensó que la mano de Arlex actuó para intimidar a los médicos y evitar que acudieran a la entrevista, dado que la versión de los forenses del gobierno, dictaminando que se trató de un ataque cardiaco, resultaba nada convincente para la opinión pública

—Solo voy a decir que, pese a que el gobierno de Arlex Borjas dice que la muerte del diputado Ariel fue un infarto… bueno, no soy médico, pero nunca supe que un infarto provoque convulsiones, le rompa la mandíbula alguien y haga vomitar sangre —expresó Ricardo.

—Alcalde Leonardo, ¿cómo va la recolección de firmas para convocar a referéndum revocatorio del mandato del presidente Borjas? Esta idea fue suya y usted está dirigiendo todo ese proceso, cuéntenos los detalles —preguntó la periodista, ignorando totalmente a Ricardo.

—La Ley de Expropiación no fue derogada en la Asamblea Nacional, ni fue electa una nueva Corte Suprema de Justicia —respondió mirando desconcertado a Zulay y luego a Ricardo—. Ahora apelamos al pueblo para salir de Borjas. Hay muchos voluntarios recogiendo firmas. Pronto completaremos el número de rúbricas que la ley pide para llevarlas a Consejo Electoral y que convoque a referéndum revocatorio del mandato de Arlex con el voto popular.

—Hace un mes que comenzó la recolección de firmas, ¿cuántas firmas son necesarias según la ley?, ¿cuántas llevan recolectadas?

Leonardo se encogió de hombros y se mostró algo esquivo al responder.

—Bueno… la ley exige la firma de un millón de personas, eso es el 10% de los electores en Caribea que son diez millones. Hasta ahora, llevamos más o menos 90 mil firmas…

—Sobre esto tenemos imágenes, rueda videotape. —Zulay dio una señal con su mano al equipo de producción, para que un video fuera transmitido en el acto. El video mostraba en la calle a varios jóvenes con unas planillas en sus manos, sobre unas carpetas, sosteniéndolas mientras la gente sonriente estampaba su firma sobre dichas planillas. La transmisión del video terminó y de nuevo las imágenes de la entrevista estuvieron en pantalla.

—Quería puntualizar algo, Zulay, si me lo permites. —Ricardo hablaba en un tono bastante sumiso—. Quiero mostrar mi rechazo sobre la reprochable conducta de 28 diputados opositores que, traicionando al pueblo que los eligió, votaron en contra de derogar la Ley de Expropiación, una ley mediante la cual el gobierno nacional le roba a la gente su propiedad privada, y digo robar, porque el gobierno no paga el precio justo por las empresas que le quita a las personas. Le paga incluso menos de la mitad de lo que valen. El gobierno los debe haber sobornado, porque no es posible que alguien cambie sus ideales y sus creencias en tan poco tiempo. Ariel fue el autor de aquella propuesta para derogar esa ley, que pretendía hacer respetar el sagrado derecho a la propiedad, y parece que para ellos la extraña muerte del diputado Gómez fue en vano.

—Diputado Ricardo, el gobierno rechaza las cifras de inflación que maneja la oposición y dice que manipulan cifras. —Zulay hacía otro evidente cambio de tema, dejando claro que no deseaba abordar nada que tuviera relación con la muerte de Ariel.

—Evidentemente Arlex Borjas viola la propiedad privada, expropiando empresas —respondió—. Ello daña la capacidad productiva del país. Un empresario conoce muy bien su empresa para gerenciarla con eficacia. El sector público no la conoce y la gerenciaría mal llevándola a la improductividad, a la ruina. Bajó la inversión privada extranjera por temor a que el gobierno expropie al inversor. Todo esto genera la  reducción de oferta de bienes que se produce, mientras la demanda de los mismos bienes se mantiene igual, generando alta inflación…

Al mismo tiempo, dentro de un gran edificio de imponente y lujosa fachada, con un letrero en su entrada en el que se leía “Industrias Lácteas Los Andes”, terminaba una importante junta de preocupados directivos. Las autoridades de aquella industria productora de leche tenían relaciones neutrales con el gobierno, pero buscaban estrechar mejores lazos para evitar futuros conflictos que entorpecieran su funcionamiento y que los hiciera perder dinero en sus ventas.

El gran salón de reuniones era amplio y lujoso, con ventanas panorámicas a la ciudad desde el piso treinta. Alrededor de una larga mesa se ubicaban sentados doce hombres de entre treinta y sesenta años de edad, vestidos con ostentosos trajes y cada uno con una laptop sobre su puesto. A la cabeza de la mesa estaba un hombre con una placa de metal sobre su puesto que rezaba “Elías Salazar, Presidente”. Él era delgado, de cincuenta años de edad, usaba un bigote recortado con fineza, y transmitía una fuerte confianza y seguridad en sí mismo. Todos miraban, en el gigantesco televisor de pantalla plana, el programa de entrevistas de Zulay Lares.

—Cualquiera sabe que una empresa privada expropiada y gerenciada por el gobierno está condenada a la improductividad —comentó Elías sacudiéndose una pelusa sobre su corbata—. El gerente público no trabaja con su propio dinero, sino con el dinero de impuestos y renta petrolera. Por eso al gerente público no le duele la empresa pública, y no se preocupa por hacerla productiva con ganancias. Solo este gobierno lo ignora o se hace el tonto.

—Me preocupa más los rumores que hay sobre el supuesto control cambiario que el gobierno quiere implementar —dijo uno de los directivos sin dejar de ver la televisión—. Y Arlex Borjas no termina de desmentirlos o confirmarlos.

—Les diré algo. —Elías resopló—. Tengo amigos en el ministerio de Economía, y me han dicho que Borjas busca la aprobación de una ley para que sea el gobierno el único ente que venda dólares a empresarios, para que éstos exporten sus mercancías. Las casas de cambio ya no estarán autorizadas para hacerlo. Todos sabemos que necesitamos importar insumos de producción, como maquinarias, ya que en Caribea lamentablemente no existe tecnología para construir tales maquinarias. Es seguro que Arlex Borjas no venderá dólares a los empresarios reconocidos como opositores, y deberán… o deberemos comprar dólares más caros en el mercado negro, trasladando ese costo al precio del producto final de venta, claro elevando la inflación. Es todo un desastre.

Mientras, en la oficina presidencial del Palacio de Gobierno de Caribea, Arlex también se entretenía viendo la entrevista de Zulay a través del televisor. Tulio, su hijo, lo acompañaba de pie a su lado. Zulay pidió al cardenal Vázquez hacer un llamado por la paz, en ese ambiente de tensión política que se volvía constante en Caribea. La respuesta del cardenal molestó a Arlex, quien había estado contento con la evasiva actitud de Zulay para abordar el tema de la muerte de Ariel.

—Exhorto al Gobierno a la paz y respeto por la disidencia —dijo el cardenal—. Condeno la violencia policial contra la gente cada vez que salen a manifestar. Pido a Dios porque los estudiantes desaparecidos en la última manifestación aparezcan sanos. En la misma murió un hombre con un disparo en la cabeza y el gobierno no dice nada.

Arlex bajó el volumen del televisor con el control remoto. Tulio, por su parte, tomó asiento junto a él.      

—Si bien Focovisión y otros canales cumplieron las instrucciones para no hablar  del tema de la muerte de Ariel, pienso que de todas formas hay que neutralizar a Focovisión; es el canal de televisión más peligroso —dijo Arlex.

—Con el poder de Rasputín podríamos hacer algo en su contra de forma definitiva, no solo contenerlos con la amenaza de una simple multa —señaló su hijo—. Rasputín nos ha dado el éxito más rápido de lo esperado reconquistando la Asamblea Nacional. Controlar a los militares también debe ser más fácil; están acostumbrados a obedecer. Por lo tanto, controlar a los periodistas sería pan comido…

—Leonardo dijo que, en un mes, apenas han recogido 90 mil firmas. Si siguen ese ritmo les llevará once meses recolectarlas todas. Aunque no llevan un ritmo tan rápido como esperaban, prefiero quitarme esa amenaza de encima de una vez. Lo haré de una forma que a nadie le quedarán ganas de seguir recogiendo firmas para revocarme…

Las palabras de Arlex fueron interrumpidas de golpe cuando el teléfono sobre el escritorio sonó. Él mismo se dispuso a atender; al parecer su secretaria no se hallaba en la recepción para tomar la llamada, y siendo las 12 del mediodía, supuso que ella se había ido a almorzar. Apenas puso el auricular sobre su oreja un hombre le habló del otro lado de la línea telefónica.

—Quiero 500 mil dólares en seis días o el país entero sabrá toda tu relación con Rasputín y lo que hiciste a Ariel. Tengo un video que lo revela todo, que puedo colgar en Internet, y en el que te refieres a tu pueblo como ignorante chusma. Luego te daré más instrucciones. —La voz sonaba distorsionada con algún dispositivo especial para cambiarla y evitar su identificación.

El chantajista terminó la llamada antes de que Arlex pudiera decir algo. Éste colgó el auricular, muy preocupado, con su ritmo cardíaco elevado.

—Tulio, alguien del círculo nos ha traicionado. Quien me llamó… pedía 500 mil dólares para no colgar en Internet un video que revelaría nuestra relación con Rasputín. La voz estaba alterada con algún dispositivo. —A Arlex le temblaba voz, lucía bastante pálido y descontrolado.

Tulio se levantó de su silla con premura y revisó el identificador de llamadas del teléfono.

—La llamada fue de un número oculto. Pero la voz quedó registrada en la grabadora. Podemos analizar la voz, recomponerla e identificarla —aseguró.

—Hazlo cuanto antes. Esto es grave. —El presidente lanzó un largo resoplido, se puso de pie y pasó su mano por sobre su cabello.

Al mismo tiempo, en el canal de noticias Focovisión, la entrevista había terminado. Detrás de cámaras, Zulay explicó a Ricardo el motivo de su indiferencia ante su intento de abordar el tema de la muerte de Ariel y le ofreció sus más sinceras disculpas. La periodista le aseguró ser muy profesional y no tener miedo de decir la verdad. Siempre se hacía responsable de sus actos y asumía sus consecuencias, pero no quería que nadie más pagara por los efectos de sus acciones. Frente a las cámaras, ella evitó ahondar en la muerte de Ariel, pues ya el gobierno nacional había dejado claro que le incomodaba el tema y advirtió que si el video de Ariel  era transmitido, los canales de televisión partícipes en el hecho serían multados con una cantidad de 950 millones de olivos. Ésta era una suma equivalente a novecientos mil dólares; suficiente para dejar a cualquier canal de televisión al borde de la ruina. Igualmente serían multados por la misma cantidad, si el video aparecía colgado en alguna página Web, pues los canales fueron responsables de grabarlo y, por tanto, debían ser responsables de que el mismo no fuera difundido. Zulay le explicó a Ricardo que una multa al canal provocaría su quiebra y la pérdida del empleo de muchos de sus compañeros de trabajo, la mayoría de ellos casados y con hijos pequeños.

Aunque él la entendió, no compartió su manera de proceder. La mujer le prometió ayudarlo a investigar la verdad de la muerte de su amigo pero a manera personal, sin poner en riesgo la estabilidad laboral de cientos de personas en el canal.

                     *******

El pequeño Diego, a sus apenas diez años de edad, ya tenía un dilema en su mente para pensar, y también un sueño difícil que cumplir. Su fallecido abuelo alguna vez le dijo que cada quien decidía su propio destino con sus acciones; pero, al sacerdote del barrio donde vivía le oyó decir que el destino de todas las personas estaba en manos de Dios, incluso el destino de quienes no creyeran en él. En su carrera para cumplir un sueño tan anhelado, como difícil, se preguntaría además si el destino de las personas estaba en manos de la política, hasta el de aquellas que trataran de pensar lo contrario.

Diego era un niño de mejillas hinchadas, brillantes ojos negros, cabello azabache y, casi siempre, de sonrisa de oreja a oreja. Aquella noche en la hora de la cena fue uno de esos momentos excepcionales en que no sonreía. Algo así era imposible que sus padres lo pasaran por alto. Notaron al chico apesadumbrado, cabizbajo y de hombros encogidos. El niño apenas había probado bocado, mientras ellos ya casi terminaban de comer. El señor Armando compartió una mirada con su esposa, y con sus ojos se preguntaron el uno al otro acerca de la actitud del niño. Por fin el hombre le preguntó a su hijo lo que le ocurría.

—Anoche soñé que participaba en una carrera con la bicicleta que tanto quiero y que por fin había podido comprar —respondió con apatía—. Gané la carrera, sentía que volaba en ella. Es que… hace dos semanas, pasé por la tienda de deportes y vi que la bicicleta que quiero valía 73 mil olivos, la semana pasada el precio subió a 75 mil olivos, ayer pasé por la tienda y su precio era 77 mil. No solo es la bicicleta, ustedes desde hace tiempo se quejan de que la comida está subiendo de precio todos los días muy rápido. ¿Por qué tu sueldo no aumenta también tan rápido, papá?

—¡Ah! Por eso es que las últimas tres semanas me estuviste preguntando el monto de mi sueldo —dijo don Armando quien para el momento tenía las cejas muy arqueadas, y una media sonrisa que le causaba el comentario de su hijo, a quien consideraba muy inteligente para su edad.

—Sí, papá, apenas ganas… —Diego se miró la palma de la mano donde tenía algo anotado—, dos mil trescientos olivos de sueldo mensual, poco más del salario mínimo de Caribea que es… es… —el niño echó una segunda ojeado a su palma—, de dos mil olivos. ¿Por qué tu sueldo es el mismo de siempre, si las cosas que debemos comprar suben a cada momento de precio?

Armando se rascó la oreja, no porque le picara, y pasó su vista a su alrededor, por el humilde comedor que compartía el mismo reducido espacio con la sala de recibo y la cocina. Puso los codos sobre la mesa y posó sus manos sobre el casco de obrero que descansaba a un lado del plato. En su pecho destacaba un carnet asido con un gancho en su overol de obrero en el que se leía: “Cementera Pizolante”.

—Se trata de la inflación… aunque sí, eres muy inteligente; pero, no lo vas a entender. Es difícil de entender para un adulto, imagina para un niño. Ya una vez te lo expliqué y no lo entendiste —le respondió con aflicción sin darle la cara, mientras mojaba el ultimo trozo de su pan duro en una salsa de tomate en el plato—. Pero aunque estés muy niño, sí tienes que entender que la situación del país está muy mal. Mi sueldo apenas nos alcanza para comer tres veces al día, y a veces comemos solo pan para la cena, como ahora; mientras tú te preocupas por una bicicleta, hay gente en la calle comiendo de la basura, muriendo de hambre. —Armando lo dijo todo con un tono suave y melancólico, y Diego bajó la cabeza sin despegar la vista de su pan—. Tenemos un gobierno de un hombre malo, que no sabe hacer las cosas.

—Pero quiero la bicicleta, no solo para jugar con ella; también para prestársela a mis compañeros de clase, la quiero compartir con mis amigos. Muchos de ellos viven muy lejos, a veces no tienen dinero para el transporte público…

Aurelia se conmovió al sentir nobleza en el gesto de Diego. Le acarició el cabello, le pidió tener fe y no perder la esperanza de que algún día pudiera tener una bicicleta. Armando se sintió un hombre afortunado al ver a madre e hijo mostrándose afecto, y se unió a ellos en un abrazo.

Diego no comprendió el concepto de inflación aquella vez que su padre tuvo la paciencia para explicarle de la forma más sencilla posible. Para él, inflación era lo que le pasaba al estómago cuando comía mucho helado y se inflaba. Le pidió también al dueño de la tienda deportiva que se lo explicara. El buen hombre le habló de algo que a Diego le pareció escuchar como oferta y demanda, escasez o algo así. De pronto al niño le pareció que al hombre se le volvían los ojos achinados, su piel amarilla y comenzaba a hablar en un idioma que no entendía. Diego solo quería saber por qué a su padre no le alcanzaba el sueldo para comprarle su bicicleta si trabajaba tan duro. Su papá tampoco se compraba ropa nueva con mucha frecuencia, hacía años que tenía los mismos zapatos viejos y gastados. Se fue de la tienda de nuevo cabizbajo y pateó una piedra en el camino con la que descargó su frustración.

Tan solo dos días después de su maravilloso sueño con la bicicleta, Diego encontró el velocípedo en la vitrina de la tienda con un nuevo precio, ahora valía 79 mil olivos. Ya ni siquiera se quedó a contemplarla, sentía que era un sueño inalcanzable que prefería olvidar.

Cuando faltaba poco para llegar a la escuela vio a un niño de su misma edad, sucio y vistiendo harapos, hurgando en bolsas de basura en un callejón lleno de desperdicios. El pequeño, envuelto en un enjambre de moscas, buscaba con desespero entre los desperdicios, y Diego se conmocionó al ver que se llevaba a la boca los restos del corazón de una manzana. Se tuvo que llevar las manos al cuello cuando percibió que un nudo frío le apretaba la garganta. Al principio se sintió egoísta al preocuparse por comprar una bicicleta, cuando otros niños de su edad no tenían para comer, y, en cambio, él aún podía alimentarse tres veces al día, aunque fuera con un pedazo de pan. Sin embargo, se dijo a sí mismo que aquello no era su culpa, si tuviese mucho dinero le daría de comer a todas las personas hambrientas y además se compraría su bicicleta; pero no podía hacer nada más que solo tener buenos pensamientos.

Caminó desanimado, y cuando cruzó la esquina vio un vendedor de jugos de naranja que vendía cada vaso en 15 olivos, en un modesto puesto que consistía en una mesa de plástico con un pequeño toldo y un gran recipiente de aluminio que contenía el jugo. Sacó su lápiz y cuaderno e hizo una operación matemática en él. Si dividía los 79 mil olivos del precio de la bicicleta, entre 15 olivos del precio del jugo, debería vender 5.266 jugos para comprar la bicicleta. Le gustaba las matemáticas e hizo muy fácil el cálculo.

—Señor pero si la semana pasada cada vaso costaba 10 olivos. Y estos vasos son más pequeños —le reclamó al vendedor una mujer que se detuvo en el puesto de ventas de jugos.

—Ay, señora todo está más caro, las naranjas, el azúcar subió de precio, yo tengo una familia que mantener. Yo no la estoy obligando a comprar —respondió el hombre.

Diego siempre pasaba por el mismo puesto, y apenas había notado que en las últimas semanas el número de personas que compraban aquellos jugos había descendido.

—Si el hombre siguiera vendiendo cada jugo en 10 olivos —pensó mirando al cielo—, necesitaría vender 7.900 vasos para comprar la bicicleta, pero más gente vendría a comprar porque sería más barato.

Esa mañana no fue a la escuela, en vez de eso, se quedó en el puesto de jugos durante una hora anotando en su libreta cuántos vasos de jugos fueron vendidos en esa fracción de tiempo, y fueron 20 en total. Diego tuvo la idea de dedicarse a vender jugos para reunir dinero y comprar su bicicleta. Cada vaso lo vendería a 10 olivos, un precio más bajo que otros vendedores, pero eso haría que mucha gente los comprara. Si se dedicaba cada tarde, de 2 pm a 6 pm a vender jugos, serían 20 vasos vendidos cada hora, lo que sumaría 80 vasos vendidos por tarde. Necesitaría 99 tardes para reunir lo que costaba la bicicleta. Más de 3 meses. Si la bicicleta subía de precio en ese tiempo, él subiría los precios de los jugos, pero siempre los mantendría más económicos que los otros vendedores. Esos eran sus cálculos. Estaba seguro de que si tenía los precios más bajos que otros vendedores, vendería más vasos por día, incluso podría vender el doble y reunir el dinero en mes y medio.

—Sí puedo lograrlo —pensó el niño en voz alta, con una alegría similar a la de estar sentado frente a un gigante helado de chocolate—. Ningún gobierno malo me impedirá comprar mi bicicleta.

El hombre que vendía jugos vio al niño anotando durante una hora en su libreta. Cuando al fin tuvo un tiempo libre entre cliente y cliente, le preguntó qué hacía.

—Estaba planificando el negocio de mi vida —respondió y se fue corriendo dando saltos con alegría.

En el almuerzo, Diego les planteó a sus padres su idea de vender jugos frente a su casa y así reunir dinero para comprar su bicicleta. Tenía días pensando la mejor forma de decírselos por temor a que le negaran el permiso y creyó que era mejor ser directo.

Armando ripostó un “no” rotundo que parecía irreversible. Él era el jefe de la casa, quien debía proveer el sostén familiar. Dejar que su hijo trabajara era tanto como reconocer que había fracasado en su función de padre de familia. Aurelia le sobó un hombro a Armando y le aseguró que había cumplido muy bien su papel de padre y esposo. Nunca había faltado la comida, ni la ropa, ni la educación de su hijo. Una bicicleta no entraba en el paquete de responsabilidades; pero podía enseñar a Diego a luchar por las cosas que quisiera, si dejaba que vendiera jugos. Ella lo ayudaría en las tardes, vendería frente a la casa, estaría pendiente de él, ella prepararía los jugos y vería que los clientes pagaran lo que correspondiera. No estaría solo y vería que hiciera la tarea escolar.

Armando por fin sucumbió al argumento de su esposa. Después de todo, ser buen padre también implicaba enseñar a un hijo el valor del trabajo tanto como del estudio. Si su trabajo de medio tiempo no interfería con sus estudios, aceptaría, y le advirtió a Diego que verificaría constantemente sus calificaciones escolares. Armando y Aurelia dudaban que Diego pudiera reunir el dinero para comprar una bicicleta nueva; pero, pensaron que tal vez pudiera lograrlo para una bicicleta usada, la cual podía conseguirse a un precio más económico. Acordaron, sin decirle a su hijo, que cuando el niño tuviese una cantidad ahorrada verían si alcanzaba para comprar una bicicleta usada y ellos podrían ayudarle a completar el dinero que le faltara. Sabían que sería frustrante para Diego no ver su sueño cumplido, luego de tanto esfuerzo y querían evitarle esa decepción.

Una docena de naranjas costaba siete olivos, el kilo de azúcar seis olivos y el paquete de vasos plásticos cinco olivos con cincuenta centavos. Esos eran los precios que madre e hijo vieron en el supermercado cuando fueron a comprar los ingredientes para el negocio, el sábado en la mañana. Ambos se dedicaron a la preparación del jugo sacando el zumo de la naranja y mezclándolo con poca agua para que la bebida pudiera ser lo más pura posible. Depositaron todo en un recipiente de plástico con capacidad de 40 litros, la llevaron sobre una carretilla hasta el frente de la casa y la colocaron sobre la acera bajo un árbol de almendras. Un cartel con el precio de “10 olivos por vaso” completó la decoración del puesto sobre una mesa de madera. El escenario del negocio era el frente de una calle con aceras rotas, casas con fachadas agrietadas y la calzada de la calle con baches.

Aurelia lo acompañó en sus primeros momentos como comerciante, aunque él le dijo que no era necesario. La madre se sentía orgullosa de su hijo.

                     *******

Franco y Roberto estaban confinados en una pequeña y sucia celda con barrotes y muros de ladrillos, de tres metros por tres metros. El moho se acumulaba en los rincones, el olor a humedad flotaba en el aire, el calor era abrasador. Ambos llevaban cadenas en sus tobillos, adosadas al muro. Sus semblantes expresaban cansancio: demacrados, sucios, delgados. Las luces eléctricas de las pocas lámparas de techo que había eran opacas y titilaban, como si hubiese una permanente fuente de interferencia eléctrica. Se mantenían en silencio, con sus ojos entrecerrados a punto de dormirse o tal vez recién despertados, abatidos por el cansancio de noches en vela. No había camas, yacían tirados en el piso.

Franco, acostado sobre su espalda, veía en silencio a Roberto, quien llevaba sentado horas recostado a un muro, con su mirada melancólica puesta en el infinito. El presidente del centro de estudiantes era consciente de su error al haber actuado tan temerariamente al momento de dirigir la marcha estudiantil, y no haber hecho caso de tantos rumores sobre la emboscada. Reconoció dentro de sí que se dejó llevar por el deseo de ser visto por los demás como un valiente que iba de primero en la marcha, para ser alabado, a pesar los rumores. En el fondo, en verdad creía que Arlex no se atrevería a tanto, porque en otras oportunidades la represión de los cuerpos policiales no había pasado del lanzamiento de algunos gases lacrimógenos a los que ya se había acostumbrado respirar. Nunca la policía había golpeado a la gente y menos tan salvajemente, ni había acometido arrestos. Todo eso, lo hizo verse a sí mismo como un fracaso de líder.

—No fue tu culpa. —Franco se sentó. Roberto no se sorprendió de que el chico adivinara lo que pensaba. Casi siempre lo hacía.

—Debí suponer que algo así pasaría. Ahora veo que Arlex Borjas es capaz de todo. —Roberto salió de su letargo y hablaba con desanimo, sin despegar la mirada del piso—. Siento que llevé a todos a una trampa mortal. Muchos me advirtieron de los rumores de la emboscada en la marcha y no quise escucharlos. Un líder debe oír a sus seguidores, por no hacerlo… por mi soberbia llevé a todos a una trampa.

—Eres muy duro contigo a veces, te exiges de más. No puedes saberlo todo ni hacerlo todo, eres humano…

El sonido de un par de voces en la lejanía les hizo guardar silencio, aguzar sus oídos y ponerse en alerta para escucharlas mejor.

—Leí cosas interesantes en los avances descifrados del contenido del diario; la influencia de la luna sobre la mente —comentó Raymundo a lo lejos, quien parecía salivar en exceso al hablar—. La luna influye en el agua del planeta para formar las mareas, el cuerpo humano está formado de agua, incluso el cerebro. Por eso la mente puede ser influenciada por la luna cuando esté más cerca de nuestro planeta. Aquí dice cómo controlarla. Ya sometí a once diputados más. Mañana seguiré. Pero aclárame una gran duda… ¿Por qué complicarse en dar apariencia legal y democrática al gobierno buscando mayoría parlamentaria, si puede usarse la fuerza militar para someter a la gente de forma más sencilla?

Arlex y Raymundo caminaban por un largo pasillo en los calabozos de los sótanos secretos del Palacio de Gobierno. Pasaron cerca de la celda donde Roberto y Franco eran prisioneros, lo suficiente para ser oídos por los jóvenes cautivos.

—Caribea es miembro de la Sociedad de Naciones Democráticas —respondió Arlex—. Si no aparentamos democracia, este organismo internacional puede imponernos severas sanciones económicas; dejarnos de comprar petróleo por ejemplo. Te explicaré…

Arlex y Raymundo entraron por una de las muchas puertas que había en ambos extremos del pasillo, mientras que en su celda, Roberto y Franco forzaron más sus oídos para tratar de reconocer sus voces.

—¿Escuchaste de lo que hablaron? —preguntó Franco susurrando—. ¿Control mental? ¡Dios!, esto es una locura. ¿Dónde estamos, Roberto?

—Sí, lo oí —respondió también susurrando—. Lo cierto es que el gobierno es responsable de que estemos aquí; nos trajo la policía. Debemos hallar cómo escapar.

—Una de esas voces me pareció muy conocida —añadió Franco.

—A mí también, pero no logré identificarla.

Mientras, Arlex y Raymundo continuaron conversando sobre lo inconveniente de ejercer el gobierno por el poder de las armas de forma tan evidente, aun cuando ellos tenían control de toda la fuerza armada de Caribea, o al menos eso pensaba Arlex. Ambos entraron en una especie de salón de reuniones habilitado, de unos diez metros por cinco metros, con una larga mesa de madera en el centro y varias sillas alrededor. Había otro retrato de Antonio Olivo a escala natural colgado en una pared.

Raymundo se sentó. Arlex sacó un par de cervezas de una nevera ejecutiva en un rincón y le dio una a Raymundo, mientras él también tomaba asiento.

—Caribea forma parte de varios organismos internacionales —dijo Arlex—. El más importante es la Sociedad de Naciones Democráticas. Entre sus funciones, tiene el deber de velar porque se mantenga un alto nivel de paz y estabilidad política dentro de los países que la integran, para no perjudicar las relaciones internacionales, sobre todo las relaciones económicas internacionales entre todos los países miembros. Para formar parte de ella, es necesario que cada país escoja su respectivo gobierno en elecciones limpias y mantenga un funcionamiento dentro de la legalidad; no violar derechos humanos; poderes públicos independientes, etc. De no mostrar legalidad en nuestro funcionamiento, seriamos expulsados de ese organismo y los países miembros están obligados a no comerciar con nosotros. Nos harían bloqueo comercial con terribles consecuencias para nuestras finanzas. Por eso no podemos ejercer el gobierno por la fuerza, por el poder de las armas de forma tan evidente

—Pero tenemos unas de las mayores reservas de petróleo en el mundo —replicó—. Eso nos da poder frente a los otros países ¿o no?

—No somos los únicos. Muchos otros países también tienen inmensas reservas. Tenemos más que perder. Nos dejarían de comprar nuestro petróleo, y tendríamos que aprender a comerlo para no morir de hambre. No queremos que nada de eso suceda.

—Entonces, sería buena idea que Rasputín habitara en la mente de todas las autoridades que integran la Sociedad de Naciones Democráticas, para que todo lo que decidan sus embajadores siempre sea a nuestro favor, ¿no crees?

—Por supuesto, esa es la idea —respondió Arlex sonriendo—. Todos caerán. ¿Te imaginas al Embajador de Estados Unidos votando a favor de condonar la deuda que muchos países, como el nuestro, tienen con el Fondo Monetario Mundial? ¿Imaginas a un primer presidente “Republicano Socialista” de Estados Unidos, decretando la salud y la educación universitaria pública? ¿O ese mismo presidente decretando la expropiación de la cadena de restaurantes McRonalds y cambiar su menú por comida que no envenene a la gente? ¿Imaginas eso? Todo eso será posible, lo juro por mi vida.

Arlex y Raymundo rieron a carcajadas. Raymundo se ahogó con la cerveza.

—Todo eso vendrá, pero primero debemos asegurar la estabilidad y control en nuestro país. Luego el poder de Rasputín y el nuestro se expandirá por todo el orbe.

Ambos brindaron con sus botellas sin parar de reír.

                     *******

Roberto despertó atado a una silla, en una habitación en penumbras. Sus labios le ardían; resecos en extremo, y sentía su cabeza muy pesada ladeando de un lado a otro con dificultad para erguirla en un primer momento. Tenía un sabor de boca muy amargo, y su nariz algo congestionada por el intenso olor del moho y la humedad. Las cuerdas en sus brazos y piernas le cortaban su flujo sanguíneo. La tabla de Rasputín estaba ubicada frente a él, a escasos sesenta centímetros. Él podía ver la imagen del monje a pesar de la penumbra en el ambiente.

—Tiberio me habló de ti —dijo una ronca voz detrás de Roberto, que en seguida le hizo presentir que las cosas se pondrían peor para él.

Capítulo 3. Batalla en las calles

Llegó el domingo, día para celebrarse la segunda misa de adoración a Rasputín. La primera había sido un éxito; con ella Arlex sacó del medio al diputado Ariel por considerarlo un enemigo peligroso. Además, logró frenar la designación de nuevos jueces en la Corte Suprema de Justicia, los cuales, de haber sido nombrados en el cargo y siendo de seguro aliados de los políticos opositores a su gobierno, hubiesen tratado de destituirlo.

El servicio religioso era llevado a cabo en un recinto rectangular de veinte metros de largo por diez metros de ancho. Había bancas a cada lado de un largo pasillo central, y al fondo un altar con la tabla de Rasputín. El sitio hacia recordar a una clásica iglesia católica, pero con un pavoroso ambiente oscuro carente de iluminación eléctrica y alumbrada, en su lugar, por un centenar de velas encendidas frente a la tabla, que generaban sombras alargadas. Se trataba de una capilla secreta habilitada en unos sótanos subterráneos ocultos bajo el Palacio de Gobierno de Caribea. La extensión de los sótanos secretos era enorme, con infinidad de recámaras, calabozos y pasillos. Arlex los había hecho construir apenas ganó la presidencia, como si lo hubiese planeado desde hacía mucho tiempo. Los constructores trabajaron día y noche y fueron concluidos los trabajos en solo dos años y medio. Estos trabajadores fueron sumados al equipo de gobierno de Arlex para así vigilarlos y evitar que divulgaran el secreto de los sótanos, aunque a veces alguno de ellos desaparecía sin dejar rastro.

Los aliados de alta confianza de Arlex se sentaron en las bancas del lado izquierdo del pasillo central, todos miembros del Partido Socialista Revolucionario, tanto ministros de gabinete, como diputados de la Asamblea Nacional. Fueron pocos los que se atrevieron a ocupar la primera fila: el ministro de Defensa, Jorge Lucas, lo hizo presionado por su trayectoria militar que hacía a todos esperar tal actitud valiente de su parte, aunque hubiese querido estar unas filas atrás; Raymundo, por exigencia de Arlex, pues sus conocimientos en actividad mental podían ser útiles ante cualquier eventualidad; el fiscal general, Daniel Andara, por decisión propia, pues solo creería en todo aquello, si lograba ver una señal milagrosa y allí podría observar mejor; la primera dama, María Laura, lo hizo por lealtad a su esposo, y se mantuvo pasando en su mano las cuentas de un rosario.

Al diputado Israel Gámez le habría gustado sentarse junto a la primera dama, para oler su exquisito perfume y ver de cerca sus expresivos ojos verdes, pero Daniel Andara le ganó el puesto y tuvo que sentarse junto al ministro de finanzas, Calixto Gil, y resignarse a su tufo de alcohol. Detrás de ellos, la diputada Irania Perdomo le comentó a su esposo el ministro de alimentación, Oscar Valdez, sus dudas sobre la efectividad del culto para controlar la mente humana. El diputado Albano Carvajal desde su asiento los oyó, y con indignación los conminó a definir su fe en Arlex o serían considerados traidores. El canciller Nicodemo Méndez, sentado junto a Albano, le recordó la úlcera que padecía por estrés y le pidió calma. El ministro de Economía, Fernando Ramírez y la diputada Celia Ramos, nerviosos, se sentaron en la última fila cerca a la salida por precaución, pensando que algo podía salir mal al rendir culto a lo que consideraban un alma en pena. El resto de diputados y ministros se ubicó en las filas centrales.

Aunque todos ellos estaban comprendidos en un rango de edades de entre 45 y 65 años, en aquel momento lucían como niños asustados unos, y como niños asustados fingiendo valentía, otros. El joven ministro de Interior, Tiberio Haitán de 29 años de edad, también se encontraba allí, sentado junto a Tulio Borjas, el hijo de Arlex y María Laura, un treintañero que fungía como jefe de seguridad del Palacio de Gobierno.

Al lado derecho del pasillo se sentó la comitiva de Dimitri compuesta de diez militares rusos y Mijaíl. Todos vestían hábitos negros de monje y se mantenían expectantes, murmurando en hilos de voz que generaban en conjunto una notable reverberación en todo el lugar. Aún quedaba por lo menos la mitad de las bancas sin ocupar.

Dimitri y Arlex abrieron la puerta rechinante de par en par y entraron. Caminaron en medio del pasillo central con paso solemne hasta detenerse frente al presbiterio. Arlex subió sus tres escalones y se situó detrás del altar en actitud de majestad con un micrófono en su mano, y Dimitri se mantuvo de pie en el ala derecha de la capilla junto a su séquito. Luego el presidente de Caribea tomó la palabra, al tiempo que todos cesaron los murmullos y dieron paso al eco de su única voz.

—Ministros, diputados, Raymundo, esposa, hijo, les recuerdo ahora y les recordaré siempre, que una traición a mí, será traición a Rasputín y él les arrebatará el alma en castigo. Todo del culto a Rasputín y el poder que nos confiere será secreto —dijo con un calmado tono de voz. La emoción del momento hizo que un escalofrío se formara en su cabeza y bajara por su espalda.

—¡Ustedes también, mis camaradas rusos! —añadió Dimitri en idioma ruso.

El presidente de Rusia y su comitiva habían decidido esperar hasta celebrar la segunda misa de adoración para regresar a su país, dada la fascinación que había provocado en ellos, todo el poder que el alma de Rasputín estaba demostrando. No era común que un jefe de gobierno se quedara tanto tiempo de visita en otro país para celebrar convenios internacionales; así que, ante los medios de comunicación, justificó su larga estadía con una falsa bronquitis contraída que le hizo guardar reposo por recomendación médica, para evitar complicaciones.

Sobre el altar había un libro abierto que Arlex tomó y comenzó a leer en voz alta, alternando su mirada entre las páginas y los rostros del público.

—Creo en Rasputín Todopoderoso, en el pecado como vía a la santidad y en la flagelación para acercarnos a Dios. Oye nuestras súplicas poderoso Rasputín.

Mientras Arlex oraba, Dimitri, en el ala derecha de la capilla, traducía el discurso en idioma ruso a su comitiva, y lo hacía casi en simultáneo.

Arlex cerró el libro y se dio la vuelta para ver la imagen de Rasputín en la tabla.

—Danos la gracia de tu poder para mermar el dolor del pueblo por parir una sociedad socialista feliz. Como la mujer que sufre labor de parto antes de dar a luz un bebé motivo de alegría, el pueblo pasa por igual proceso antes de parir una sociedad feliz y de justicia, sufre dolor, con el riesgo que el pueblo chusma e ignorante no lo soporte y rechace al gobierno que lo lleva a la felicidad. Acudimos a ti para controlar la mente del pueblo ignorante y que pueda soportar el dolor, para guiarlo aún contra su voluntad a la sociedad feliz.

Arlex hablaba y varias imágenes venían a su mente: niños y adultos sucios en la calle pidiendo limosna, durmiendo cubiertos con periódicos sobre bancas en parques, y buscando comida en los botes de basura. Además, gente siendo asaltada y asesinada.

El presidente se vio en ese momento como parado en la cima del mundo, con el destino de toda una nación en sus manos. La misma sensación tendría un niño pequeño cuando recibe en navidad el juguete más preciado de su vida. Era tal su conmoción que respiraba de forma agitada, jadeando y estremecido.

—Permite que pese al hambre, pobreza y muerte, el pueblo siempre nos sea leal, aunque éste no sepa el porqué —continuó Arlex, poniendo su mano derecha sobre su pecho, sin apartar la vista de la imagen de Rasputín—. Al final su sacrificio se premiará. Permite someter la mente y voluntad de los diputados opositores de la Asamblea Nacional, para controlar la ley y evitar mi salida del poder.

Cuando aún oraba, de la tabla brotó una densa niebla que fue vista por todos y que se esparció rápido por el lugar, hasta cubrir todo el piso a treinta centímetros de altura, incluso casi alcanzó las rodillas de los presentes. En su interior eran visibles luces centellantes similares a una tormenta eléctrica. Un repentino frío se apoderó del lugar, tan fuerte que generó emanaciones de vaho por la boca de las personas. La temperatura descendió con estrépito hasta hacer que todos se frotaran las manos para calentarlas.

Ante el asombro de la gente, aquel buitre negro que estuvo presente en la muerte de Ariel emergió del interior de la niebla y voló hasta el borde superior de la tabla, donde se posó. Desde allí giraba su cabeza de lado a lado observándolos.

Todos se pusieron de pie y aplaudieron con euforia a Arlex, mientras él sonreía triunfal. Esa era la misma sonrisa que tenía cuando asumió la presidencia de Caribea. Él era un ex militar que diez años atrás intentó derrocar al gobierno de derecha democráticamente electo de entonces. Fue puesto bajo arresto, e indultado años después por otro presidente de izquierda electo que simpatizaba con sus ideas. De no haber sido porque todos los gobiernos anteriores al suyo habían sometido al 70% de la población a la pobreza, no habría tenido oportunidad de ganar en las siguientes elecciones presidenciales. El pueblo lo consideró como un salvador, cuando él prometió, en sus propias palabras, castigar a “aquellos capitalistas que habían lanzado al país en el abismo sin fondo de la miseria”. En un acto de fe la ciudadanía le dio su voto en elecciones y lo llevó al poder.

                     *******

Estudiantes iban y venían por los pasillos concurridos de la Escuela de Ciencia Política en la Universidad Central; otro día de exámenes. Kristel salió por una de las muchas puertas que había a lo largo del pasillo y, un instante luego, Roberto salió de la misma puerta y caminó rápido tras ella para alcanzarla.

—¡Kristel! Ya me voy a la marcha.

La chica se detuvo y esperó a que le diera alcance. Luego caminaron juntos.

—Quisiera irme contigo, Roberto, pero ya sabes que ahora debo presentar ese examen, si no, repruebo la materia —se excusó—. Pero luego me uno a ustedes. Cuídate mucho, no deberías ir de primero en la marcha. ¿Qué hay de esos rumores de que Borjas prepara una emboscada contra los estudiantes en la marcha para apresarnos?

—A Arlex Borjas no debe dársele pausa ni tregua. Su decreto de recortar el presupuesto a la universidad rebasó el límite —respondió en tono fuerte—. El dinero que quitará a la universidad de seguro lo usará en proselitismo político. Es un disfraz de demócrata que combatiremos con el pueblo en la calle. Y debo ir en primera fila en la marcha y dar ejemplo como presidente del Centro de Estudiantes. Con respecto a esos rumores, son solo eso, rumores que seguramente el mismo Borjas se encargó de hacer correr para asustarnos, pero no se atreverá a apresarnos, ya lo verás.

—Lo sé, pero…—añadió para luego ser interrumpida por un anuncio de Roberto, que le hizo sobresaltar el corazón.

—Oye luego de la marcha te haré una pregunta —dijo sonriéndole y mirándola fijamente a los ojos.

—¿Ah sí? ¿Qué será? —Kristel sonrió con picardía mientras un revoleteo le invadía el pecho.

—Tendrás que esperar. —Roberto le mostró otra pícara sonrisa y le guiñó el ojo.

El muchacho continuó su camino mientras Kristel se quedó parada suspirando, viéndolo caminar hacia la salida hasta que se perdió en el mar de estudiantes. Por un momento estuvo a punto de mandar su examen por un caño para salir corriendo tras Roberto, pero se contuvo.

Roberto era un joven de 28 años, en el último año de la carrera de Ciencia Política. No pudo graduarse en la edad promedio en que lo hacía la mayoría de jóvenes, 22 años, como sí lo haría su grupo de amigos. Su padre, don Pepe, había enfermado cuando él estaba en el tercer año de la carrera. Se le detectó deficiencia renal y cayó en cama. Durante cinco años estuvo en lista de espera por un donante de riñón, y su estado físico había sido precario. Por ello no pudo trabajar y su esposa, la señora Francisca, madre de Roberto, tampoco, pues debía dedicarse a sus cuidados. Roberto tuvo que trabajar en la carnicería familiar para llevar el sustento a su casa y dejó la universidad, hasta que fue hallado un donante compatible para su padre. Regresó a la universidad cuando su progenitor sanó, aunque quedó sufriendo de arritmias cardíacas.

Roberto mostró vocación para la política desde niño. Reía cada vez que su madre le contaba cuál fue una de sus primeras palabras cuando comenzó a hablar; “poli”. La dijo una vez que su padre veía en la televisión el discurso de un político cualquiera, y don Pepe lo insultó con maldiciones, como si éste pudiera oírlo a través de la pantalla, pues odiaba a los políticos y los creía el germen de todos los males sociales. De pequeño siempre los niños lo seguían y jugaban lo que él decidía. Hasta en la universidad fue electo presidente del Centro de Estudiantes. Uno de sus mayores miedos era no ser un buen líder. Tenía la idea de que un líder debía hacer depender de sí la mayor cantidad de asuntos y personas para que las cosas que dirigía salieran bien. Debía tener control de todo, tener la respuesta a todo. Aunque eso lo agobiaba, también le daba satisfacción sentir que todo y todos dependían de él, que nada se hacía sin su opinión.

Mientras muchos estudiantes de la Escuela de Ciencia Política se preparaban para marchar, el profesor Peter seguía sometiendo a los alumnos de primer año a un examen oral. Iba caminando hasta cada pupitre con su planilla de calificaciones haciendo las preguntas. Alonso, de 18 años de edad, estaba sentado en la última fila. Veía impaciente su reloj, resoplando con fuerza con la esperanza que el profesor notara su urgencia de salir.

—Veamos quién será el siguiente en responder preguntas —dijo Peter arqueando sus cejas y viendo en su mano la hoja con la lista de nombres.

—Profesor, disculpe que lo interrumpa, pero ya su clase se pasó 5 minutos de la hora, y muchos de nosotros somos organizadores de la marcha y debemos salir…—. Alonso por fin lo dijo, pero de inmediato se arrepintió de haberlo hecho y enmudeció.

—Alumno Alonso Valladares, así me gusta, gente que me pida voluntariamente que lo interrogue —dijo el profesor con un tono de satisfacción y sarcasmo.

El profesor dio un paso bien largo y en seguida se encontró frente a Alonso, quien hizo una mueca como si su mano estuviese dentro de una olla de agua caliente.

—¿Según la Constitución Nacional, con cuántos votos de diputados de la Asamblea Nacional se elige y se destituye a los jueces de nuestra Corte Suprema de Justicia?

—Los votos requeridos son las dos terceras partes de los 167 diputados que componen la Asamblea Nacional, es decir con el voto de  111 diputados se eligen y se destituyen —respondió muy seguro de sí mismo.

—¿Con cuántos votos de diputados se elige y se destituye a los rectores del Consejo Electoral?

—También con 111 diputados.

—¿Proceso para la destitución del presidente de la República?

—A través del voto de la mayoría de los 15 jueces que componen la Corte Suprema de Justicia, ya sea por la comisión de un delito o porque una junta médica nombrada por la mayoría de los jueces dictamine que el presidente tiene alguna incapacidad mental…

—Dígame tres funciones del Consejo Electoral

—Convocar a elecciones, el conteo de los votos que obtienen los candidatos, y proclamación del ganador en elecciones…

—¿Con cuántos votos de diputados de la Asamblea Nacional se aprueba y deroga una ley?

—Con el voto de la mitad más uno de los 167 diputados, es decir el voto de 84 diputados —respondió resoplando con hastío y mirando al techo.

El profesor con una mueca de gozo hizo una anotación en la planilla, y luego con sus ojos entornados miró a Alonso.

—Tiene vocación y talento pero su arrogancia e indisciplina conspiran contra usted alumno. —El hombre vio su reloj—. Caray me pasé 8 minutos de la hora, eso pasa cuando uno disfruta lo que hace, ¿no cree usted, alumno Valladares? Que pasen buen día.

Alonso se levantó del pupitre, tomó sus libros y salió del salón junto a los otros estudiantes. Él era alumno del primer año de la carrera de Ciencia Política, pero su formación estaba muy avanzada. Le apasionaba la política y siempre leía del tema aunque no tuviera examen, por eso las clases de primer año le aburrían un poco y se lo pasaba con estudiantes de años superiores, como Nancy, Kristel, Roberto o Julián, éste último de segundo año, con quien se topó en el pasillo a la salida del salón. Era un muchacho moreno de 19 años, delgado y de cabello siempre engominado.

—Ese profesor me odia —le dijo Alonso a Julián, poniéndose su lápiz encima de su oreja.

—¿Y ahora qué pasó? —preguntó sonriendo, mientras ambos caminaban entre la multitud de estudiantes en los pasillos—. Vamos con Roberto y los demás.

Al llegar a la puerta de la fachada de la escuela de Ciencia Política, Roberto se detuvo en el umbral para contemplar con satisfacción la presencia de más de trescientas personas reunidas en la calle. Algunas llevaban en sus manos pancartas en las que se leían mensajes: “Arlex Borjas dictador, productor de inflación”; “Recortas presupuesto y robas los impuestos”; “El pueblo lo exige y tiene razón, basta de hambre, miseria e inflación”; “El socialismo no es democracia, solo fuente de miseria e ignorancia. Borjas renuncia”

Arlex había tomado la decisión de recortar el presupuesto universitario por algún motivo desconocido. En ese año fiscal en curso, las universidades recibirían un veinte por ciento menos de dinero de lo que había percibido el año anterior. Aunado a la creciente inflación, el monto a recibir era insuficiente para cubrir sus gastos. Los periodistas, mientras, creaban sus propias explicaciones: que habían problemas de finanzas públicas; el gobierno se robaba el dinero para dirigirlo a sus cuentas bancarias personales; y otros decían que era una forma de retaliación política, porque la mayoría de los candidatos a centros de estudiantes que fueron apoyados por Arlex perdieron en la universidades. En la escuela de Ciencia Política de la Universidad Central el candidato perdedor había sido Zadir.

Roberto se dirigió hacia un grupo de estudiantes que pintaba una pancarta, colocada sobre la acera cerca de la entrada. Se puso en cuclillas, tomó una lata de pintura en aerosol y comenzó a pintar una consigna sobre un cartón. Esperaba que alguien le elogiara el hecho de que, a pesar de ser presidente del centro de estudiantes, también era capaz de ensuciarse las manos y no se le habían subido los humos. Le gustaba dar el ejemplo, nunca pedirle a alguien que hiciera algo que él no fuera capaz de hacer, y, además, lograr reconocimiento social por ello.

—Están llegando otras personas de la sociedad civil, no solo estudiantes —dijo Camilo acercándosele con una pancarta en su mano que rezaba “Arlex Borjas, recorta tu sueldo”.

—¡Excelente! Todo el pueblo unido. —Roberto sonrió complacido.

—Tal vez hoy logremos que Borjas renuncie —dijo Alonso junto a ellos, con la cara manchada de pintura, y colocando sobre su oreja el lápiz que se le había caído.

—¡Camilo, ayúdanos, nos dejas todo el trabajo sucio! —exclamó Julián dándole los últimos toques a una pancarta—. Las consignas las ideó Roberto y gracias a él conseguimos estos materiales —Añadió—. Y además, está ayudando a pintar las pancartas, ¿tú qué hiciste, señor vicepresidente?

Roberto experimentó un regocijo cuando Julián destacó su trabajo, en forma de una brisa fresca en aquel caluroso día.

—Yo pinté ésta que tengo —respondió poniendo en alto su pancarta—. Además a Roberto le gusta hacer todo el trabajo, en el fondo le hago un favor.

—No se trata de quién hizo más o quién hizo menos. Dejen de pelear —pidió Roberto riendo. Para él no era ningún sacrificio el trabajo sucio, siempre que la gente lo admirara por ello, y en ese momento fue consciente de eso, como si una voz se lo susurrara al oído.

—Roberto, esta vez los rumores de que Borjas nos tiene una trampa vienen de una fuente confiable —continuó Camilo—. El primo de la esposa de un vecino mío, tiene una hija cuyo novio es policía, y bueno les contó que quieren neutralizar al movimiento estudiantil, apresar estudiantes, culparlos de varios delitos…No creo que sea seguro salir a marchar hoy. Los rumores están por todos lados.

Roberto arrugó la cara y lo miró con notable incredulidad.

—Descuida, esos chismes seguramente los hizo correr Borjas para meternos miedo, porque él es quién está asustado —respondió confiado y aún sonriente—. Lo tenemos en nuestras manos. Nunca se ha atrevido a hacer nada contra los estudiantes y no lo hará ahora. Así que sin miedo.

 La sonrisa de Roberto duró poco. Un lujoso auto negro de vidrios polarizados se detuvo junto a la acera, a unos pocos metros del presidente estudiantil. El vidrio de la ventana del copiloto bajó y él vio dentro a Tiberio. Roberto se levantó y caminó con gesto de enfado directo a él. El ministro se movió del puesto del conductor al del copiloto para quedar junto a la ventana frente a Roberto. Ambos se vieron mientras éste se acercaba y Tiberio le mostró una sonrisa cínica que molestó a Roberto, pues le daba un aire de soberbia. Era el ministro de Interior y Justicia en el gobierno de Arlex, el más joven funcionario en ese cargo que había tenido el país. Era alto y delgado, tenía los ojos marrones, su nariz perfilada, labios muy finos, pómulos pequeños, rostro alargado y mentón afilado, características que le aportaban elegancia natural.

Roberto tenía una fuerte expresión de molestia cuando llegó hasta él. Colocó su brazo sobre el techo del carro, se apoyó en éste e inclinó su torso para que su cara quedara cerca de la de Tiberio.

—Por fin te veo. Te llamé mil veces a tu celular y no respondías. ¿Temías hablar conmigo? Arlex Borjas quiere recortar el presupuesto universitario y evitar que la gente estudie y se prepare. Él sabe que a mayor educación el pueblo no puede ser engañado, ¿cierto?

Tiberio se sacudió una pelusa de su elegante traje con corbata impecable.

—Ustedes usan el dinero del presupuesto no para estudiar, sino para planear y ejecutar conspiraciones contra la revolución —respondió con un tranquilo tono de voz mirando al frente, mientras jugaba con los dedos de su mano derecha, pasando el pulgar sobre la punta de los demás dedos, para hacer sentir a Roberto poco digno de tomarse la molestia de verlo a los ojos al hablar.

—¡Estás ciego! Cuando éramos más jóvenes creías en la libertad y ahora torciste el camino —exclamó Roberto exaltado ante la indiferente actitud de Tiberio—. Éramos los mejores amigos Tiberio ¿qué pasó? Te vendiste por un sueldo millonario. ¿Por cuánto vendes tus valores y rascas la espalda a Borjas?

—¡Torcido estás tú y los que te siguen! —exclamó ofuscado, por fin viendo a Roberto a los ojos— ¡Yo era un inmaduro! Estoy en el camino correcto. La revolución de Arlex Borjas será eterna, el pueblo así lo quiere. No más dinero para la universidad terrorista.

Tiberio respiró profundo y su tono de voz volvió a sosegarse.

—Se puede luchar de otra forma por la democracia, matando a la bestia de la dictadura desde dentro, en vez de intentar destruirla desde fuera —susurró el joven ministro, mirando al frente de nuevo.

—¿Qué diablos hablas? —preguntó Roberto desconcertado, arrugando la cara.

—Olvídalo. Sólo no obstaculices la revolución porque podrías lamentarlo.

El vidrio de la ventana fue subido y separó las caras de Roberto y Tiberio. El auto arrancó al tiempo que Roberto, enojado, le dio una fuerte palmada al techo.

                     *******

Una muchedumbre animada marchaba por las calles, enarbolando banderas tricolores, sonando pitos y poniendo en alto sus pancartas. Al paso de la marcha, con cientos de estudiantes a la cabeza, se iban uniendo otras personas de la sociedad civil de todas las edades y género. Durante la caminata, la gente conversaba y concordaba en que había problemas en el país que no solo concernían a estudiantes, sino a toda la sociedad en general: alta inflación, bajos sueldos, algunas medicinas y alimentos comenzaban escasear. El aparato productivo del país estaba gravemente herido, tal como lo expuso el diputado Ariel Gómez en su momento ante la Asamblea Nacional.

Entre la multitud se hallaba el señor Pedro, un sesentón de ropas gastadas, llevando una pancarta en la que se leía: “Basta de inflación, el sueldo no alcanza”. Mientras caminaba iba conversando con una mujer de unos cuarenta años.

—Busqué un trabajo de vigilante de noche, porque mi sueldo de maestro en el día no alcanza para mantener a mi familia. Duermo apenas cuatro horas diarias y a mi familia casi ni la veo — dijo con pesar, y la mujer le notó unas marcadas ojeras violáceas.

Roberto iba de primero en la marcha, liderándola. Llevaba en alto una gran pancarta de tela por un extremo, que rezaba: No a la inflación; no a la reducción del presupuesto universitario; no al control de precios; no a la dictadura. El otro extremo del gran cartel extendido lo llevaba Julián.

Habían caminado durante una hora, y a su paso, más personas de la sociedad civil se les unían.  Roberto tenía la franela pegada a su torso por el sudor. Su cara, enrojecida por el sol, le ardía. Alternaba sus manos para cargar los soportes del cartel cuando los brazos se le entumecían. Camilo debería ir a su lado, pero no estaba allí. Cuando se percató de su ausencia se giró para buscarlo, y lo vio varias personas atrás, hablándole al oído a una chica.

Un vapor caliente e insoportable los envolvía a todos, pero a Roberto no le importaba, porque escuchaba su recompensa entre los comentarios de la gente detrás de él, que le subían el ánimo:

—¡Tú sí eres un líder de verdad, Roberto! —exclamó un compañero de clases—. No como el anterior presidente, que cuando convocaba a marchas él se desaparecía, luego aparecía hablando ante las cámaras de televisión, limpio y fresco como una lechuga.

—Roberto, ¿recuerdas a mi hermanito? —le preguntó Victoria—. Dijo que quiere ser como tú cuando sea grande.

—¿No has pensado en ser presidente de Caribea? —preguntó otro muchacho.

A Roberto se le hinchaba el ego como una burbuja estimulante en su pecho. Disfrutaba de aquellos elogios como ninguna otra cosa; pero aún no sabía cuál era la respuesta más idónea ante ellos. ¿Debía mostrarse humilde y decir solo: “gracias, solo cumplo con mi deber”, aunque sonara falsa modestia?  ¿O debía dejarse llevar por la vanidad y mostrarse como un ejemplo de líder a seguir, aunque se viera algo arrogante? ¿Debía decir con una sonrisa que todo iba a estar bien, aunque no fuera verdad? ¿Debía dirigir ciertas acciones, simulando saberlo todo, aunque no tuviera idea de cómo hacerlo? A veces usaba una combinación de todas esas opciones, y hasta ahora le había funcionado para que la gente lo siguiera admirando y enalteciendo, lo que le provocaba un efecto placentero similar a los fumadores y bebedores luego de la práctica de sus vicios.

Cuando ya a muchos les dolía la garganta, tras un rato de gritar consignas, y les ardían los pies sobre el pavimento caliente tuvieron que detenerse porque un cordón de policías les cortó el paso. Los oficiales estaban allí, parados, con sus escudos. Algunos portaban rifles que disparaban bombas lacrimógenas, otros llevaban escopetas de perdigones y un tercer grupo iba armado con garrotes de madera. Eran por lo menos doscientos policías armados para reprimir.

Roberto tomó el altavoz que le llevaba un compañero, y a través del aparato le pidió a la policía que les abriera el paso, pues estaban en su derecho de manifestar de forma pacífica. Los oficiales de seguridad no se movieron. Parecían estatuas de cera, pero amenazantes como serpientes venenosas.

—¡Lame suelas! —les gritó Camilo, muy exaltado, aunque su intención también era impresionar a la chica que lo acompañaba, transmitirle una imagen de valentía—. ¡Dejen de ser los lame suelas de Borjas y déjennos pasar! ¡A ustedes también les afecta esta crisis económica! ¡Lame suelas!

Roberto le pidió a Camilo callar. No era conveniente insultar a la policía porque podría provocar una respuesta violenta. No valía la pena.

El líder estudiantil, con megáfono en mano, instó a los presentes a cantar el himno nacional, en un intento para conmover a la policía y suavizar su actitud apelando al patriotismo.

Mientras Roberto cantaba, un sentimiento de culpa lo invadió porque era consciente que a veces su lucha por la democracia era motivada más por su ego, para recibir las alabanzas de la gente, que para hacer valer los principios de libertad, igualdad y justicia contemplados en las letras del himno nacional.

El canto de cierta estrofa tuvo en él un efecto estremecedor, aunque otras muchas veces la había entonado sin mayor emoción: “para ganar la libertad el pueblo lucha con valor; por tus padres, por tus hijos, tu hermanos y el honor”.

Entonces, los ojos se le llenaron de lágrimas y trató de contenerlas, pero al final éstas se desbordaron y se fueron a mezclar con el sudor que también bajaba por su cara. Fue como si alguien lo sacudiera por los hombros y miles de hormigas corrieran por su nuca y su cabeza. El rostro cándido de su madre vino a su mente cuando se giró a su derecha y vio junto a él a una mujer mayor con sus ojos entrecerrados y acuosos.

Continuó cantando mucho más fuerte, y pidió a la gente caminar hacia el cordón policial, con las manos arribas y sin parar de cantar.

Allí estaba Víctor, quien dio una orden que rompió el escenario patriótico. Los miembros de la policía apuntaron los rifles de gases lacrimógenas contra la pared de manifestantes, y dispararon hacia ellos, a uno diez metros de distancia.

Esto sorprendió tanto a la gente que sabía que las leyes contemplaban solo disparos  al aire, pues los cartuchos de gas lacrimógeno no debían ser usados como proyectiles. Pero la ley fue pisoteada, y los casquillos ahora impactaban contra los cuerpos de las personas, y dejaban estelas de humo en el ambiente.

Las detonaciones de las armas de gas lacrimógeno resonaban por todos lados, y les siguió el ruido de los rifles de perdigones al ser disparados. Otro grupo de oficiales se fue, garrotes en mano, contra los manifestantes. Las personas, que solo portaban carteles en sus manos, vieron las macanas que se aproximaban a sus ojos, y luego todo se oscurecía.

El escenario era un caos de calor, sangre, gritos, lágrimas, golpes y gente corriendo por todos lados que tropezaba con personas que se ahogaban sobre el pavimento por efecto de los gases, y otras que yacían inconscientes con golpes en sus cabezas.

A Roberto se le fue un oficial corpulento encima. Primero, durante una milésima de segundo, le vio sus ojos de pupilas muy contraídas y mirada lejana, luego, observó la macana de madera que se aproximaba a su vista. Una sensación de intenso calor se originó en su frente y se difundió por toda la cabeza, y un líquido viscoso empezó a caer como cascada por ambos lados de su nariz.

 Otros golpes fueron asestados en su espalda y uno más en su ceja izquierda. De pronto, la visión se le distorsionó. Las cosas a su alrededor aumentaban de tamaño y luego se empequeñecían, y, parecía que todo lo veía a través del cristal de una ventana durante una fuerte lluvia. Después de recibir otro macanazo en su oreja izquierda, todo el sonido del ambiente se apagó detrás de un largo y agudo pitido sostenido. Se tapó los oídos. Luego se dobló por un garrotazo en su abdomen que lo dejó sin aire, y ya sin fuerzas fue halado por dos policías que lo arrastraban por ambos brazos.

                     *******

Momentos después, Kristel y Nancy salieron del salón donde habían presentado un examen y caminaron apresuradas por el pasillo, esquivando multitudes de estudiantes.

—Creo que aprobé, vamos a la marcha ya —dijo Kristel, con el rostro de Roberto en su mente.

—Pero antes al cafetín, muero de sed —sugirió Nancy. La chica estaba segura de haber aprobado el examen; pero, ya no tendría al profesor Ariel para felicitarla, y por ello no podía alegrarse del todo por aquel logro, como antes lo hacía. Unas palabras de felicitaciones con la suave y ronca voz del profesor y su gran sonrisa siempre habían sido su mejor premio y estímulo. Mientras caminaba cabizbaja junto a su amiga, sacudió su mente y reflexionó sobre una frase que le había escucho decir alguna vez a Ariel: “las motivaciones y alegrías propias no pueden venir de afuera, sino dentro de nosotros mismos, por triunfar en lo que más nos gusta hacer”. Entonces, un halo de optimismo la invadió, como si fuera una brisa fresca con olor a lavanda que se colaba por la ventana. Sonrió y siguió su marcha con la frente en alto.

Kristel y Nancy llegaron al cafetín. Era un lugar bastante agradable y acogedor con una treintena de mesas; un sitio donde los jóvenes siempre se reunían al salir de las clases a comentar lo acontecido en su día. Siempre sonaba de fondo la música de moda, mientras los estudiantes tomaban su café y alguna merienda de media tarde o media mañana, pero en aquel momento no había ninguna música. La mayoría se había ido a la marcha, por lo que en el lugar había pocos estudiantes, seguramente por quedarse presentando algún examen, y se hallaban reunidos alrededor de un gran televisor encendido, situado en un extremo del cafetín. Las dos amigas no podían verlo porque los jóvenes de pie agolpados en torno al televisor tapaban la visión. Tampoco podían oírlo pues los comentarios a viva voz de todos creaban un ruido ininteligible que lo impedía.

Nancy y Kristel se acercaron abriéndose paso con cuidado entre los muchachos. Vieron a través del televisor una transmisión en vivo del canal Focovisión, con imágenes desde el lugar de la marcha de la protesta estudiantil. Era evidente la exaltación del camarógrafo por las imágenes temblorosas al no poder mantener la cámara fija.

El escenario de la marcha era infernal; un grupo de policías arremetían violentamente contra los estudiantes y demás personas de la sociedad civil. Muchos eran golpeados con las macanas policiales, y les eran colocadas par de esposas en sus muñecas para luego ser halados hasta patrullas donde eran depositados. Detonaciones de rifles de perdigones y bombas lacrimógenas eran oídas por doquier. Eran una constante los gritos y el humo de gas lacrimógeno opacando el ambiente. Zulay Lares, con el caótico escenario de fondo, reportaba desde el lugar.

—Vemos la violenta acción de la Policía Nacional, contra la pacífica protesta primero estudiantil y a la que luego se sumaron muchas personas de la sociedad civil, contra la medida del gobierno de reducir el presupuesto universitario y, entre otros, la alta inflación del país. Hay detenidos y heridos por perdigones —informó con voz agitada y ojos acuosos, viendo hacia atrás de reojo cuando los perdigones eran detonados.

Kristel entornó sus ojos y aguzó su vista para intentar detectar a Roberto en el caos, si la cámara lo enfocaba. Tenía el corazón en vilo y su aliento sostenido.

—Ahí está Camilo. Dios protégelos —dijo Nancy señalando al televisor.

En la televisión vieron a Camilo a lo lejos entre el desorden. El muchacho era golpeado en su espalda por dos policías con sus macanas y lo llevaron esposado, mientras oponía resistencia sacudiéndose y tirándose al suelo.

Cientos de personas en las calles corrían de un lugar a otro, huyendo de las bombas lacrimógenas y de los perdigones. Sus caras ardían por efectos de los gases, al igual que sus fosas nasales y tracto respiratorio al inhalarlos. Los ojos acuosos entorpecían la visión, y sus lágrimas, cayendo por sus mejillas, se mezclaban con el sudor en sus caras. Los policías sin piedad golpeaban a muchas personas con sus garrotes. El sonido de estos sobre sus espaldas se asemejaba al golpe sobre sacos de arena. Era un campo de batalla con el ruido de gritos, disparos de perdigones y bombas lacrimógenas atormentando los tímpanos, y que caían por todos lados. Los gases lacrimógenos lo cubrían todo, como una cortina de niebla cubriendo a San Petersburgo en la madrugada.

Mucha gente asfixiándose yacía tirada en el suelo, tosiendo, con grandes dificultades para respirar. Un joven universitario, mientras corría, recibió un impacto de perdigón en su espalda, al tiempo que otro joven recibía un perdigonazo en su mejilla derecha. Entre el revuelo, Roberto, Franco y Roger eran llevados esposados entre varios oficiales, mientras los golpeaban al azar con sus puños por todas las partes de sus cuerpos. Jean Paul se les unió cuando fue llevado arrastrado por otro policía. Tenía la boca rota y percibía el sabor a cobre de su cálida sangre sobre sus labios, al entrar en contacto con su lengua. Todos fueron metidos en una patrulla policial con Camilo.

La protesta de calle había sido dispersada en pocos minutos, y las banderas nacionales, tiradas en el pavimento, eran pisoteadas por los últimos jóvenes y policías que corrían en las calles. El señor Pedro estaba tumbado en el suelo, desangrándose con una herida de bala en la cabeza, de cuyo orificio la sangre emanaba y corría sobre el pavimento, como si alguien hubiese agujereado una lata llena de pintura roja.

La policía fue tras la caza de los últimos estudiantes universitarios que huían corriendo por las calles. Víctor conducía su motocicleta acompañado de otro oficial, y les estaban dando alcance a Julián y Alonso quienes ya sentían su aliento y respiración arder. Detrás de la moto, una patrulla de policía con la sirena sonando venía a gran velocidad para completar el equipo cazador.

—No quiero que me atrapen —jadeó Alonso.

—No hables o te cansarás más. —Julián se puso la mano en su abdomen al sentir una puntada mientras corría.

Entraron a una restaurant de lujo en una urbanización de clase alta cercana al lugar donde la marcha estudiantil fue emboscada, y Víctor los vio. Una vez dentro, fueron el centro de atención cuando su imagen sucia contrastó con la ostentación del sitio. La mirada de los clientes y mesoneros estaban puestas sobre ellos. Los jóvenes aún portaban en sus manos unas pancartas rotas en la que se leía un mensaje pidiendo la renuncia de Arlex. El sonido de la sirena de la patrulla era cada vez más fuerte, anunciante de la proximidad de sus verdugos.

—Por favor ayúdennos, nos persiguen —rogó Alonso respirando agitado.

Capítulo 2. La llegada del monje

Más de cuarenta jóvenes de entre veinte y treinta años de edad bailaban desaforados música rock en la pequeña sala de una modesta casa, cuyo espacio lucía insuficiente para tanta gente. Camilo, eufórico y ebrio, bailaba con una chica, la cual le quitaba las inquietas manos de sus glúteos de vez en vez. Había un cartel colgando en una pared en la que se leía la frase: “Feliz Cumpleaños Camilo”. El olor a alcohol y humo de cigarrillo era intenso, y densa la fumarada que lo provocaba.

Kristel y Nancy se mantenían en un rincón conversando, cada una con un par de tragos en sus manos. A pesar del ambiente festivo, se sentían apesadumbradas; presentes físicamente en la fiesta, pero ausentes en mente y corazón. Ellas en realidad no estaban allí para hundirse en el abismo de la celebración descontrolada, sino por dos motivos especiales que tenían nombres de hombre.

—Nancy, extraño tanto a mi familia. En los cumpleaños siempre estábamos todos juntos. Qué triste para uno, irse a estudiar a otra ciudad lejos de la familia, por buscar mejores oportunidades. Tenemos ya años en esta ciudad y aún no me acostumbro… —comentó Kristel torciendo su boca, mientras el recuerdo de su familia le estrujaba el corazón y la hacía suspirar.

—También extraño a mi familia, Kristel, pero ánimo. Esto nos forma carácter y en un futuro nos será útil. ¿Acaso no vamos a ser presidenta y vicepresidenta de Caribea algún día?  Disfrutemos la fiesta. Espero el profesor Ariel venga. ¿Cómo le habrá ido en la Asamblea Nacional esta tarde?

—Presidenta y vicepresidenta. ¿Te imaginas? —preguntó Kristel sonriendo con sus ojos entornados, viéndose por un momento con la banda presidencial colgada de su hombro—. No solo te gusta el profesor Ariel, te mueres por él, ¿cierto? Pero él es muy recto para involucrarse con una alumna —bromeó guiñándole el ojo.

—Bueno siento que… él me causa ilusión. Y tú te mueres por Roberto —respondió Nancy con un leve rubor en sus mejillas y un brillo especial en sus ojos.

Siempre que Kristel oía el nombre de Roberto sentía un efecto estremecedor, similar al que Nancy experimentaba cuando le mencionaban el nombre de Ariel.

Todos escucharon el timbre de la puerta y éste generó un sobresalto en Nancy, cuyo gesto de alegría delataba sus sentimientos.

—Kristel, espero sea el profesor —dijo emocionada apretando el brazo de su amiga, y un revoloteo que empezó en su corazón se le esparció por todo el cuerpo.

Desde el rincón, Kristel y Nancy vieron a Victoria, la chica con la que Camilo bailaba, abrir la puerta. Por ella entró Roberto Carrizales un joven moreno, delgado, alto y de gesto muy serio, vistiendo casual. Saludó con un beso en la mejilla a Victoria y luego caminó hasta Camilo, abriéndose paso entre la muchedumbre. Ambos se abrazaron con palmadas y estrecharon sus manos. Roberto se percató que era observado desde la distancia por Kristel y Nancy, y caminó hacia ellas.

—Hola chicas. Nancy, ¿feliz? Supe que el profesor Ariel viene —dijo saludándolas a ambas con beso en la mejilla y guiñándole el ojo a Nancy de forma jocosa.

—¡Oh por Dios! ¿Acaso ya toda la universidad lo sabe? —respondió la chica ruborizada con una leve sonrisa de vergüenza, iniciando la risa de todos, incluso de ella misma.

 Franco se les acercó con un vaso en una mano y un libro en otro. Era un joven delgado de veintidós años.

—“El conocimiento absoluto” —leyó Roberto el título del libro de Franco, con una mueca de desconcierto —. Vaya título, Franco. ¿Qué haces con eso en una fiesta?

—Bueno ya sabes que…soy un ambicioso intelectual —respondió blandiendo al libro como una espada.

—Roberto, el profesor Ariel preguntó por ti hoy luego de la clase. Te ves tan cansado. ¿Es tan duro ser presidente del Centro de Estudiantes cómo parece? —preguntó Kristel luego de tomar un sorbo de su trago, sin dejar de mirar a Roberto a los ojos. Allí, la chica tuvo unos deseos secretos de acariciar el cabello despeinado del muchacho para reconfortarlo.

—Sí. Estoy agotado —respondió resoplando—. Vine por cumplir. Solo esta tarde estuve en tres reuniones…

—Pero Camilo es el vicepresidente, debes delegar funciones en él. No todos los asuntos pueden depender de ti, ni todas las personas —replicó Kristel.

Camilo irrumpió en la conversación tropezando a Franco y haciendo que éste derramara un poco su bebida. El cumpleañero lucía agitado, sudoroso y bastante ebrio.

—¡Menos hablar y más bailar! —exclamó jadeando, con la lengua muy engolada, para luego llevarse de un brazo a Nancy.

Roberto, Franco y Kristel rieron de aquel espectáculo y siguieron hablando.

—Supongo que ya me acostumbré a sentir que muchas cosas dependen de mí—continuó Roberto—. Me genera cierta adrenalina, me siento lleno.

—¿Te sientes importante así? —preguntó Franco, inquisitivo.

—Algo así —respondió.

—¿Saben? Ya tengo tema para mi tesis de grado. Es maravilloso que ya estemos en período de tesis —suspiró Kristel.

—Qué bien, yo aún no sé de qué hacer la mía. ¿Qué tema tocarás? —preguntó Roberto, extendiendo su brazo para tomar un vaso con bebida de una mesa cercana.

Nancy logró zafarse de las manos de Camilo y regresó a la conversación del grupo.

—El título será… “Arlex Borjas, ¿Cesarista democrático?” —respondió la chica emocionada—. ¿Recuerdan el concepto? Se refería a los gobernantes que llegan al poder por una elección democrática, y luego en el poder gobiernan de forma dictatorial. Ahí también hablaré del beneficio de que una mujer sea presidenta del país. Lo dije y cumpliré, ¡yo seré presidenta!

—Y yo, tu vicepresidenta, recuérdalo. Este país necesita un gobierno de mujeres —añadió Nancy con un tono rimbombante.

El smartphone de Franco sonó indicando la recepción de un mensaje, y el joven revisó su teléfono móvil retirando su atención de la conversación.

Mientras hablaban, un muchacho que vestía una franela con un escrito estampado que rezaba “Arlex Borjas Presidente” emergió del mismo mar de cuerpos danzadores y se les acercó, luego de haber estado oyendo lo que decía Kristel. Era Zadir, un alto y delgado muchacho, trigueño, de cejas muy pobladas que le daban un gesto permanente de enojo.

—¿Arlex Borjas un Cesarista? —preguntó Zadir, con un tono de evidente molestia, sorprendiéndolos—. Soy dirigente juvenil del gobierno, trabajo en el ministerio de la Juventud, hablo con propiedad. ¿Qué importa que sea un poco autoritario, si la revolución de su gobierno da de comer a los pobres? Antes que llegara Borjas a la presidencia, esa libertad que ustedes defienden la aprovechaban sólo los empresarios oligarcas. En el pasado, cuando los oligarcas gobernaron, tenían libertad, pero para explotar a los pobres. Ahora sí hay igualdad social.

—Zadir, por tu forma de hablar, siento que quienes siguen a Borjas tienen miedo a la libertad, y ganas de que “papá gobierno” siempre les diga qué hacer —espetó Roberto frunciendo el ceño y cruzando los brazos, parado desafiante frente a Zadir.

—El socialismo funciona porque orienta a la gente, la guía a la felicidad, si no fuera así, en países socialistas como Noruega no serían tan ricos, con índices de desarrollo humano tan altos. Los datos así lo demuestran…

Jean Paul era un joven rubio, de tez pálida, que había estado oyendo la discusión entre Zadir y Roberto a través de la estridente música. Se acercó al grupo en pugna sin ser detectado, y se unió a la conversación sin saludar e interrumpiendo a Zadir.

—Zadir, lo único que Noruega tiene de socialista es su alto gasto público en inversión social, y altos impuestos para pagar esa inversión social —dijo—. Pero no tiene control de precios. Allí los empresarios venden sus productos al precio que demande la gente. ¿Hablas de datos? Según el ranking de Índice Internacional de Derechos de Propiedad, Noruega tiene una alta calificación de 8,2 sobre 10, porque su gobierno respeta la propiedad privada, no expropia por capricho. Caribea tiene apenas una calificación de 4 sobre 10, lo que significa que aquí el gobierno roba la propiedad a la gente; la inflación en Noruega en el último año ha sido de solo 1,96% y en Caribea más de 90%…

—Te estás yendo por la tangente, aquí hay oligarcas que ponen al gobierno contra la pared y Borjas debe tomar medidas drásticas…—respondió levantando la voz.

—Calma, Zadir, no hay necesidad de exaltarse —dijo Kristel en un tono conciliador y amistoso, poniendo su mano en la espalda de Zadir.

—Cuando aprendan a ser imparciales en sus análisis, hablaremos. —Zadir se dio la vuelta y se retiró. Al hacerlo, todos vieron un papel pegado en su espalda que tenía una caricatura dibujada a mano, compuesta de dos imágenes: en una, varias personas vestidas con harapos y de semblante triste estaban encadenadas en sus manos y conectados con la misma cadena mano a mano. Arlex, usando una corona roja en su cabeza, las tiraba de la cadena, y cada persona llevaba en sus manos un pescado en una cesta. En el otro dibujo, un niño sonriente tenía un pez colgado de una caña de pescar frente a un lago. Las caricaturas estaban tituladas con una frase que rezaba: “Socialismo Vs. Libertad ¿cuál prefieres? Soy socialista, patéame”.

Todos aguantaron la risa hasta que Zadir se alejó, luego de lo cual se destornillaron a carcajadas. Franco era el único que no sonreía, al contrario, tenía su mirada de gesto preocupado aún clavada en su smartphone.

—Tenía preparada esa caricatura por si lo veía aquí. Es un pesado. ¿Por qué Camilo lo invitó? —dijo Kristel.

—Lo pusiste en su lugar, Jean Paul, sí que eres bueno con datos estadísticos —añadió Nancy teniendo que bajar su mirada para ver al muchacho a los ojos, dada su corta estatura.

—Gracias —respondió Jean Paul sonriendo y rascándose su nariz aguileña.

Franco interrumpió la conversación.

—Estoy viendo las noticias, sucedió una desgracia en la Asamblea Nacional —dijo pasando su mirada conmovida en los ojos de todos y sosteniendo el aliento, con su smartphone en su temblorosa mano.

                     *******

Las altas lápidas se asomaban entre la grama verde y podada en el cementerio municipal. El sol de mediodía era inclemente. Mucha gente vestida de negro rodeaba un féretro de caoba cubierto de varias coronas fúnebres, y a su lado, una fosa recién cavada lo aguardaba. Había en el ambiente un intenso olor a grama mojada que muchas personas podrían considerar como la única sensación agradable de aquel lugar; sin embargo, pasaba desapercibida para los dolientes más cercanos del fallecido de turno.

El cardenal Humberto Vázquez terminaba de proferir algunas palabras de consuelo. Su discurso de condolencias, su vestimenta litúrgica y su hablar pausado contrastaban con su aspecto recio y contextura corpulenta. Lucía muy conservado para tener casi setenta años.

—…Y que el señor acoja en su seno a nuestro hermano, hijo y amigo Ariel Gómez. Quien fuera un hombre de bien, digno, preocupado por el bienestar del país. Descansa en paz hijo mío —dijo con su voz casi apagada.

El sonido de gimoteos femeninos era constante y se incrementaron al momento que el ataúd fue bajado a la fosa. Roberto, Camilo, Franco, Kristel, Zadir y Nancy se hallaban entre los presentes, al igual que Zulay y Ricardo.

También había acudido el Alcalde Leonardo Pérez, un jovial y esbelto político de perfectos dientes blancos y cabello engominado, que hacía suspirar a muchas mujeres. Él era el alcalde del municipio Tiuna, la localidad más rica del país, con una capacidad asombrosa de recaudación de impuestos municipales, debido a que en su territorio se ubicaban las principales empresas e industrias de Caribea.

Zadir estaba acompañado de su abuela, la señora Ana. Ella se había ocupado de él y de su pequeña hermanita desde hacía diez años, cuando los padres de ambos muchachos murieron en un accidente de tránsito. Desde entonces, él y la niña se referían a ella como “mamá”, lo cual alegraba el corazón de la señora, y la mujer los llamaba “hijos”. Ella era una regordeta mujer canosa de setenta años de edad, vestida con ropas confeccionadas por ella misma, a juzgar por la unión de retazos que conformaban su blusa. Mantenía sus manos en posición de plegaria, mirando con tristeza y candidez hacia la fosa.

—Mamá, vámonos ya. Vine porque el profesor Ariel era buena persona pese a ser opositor a Borjas, más no puedo decir lo mismo de su círculo social. Ahí está el oligarca Leonardo Pérez. Me asquea su sola presencia —refunfuñó Zadir, observando a Leonardo hablando con Ricardo entre la multitud.

—¿Qué? Pero él me parece buen alcalde hijo. Oí que es el alcalde más joven del país y que tiene buenos estudios universitarios… 

—Tiene suerte —replicó Zadir con desprecio, mientras tomaba a su madre del hombro para inducirla a caminar—. Es alcalde del municipio Tiuna; el más rico del país, con grandes ingresos fiscales por cobro de tributos. En su territorio hay grandes empresas para cobrar impuestos. Otros municipios del país no son así, son casi todos pobres. Él no necesita que el gobierno de Borjas le transfiera dinero según la ley, como a los otros municipios. Es prácticamente autofinanciable para gerenciar. Así cualquiera es buen alcalde, mamá —le explicó mientras caminaban.

Los presentes dieron el pésame al señor Paulo y a la señora Josefa, los padres de Ariel. Ambos transmitían la dulzura propia de personas de tercera edad cuando se dice que vuelven a ser niños. Allí estaba aquel par de canosos padres, a quien nunca se hubiese querido ver derramar lágrimas de amargura. Ninguna palabra les daba consuelo. Nada podría unir de nuevo sus almas rotas en pedazos, comentaban algunos.

—No fue un infarto —gimoteaba incrédulo el señor Paulo a las personas —. Mi hijo le temía tanto a la muerte, que siempre se estaba chequeando con los médicos. Estaba totalmente saludable.

La periodista Zulay se acercó a Ricardo en solitario, mientras éste se resguardaba del sol bajo un árbol de almendras, detrás de unas altas lápidas.

—Diputado, disculpe, ¿puedo hablarle? —preguntó con suma educación.

Ricardo respiró profundo con gesto de tedio al verla. A él le causaban escozor los periodistas a quienes consideraba vampiros que chupaban información, para luego convertirla en un producto amarillista.

—Descuide. No lo entrevistaré por lo que pasó con el diputado Ariel. No ahora. Debo mostrarle algo —señaló con un tono excesivamente respetuoso y considerado, al sentir la mala actitud de Ricardo. Seguidamente sacó de su bolso un smartphone.

—Gracias por la consideración. ¿Qué es? —preguntó bajando la guardia.

Zulay le mostró la pantalla de su smartphone e inició la reproducción de un video en él, en alta velocidad. La imagen lucía borrosa y muy pixelada.

—Le muestro esto, porque usted era muy amigo de él. Esta es la sesión de la Asamblea Nacional donde murió el diputado Ariel. ¿Nota algo extraño?

El video mostraba con rapidez a Ariel dando el discurso donde presentaba la propuesta para derogar la Ley de Expropiación; luego lo mostraba sentado; después, retorciéndose de dolor, agonizando en el piso. En todo momento, una mancha negra borrosa de dos metros de alto cubría a Ariel, siguiéndolo a todos los sitios por donde se movía.

—Esa mancha. No es un defecto de imagen; se mueve sólo sobre Ariel —señaló Ricardo entornando los ojos y acariciando su barbilla.

—Así es. Ese día curiosamente la electricidad falló, incluso las baterías de todas las cámaras de los periodistas quedaron descargadas de pronto. Solo las cámaras de nuestros smartphone lograron grabar con muy mala imagen como ve. Era como algo interfiriendo con toda señal eléctrica. Los forenses del gobierno hablan de un infarto, pero otros médicos que consulté dicen que esa versión es ridícula. Nunca supe de un infarto así. ¿Me concedería una entrevista para la televisión próximamente sobre este caso, junto con Leonardo Pérez?

—Está bien —respondió, luego de pensarlo unos segundos mientras volvía  a ver el video.

La gente, cabizbaja y a paso lento, inició su retirada del cementerio. Roberto, Kristel, Franco, Camilo y Nancy caminaron juntos detrás de la multitud. El viento frío sopló, parecía un atardecer y no la mitad del día. Algunas hojas secas cayeron de los árboles sobre ellos y fueron barridas por la brisa. Su marchitez hacía juego con lo que el cementerio significaba, pero a la vez contrastaba con el verdor de la grama. En su caminar se les unió Roger, otro de sus compañeros de clase, muy alto y robusto, notablemente acongojado al igual que ellos.

—No me creo nada lo del infarto. ¿Quién ha visto un infarto así? —se preguntó Roberto pateando una piedra de su camino.

—Nunca había muerto un amigo mío. Se siente raro. Como…un vacío frío aquí —dijo Camilo con un afligido tono de voz, tocándose un costado y sin despegar la mirada del suelo—. Planeas ir a una fiesta, de pronto mueres y no cumples con ese plan. ¿Así de simple es la muerte? Nunca había pensado tanto en ella.

—Dios lo tenga en la gloria de su reino. Camilo, solo Dios conoce el sentido de la muerte —dijo Roger—. Empezamos a morir desde que nacemos, pero si nos preocupamos en morir, no viviremos.

Ricardo los sorprendió llegándoles por detrás y se unió en su caminar con ellos. Colocó su mano sobre el hombro de Camilo, de quien había escuchado sus lamentos. Todos se encontraban bastante abatidos.

—A todos nos afectó su partida. Él iba a ser el padrino de mi hijo y ya no podrá ser. Y sí, así de simple es la muerte  —sentenció con su voz ahogada—. Aprovechemos cada segundo de nuestras vidas para dejar huella en el mundo, y digamos a nuestros seres queridos lo mucho que los amamos, cuantas veces sea posible.

—Ahora me doy cuenta, que sentía por él algo más que una simple ilusión —susurró Nancy caminando con su cabeza sobre el hombro de Kristel, y ésta con un brazo alrededor de su amiga. No era solo una ilusión pasajera, eso ya lo tenía claro; pero, ¿era amor, o un simple enamoramiento? De todas formas, ya a la chica le daba igual; ya el motivo para descubrirlo no existía y solo había un vacío en el que parecía hundirse cada vez que pisaba al caminar. ¿Cómo sería cuando regresara a clases y viera a otro profesor dando la materia? Ariel era el último pensamiento en la noche al poner su cabeza en la almohada, por el que se dormía con una sonrisa, y el motivo por el que despertaba muy temprano para llegar puntual a clases, pese a su reconocido defecto de llegar tarde a todos lados. Darse cuenta que nunca podría darle a Ariel el abrazo que tanto quería, y que tantas veces imaginó, la hizo empezar a llorar descontrolada en sollozos—. Ya nunca voy a saber si él podría haber sentido algo por mí.

Kristel se detuvo y abrazó por completo a Nancy, quien siguió su llanto en silencio tapándose la cara con sus manos. El resto del grupo las rodeó y se unieron en un abrazo grupal; incluso Ricardo, quien hacía tiempo los había conocido a ellos a través de Ariel, y desde entonces, para él no habían sido más que un grupo de estudiantes con quienes solo tenía un amigo en común. No obstante, aquel dolor que compartían hizo que el diputado los comenzara a ver de un modo diferente.

*******

Esa noche, Esteban Sucre conducía su auto por una avenida poco transitada. Llevaba el cabello engominado y vestía completamente de negro. El joven, que no pasaba de unos treinta y cinco años de edad, cargaba un pesado aspecto de cansancio y tristeza. Se detuvo ante el semáforo con la luz roja. Mientras aguardaba el cambio de luz, tomó de la guantera una tarjeta de recordatorio del funeral de Ariel y la miró con melancolía.

—Ariel, amigo —resopló.

El hombre arrancó el auto cuando el semáforo cambió su luz a verde. Haber estado conduciendo distraído le hizo parecer que una moto con dos policías a bordo salió de la nada, cuando ésta se le atravesó en su camino y le cortó el paso. El conductor de la motocicleta la estacionó frente a él, y Esteban se vio obligado a detenerse de golpe a un costado de la avenida, mientras uno que otro automóvil pasaba por su lado.

Esteban los vio desde el auto; vestían el uniforme propio de oficiales de la Policía Nacional, incluyendo sus cascos. El robusto policía sentado en el puesto del pasajero bajó de la moto y caminó hasta su carro. Justo al detenerse frente a la ventana del auto se quitó el casco y Víctor mostró un gesto nada amigable. Esteban bajó el vidrio de la ventana y vio la placa de Policía Nacional sobre el pecho del oficial.

—Buenas noches. ¿Sucede algo? Soy Esteban Sucre, diputado de la Asamblea Nacional. —Esteban mantuvo las manos en el volante, como sabía que debía procederse en caso que fuera abordado por un policía. Lo menos indicado era revisarse los bolsillos o la guantera.

—Lo sé. Es el diputado suplente de Ariel, y ahora que él murió usted ocupará su lugar ¿sí? —dijo Víctor sorprendiendo a Esteban al demostrar que lo conocía demasiado bien para su gusto.

Una hora más tarde, Esteban trataba de enfocar su visión borrosa hacia un muro frente a él. Se encontraba aturdido, despertando de un desmayo, atado a una silla. Le costó algunos segundos ser consciente de su situación. Miró a todos lados. Se hallaba en un oscuro lugar con muros y techo de ladrillos agrietados, acompañado de un desagradable y penetrante olor a humedad. No se oía nada más que gotas de agua cayendo en intervalos de tiempo sobre algún charco cercano. El frío mantenía sus dientes castañeando, y su piel adolorida era magullada por las cuerdas que le apretaban sus brazos y tobillos.

Como el flash de una cámara tomando una foto, una imagen vino a su memoria seguida de una puntada en su sien: mientras estaba en su auto, Víctor le había puesto un pañuelo sobre la cara, y lo hizo con tanta rapidez que no le dio tiempo para defenderse. Aún podía percibir ese olor etílico penetrante, y en sus labios, un sabor cítrico y dulce.

De regreso en su lugar de cautiverio, Esteban experimentó un latigazo en sus dilatados ojos cuando las luces se encendieron y tuvo que cerrarlos por instinto. Los abrió poco a poco para adaptarlos a la luz, hasta entrever por sus pestañas la tabla con la imagen de Rasputín recostada a una pared, a diez metros de él. Junto a la tabla observó a un hombre de pie, de baja estatura y rechoncho.

—Raymundo Chirinos, el psiquiatra de Arlex Borjas —balbuceó Esteban, con una mala pronunciación debida a un extraño hormigueo y pesadez en su lengua—. Me doparon…

Esteban forcejeó en vano con sus brazos y piernas tratando de zafarse, pero estaba sumamente débil. Las cuerdas eran bastante gruesas y habían sido ajustadas tan fuertes que sentía su flujo sanguíneo colapsado en sus extremidades.

—Hoy dejas de ser un obstáculo a la revolución, para ser parte de ella. —El psiquiatra mostró una sonrisa sardónica que le hacía entrecerrar los ojos, y su chillona voz resultó en extremo desagradable para Esteban, comparable a largas uñas rasguñando un pizarrón.

 Se frotó las manos mientras caminaba a paso lento hacia Esteban, contemplándolo como a un delicioso bocado a ser devorado con hambre feroz.

Raymundo empujó la silla con Esteban en ella, jadeando por el esfuerzo que revelaba su debilidad física. El sonido chirriante de las patas arrastradas sobre el piso de cemento aumentó la intensidad del dolor de cabeza que sufría el diputado. Raymundo colocó la silla justo frente a la tabla de Rasputín y la visión de Esteban quedó a nivel del pecho de la imagen del monje.

De manera brusca, Raymundo le sostuvo su cabeza y le hizo levantar la cara, para hacer que su vista se enfocara en los ojos de Rasputín.

—Míralo a los ojos, míralo —ordenó Raymundo con sus ojos casi desorbitados, que le daba un expresión bastante atemorizante.

—¿Me han secuestrado para que no vote por derogar la Ley de Expropiación? Tú y Arlex… ¿qué pretenden? —El prisionero se sacudió con más fuerza sobre la silla, frustrado al no poder liberarse.

A Esteban no le interesaba ver los ojos de la imagen de Rasputín, sino seguir esforzándose para soltarse de la silla. Por tal motivo, en un primer momento no veía la imagen directamente a los ojos, sino a cualquier otro lado.

—Esteban, óyeme. Tienes una misión de tu líder. Mira la imagen a los ojos.

Esteban seguía luchando sobre la silla, tratando de soltar su cabeza de entre las garras de Raymundo. No pudo evitar que por un descuido por fin sus ojos miraran directo a los ojos de Rasputín, ignorando el peligro que ello significaba. La sensación de una estaca de hielo atravesándolo, desde su sien izquierda hasta su sien derecha, lo llevó al intento de gritar, pero no pudo; su aparato fonador había sido paralizado y solo emitía jadeos de dolor. Se agarró desesperado con fuerza a los brazos de la silla tratando de ahogar su sufrimiento. En el acto, Esteban perdió el control de su cuerpo como si éste se desconectara de su mente. Sus extremidades se hicieron pesadas hasta el punto de serle imposible moverlas. Desde algún lugar desconocido provenía un ensordecedor cántico gregoriano en un idioma que no entendía. Era torturante y parecía originarse desde dentro de su cabeza. No era inglés ni francés, parecían cantos gregorianos en idioma ruso.

El diputado se dio cuenta que no podía cerrar los ojos, sus párpados estaban paralizados. Las venas de sus ojos se notaban brotadas y enrojecidas. Su visión le ardía como una herida abierta cubierta con sal. Solo podía mover los músculos del resto de la cara para hacer muecas de agudo dolor. Gotas de sudor bajaban por su rostro y se mezclaban con sus lágrimas. Raymundo vio con satisfacción como las arterias en las sienes de Esteban le latían con fuerza bajo la piel.

De un momento a otro el canto gregoriano cesó. El dolor desapareció o al menos Esteban ya no era consciente de él, pues parecía ausente de sí mismo. Ahora permanecía quieto sobre la silla, como dormido con los ojos abiertos, mirando sin pestañear los ojos de Rasputín. 

—Arlex Borjas es tu líder y tú su fiel servidor —le dijo Raymundo con su boca muy cerca de su oído—. Su proyecto socialista es la vía a la sociedad feliz. Te opondrás a la derogación de la Ley de Expropiación. ¿Entiendes? Ellos quieren hacer daño a Borjas, tu líder. Serás fiel a Arlex Borjas por el resto de tu vida y olvidarás esta conversación. En el nombre de Rasputín.

—Sí. Arlex Borjas es mi líder, lo defenderé —repitió Esteban ahora convertido en un autómata biológico.

Raymundo dio un par de aplausos. En menos de cinco segundos una pesada puerta de hierro al fondo se abrió con crispante rechinar, y Víctor entró por ella.

—Abandónalo por ahí, que parezca un asalto —ordenó Raymundo, y Víctor asintió con la cabeza.

Raymundo se asomó a la puerta de hierro entreabierta, mientras Víctor desataba a Esteban. La puerta daba paso a una habitación pequeña y sucia, iluminada por un pequeño bombillo en el techo. Allí estaba la diputada Liliana Sánchez, desmayada, atada a una silla, caída en desgracia.

—Diputada Liliana, despierte. Es su turno. —Raymundo se carcajeó desde el umbral.

Al amanecer, Esteban despertó aturdido entre bolsas de basura, adolorido en brazos y piernas. La cabeza le pesaba una tonelada. Algo negro y pastoso, cuyo hedor no pudo identificar, manchaba su elegante y costoso traje, y le produjo una leve náusea. En su pantalón se hallaban adheridas varias conchas de cambur y una cucaracha se deslizaba entre sus cabellos. El hombre se sobresaltó al sentirla en su cabeza, se puso de pie de un salto y se la sacudió con la mano. Miró alrededor, se tocó el bolsillo trasero buscando su billetera y solo percibió el vacío.

—Me asaltaron —susurró.

                     ********

La Unión Soviética había sido regida por gobiernos socialistas totalitarios que coartaron la libertad ciudadana y asesinaron a millones de personas en el siglo XX. Luego de la disolución del bloque soviético, tales gobiernos parecían neutralizados, pero ahora en la Rusia del siglo XXI resurgirían de la mano de un gobernante sediento de poder, ansioso por instaurar regímenes socialistas no democráticos por el planeta. Tendría como aliado a un enigmático personaje de la historia rusa que renacería también de sus propias cenizas.

La noche más fría del año, dos semanas antes de la muerte de Ariel Gómez, fue cuando él cruzó el abismo entre la vida y la muerte. La explosión de un pequeño bote de madera a motor sobre el río Nevá muy cerca a la costa rompió el silencio de la media noche. Entre la densa niebla que cubría a San Petersburgo, el navío se convirtió en una gran bola de fuego que deslumbró como un pequeño sol e iluminó la noche sin estrellas ni luna. La tranquilidad había terminado.

Una tabla de madera se había desprendido del barco, y ahora flotaba en el río en medio de otros escombros flameantes. Tenía forma rectangular casi perfecta, del tamaño aproximado de una puerta promedio con algunos resquicios en sus bordes, y comenzó a ser llevada hasta la orilla por la corriente. Un hombre yacía desmayado sobre la tabla. Vestía todo en color azul marino: pantalones de mezclilla; sweater y un pasamontañas que cubría su cabeza y cara, con una abertura a nivel de sus azules ojos para permitirle la visión.

Luces y sirenas de varias patrullas de policía completaron el escenario de caos. El hombre despertó aturdido sobre la tabla aún siendo arrastrada por la corriente y se vio a muy pocos metros de la orilla. La luz de la linterna de un policía a la distancia alumbró justo sus ojos. El hombre sin titubear se arrojó al agua y lanzó un largo quejido al sentir mil agujas congeladas clavándose en su cuerpo. Tiritando, intentó nadar contra corriente pero se hundió en las oscuras aguas.

Varios policías subieron la tabla y otros restos del bote al remolque de un camión de carga, para llevarlos a un laboratorio a fin de analizarlos e intentar esclarecer el siniestro. Entre los escombros había un diario de muchas hojas y portada dura forrada en cuero negro, que un oficial halló y hojeó con detenimiento.

Al amanecer, dentro del edificio del Servicio Federal de Seguridad de Rusia, Mijaíl, un hombre en sus sesenta años de edad y de ceño fruncido, caminaba a paso muy rápido por un largo pasillo sombrío que tenía muchas puertas de hierro a los extremos. Era alto y canoso. Llevaba en su mano aquel diario hallado en la explosión del yate en el río Nevá. En su pecho portaba una placa de reluciente metal con la inscripción: “Director General, Servicio Federal de Seguridad de La Federación Rusa”. Entró por una de las puertas al final del corredor para internarse en una especie de depósito que guardaba varias cajas de cartón selladas. Allí se reunió con un joven policía de gesto más preocupado que el suyo y él le señaló hacia el objeto de su angustia. 

La tabla hallada en el río Nevá, en la que se había mantenido a flote aquel hombre de azul, estaba apoyada a un muro. Sobre la superficie de la madera se apreciaba ahora la imagen borrosa de una figura humana a escala natural. Mijaíl, asombrado, la miró mientras apretaba el diario en su mano izquierda. La imagen turbia revelaba la silueta de alguien sentado de medio perfil, con su torso de color azul marino, color piel en su difuso rostro y negro en su cabello. Cuando recogieron la tabla del río esa imagen no estaba en ella, él podría apostar su vida. “¿Cómo apareció esa imagen allí?” “¿De dónde venían esos colores?”, pensaba Mijaíl mientras observaba sin pestañear la figura, cuyos rasgos faciales no estaban definidos.

Esa misma noche, la tabla fue trasladada dentro de un camión blindado que entró por la reja del conocido edificio del Palacio del Senado Ruso, sede del gobierno nacional, en la cual había un soldado custodiando con fusil en mano. Dentro del camión en marcha, una película de plástico negro envolvía por completo la tabla y un par de soldados rusos armados con fusiles la cuidaban, mirándola sin quitarle los ojos de encima ni un instante.

En la ostentosa oficina presidencial dentro del palacio, Mijaíl se reunió con el presidente de Rusia, Dimitri Ivanov, un pelirrojo con algunos cabellos blancos, de unos sesenta años de edad, esbelto, trajeado negro. Mijaíl con sus trémulas manos le entregó en las suyas el diario hallado. Dimitri, de natural ceño fruncido y mirada intimidante, observó a Mijail y éste bajó su mirada.

Varios aviones militares reposaban en los hangares de una base aérea, mientras, al amparo de la noche, el enorme avión presidencial ruso aterrizaba en su pista. La reja de entrada del lugar tenía una placa de metal que dejaba ver la inscripción “Base Aérea Militar de la República de Caribea”. La bandera de Rusia y otra bandera de tres franjas verticales en colores amarillo, azul y rojo, se encontraban izadas juntas ondeantes.

Dimitri había llegado a Caribea, un pequeño país ubicado al norte de América del Sur frente al Mar Caribe, de casi 170 mil kilómetros cuadrados, aproximadamente el tamaño de la península de la Florida, con unas de las mayores reservas de petróleo del mundo. El presidente ruso y su comitiva desembarcaron y fueron recibidos por el presidente de Caribea, Arlex Borjas, y su séquito presidencial. Dimitri recibió un abrazo fraterno de su homólogo, un hombre fornido de unos cincuenta y cinco años de edad. Vestía una banda presidencial con los colores amarillo, azul y rojo, que descansaba sobre su hombro derecho y pasaba bajo su brazo izquierdo. Ambos presidentes fueron escoltados por dos militares de sus respectivos países hasta subir a una limusina.

Tres militares rusos bajaron del avión un cofre de hierro que contenía la tabla hallada en el río Nevá. Lo cargaron deprisa hasta un camión blindado estacionado cerca y allí lo depositaron. Mientras, una veintena de periodistas los fotografiaban tras las rejas de la base aérea y sometían a los guardias de la entrada a una serie de preguntas, siendo la principal, el porqué no se les dio acceso a la base aérea para cubrir la llegada del presidente de Rusia, como en otras ocasiones y con otros presidentes había sucedido. Los guardias ofrecieron la misma respuesta que una estatua podría dar.

En la lujosa oficina presidencial del imponente Palacio de Gobierno de Caribea, Dimitri y Arlex se enclaustraron a solas, con rostros conmovidos y ansiosa actitud. Sobre una de las paredes del recinto había un retrato en óleo a escala natural de un hombre de edad madura, tal vez de cincuenta años de edad, vestido con traje militar de una época antigua, quien parecía un tercer asistente a la reunión, mirándolos con un intimidante gesto inquisidor. Era Antonio Olivo; héroe independentista de Caribea que a principios del siglo XIX lideró la lucha para declarar a Caribea como país independiente, cuando para la fecha aún era una colonia de España.

Dimitri le enseñó en sus manos un smartphone a Arlex, en cuya pantalla se estaba reproduciendo un video de forma muy acelerada que mostraba aquella imagen aparecida en la tabla. La imagen era borrosa y difusa cuando el video inició, pero luego se fue definiendo rápido hasta ser nítida a medida que el video corría. El indicador de tiempo de reproducción del video mostraba que todo el proceso, en que la imagen pasó de borrosa a definida, había durado en tiempo real más de siete horas, aunque ellos vieron el proceso acelerado de reproducción de dicho video en menos de un minuto.

La imagen ya clara y formada ante la mirada absorta de Arlex reveló la figura de un hombre vestido de hábito negro de monje, sentado de medio perfil girado hacia su izquierda, con sus manos posadas sobre sus piernas. Tenía un rostro pálido, con ojos azules de mirada lejana, tan penetrante e inexpresiva que le daba un halo de misticismo. Llevaba barba y bigote. Su cabello era negro y largo hasta el cuello. Se trataba de Rasputín, el famoso monje ruso.

Mientras observaba la imagen, Arlex recordó todos los datos peculiares y extraños que había encontrado en la Web sobre la vida de Rasputín, en una investigación para conocer detalles del monje y así estar informado antes que Dimitri llegara a Caribea. Entre estos, Rasputín en su juventud pasó varios meses en un monasterio e ingresó después en una secta cristiana conocida como los flagelantes, quienes creían que para llegar a la fe verdadera hacía falta el dolor. Una de las máximas de Rasputín siempre fue: “Se deben cometer los pecados más atroces, porque Dios sentirá un mayor agrado al perdonar a los grandes pecadores”. Además, cuando Rasputín ya tenía el favor de la familia real y de buena parte de la aristocracia, no había decisión del Zar de Rusia que no pasara por la supervisión del monje. En el gobierno y en la corte muchos consideraron que la influencia de Rasputín sobre el Zar era nefasta, justo cuando la situación de la monarquía ya era crítica, y finalmente fue asesinado.

 Dimitri por fin interrumpió la silenciosa contemplación de la imagen en el video, mientras mantenía aquel diario en su otra mano igual de temblorosa.

—La aparición de la imagen de Rasputín en la tabla es milagrosa, Arlex. El origen del color y pintura usada se desconocen  y no están aplicados a la tabla; flotan en el aire a tres décimas de milímetro sobre su superficie sin tocar la tabla —dijo acelerado, en español casi perfecto con acento ruso—. Estudios hechos a los ojos de la imagen mostraron que, al acercarles y alejarles luz, la retina se contrae y dilata como un ojo vivo. Y la tabla mantiene 36.6 grados de temperatura como una persona viva. 

Mientras Dimitri explicaba, venía a su mente los momentos en que estuvo presente en el laboratorio donde la tabla fue sometida a numerosos estudios en Rusia. Cuando uno de los científicos responsables de examinar la imagen ponía la luz de una linterna sobre los ojos del monje, las retinas de éstos se contraían.

Dimitri y Arlex siguieron hablando de pie, atacados por la ansiedad que les impedía sentarse.

—¿Realmente eso en tu mano es el diario de Rasputín? —preguntó Arlex, pasando su mano trémula sobre su rostro de inquieto gesto y largo mentón, y luego por su cabello plateado—. ¿Ya saben quién era el hombre de azul que iba en el bote donde hallaron el diario?

—Sin duda. En 1916 profetizó en el diario que tú y yo existiríamos y seríamos presidentes de nuestros países ¡¿Cómo lo supo?! El desconocido hombre que iba en ese bote robado probablemente se ahogó, no sabemos mayor cosa de él….Oye este pasaje del diario.

Dimitri abrió el diario en sus manos con sumo cuidado y lo leyó apresurado.

—“Cuando Dimitri y Arlex gobiernen, del agua dulce mi esencia emergerá y subirá del infierno buscando santidad. Erijan y difundan mi iglesia, Dimitri, Arlex, que el mundo me venere y los bendeciré, os daré su sociedad nueva, no lo hagan y os maldeciré. Adoren mi esencia por siempre y os daré la sumisión mental de sus pueblos”. Nos menciona, Dimitri y Arlex, tú y yo. Hace solo tres semanas que soy presidente, él estaba esperando que yo asumiera el poder para regresar.

—Me dijiste que se puede controlar la mente humana, poniendo los ojos de la imagen de Rasputín frente a los ojos de las personas —indicó Arlex aún con su mano sobre su mejilla, casi tapando su boca—. ¿De verdad es posible ese poder? Esto es demasiado para creer.

—Hay que experimentar para verificarlo —respondió, retirando la vista de las páginas del diario para fijarlas en el conmocionado rostro de Arlex—. Aquí dice que para pedir ese poder, antes debe celebrarse una misa de adoración, y que diez días luego de hallar el diario debe hacerse la primera misa y hacerla semanalmente; eso es el próximo domingo. Todo debe hacerse aquí en Caribea, porque Rasputín indica en el diario que, apenas apareciera su imagen en la tabla, tú debías tenerla y custodiarla hasta que él lo diga.

Arlex quiso tocar el diario pero Dimitri se lo apartó con recelo.

—Hay instrucciones claras en el diario, otras codificadas por descifrar. Nos llevará algún tiempo conocer todos los mensajes en sus páginas —añadió Dimitri hojeando el diario.

—Le daré lo descifrado hasta ahora a mi psiquiatra, él sabe mucho sobre estos temas de control mental. Sabe de hipnosis…

—Tu esposa con sus estudios en criptografía es la idónea para ayudarnos a descifrar los mensajes —propuso Dimitri—. Ella debe venir con nosotros a Rusia y apoyarnos. Necesitamos solo gente de nuestro círculo de confianza. No puedo sino pensar que, Rasputín fue tan visionario no solo al profetizar que tú y yo existiríamos con nuestros nombres, sino también por saber que tú esposa sería quien nos ayudaría a descifrar su mensaje. Es como un plan divino donde todo está en su justo lugar. Le enviaré los avances por correo electrónico a tu psiquiatra, en un código que solo manejaremos él, tú y yo. Yo tendré el diario. No le haré copias, temo que puedan caer en malas manos.

—Antes que inventaran sus propias historias, dijimos a la prensa que vienes a firmar un tratado de cooperación, y en el cofre traes de regalo obras de arte. —Arlex caminó hacia su escritorio. Respiró profundo y con un apreciable alivio dejó caer su cuerpo en la silla presidencial—. Implantar mi gobierno socialista implica sacrificios de corto plazo al pueblo, que están creándole malestar. Este poder llega justo a tiempo para acallarlo. No entienden que luego vendrá una feliz sociedad socialista de iguales, que será gloriosa. Siempre pensé que ese era mi destino dado por Dios. Esto lo confirma.

—¿Tienes problemas con tu pueblo?

—¿No ves las noticias? Hace dos semanas fueron las elecciones de la Asamblea Nacional en Caribea, perdí la mayoría parlamentaria. He ejecutado ciertas políticas económicas contra los despiadados empresarios oligarcas, y ellos contraatacan generando inflación y escasez de alimentos, creando malestar al pueblo. Y mi pueblo me ha dado la espalda porque no entiende que todo se trata de un breve sacrificio por el bien común. De los 167 diputados que integran la Asamblea Nacional, anteriormente yo tuve a mi favor 123 diputados y actualmente, luego de las elecciones, me he quedado con solo 56. Ahora que los diputados opositores a mi gobierno son mayoría en el parlamento buscarán destruir lo que yo he logrado. No estás nada informado.

—Hace apenas unas semanas que te conozco en persona, tengo mis propios problemas en mi gobierno. Te sobreestimas al creer que en Rusia puede ser noticia todo lo que sucede en este pequeño país, en este pobre rincón del planeta. ¿Sur América? ¡Ja!

—Pequeño país con una de las mayores reservas de petróleo del mundo. Para que entiendas… nuestra Constitución Nacional solo exige el voto de 84 diputados para aprobar y derogar leyes. Tratarán de derogar la Ley de Expropiación que fue aprobada cuando tuve mayoría, pues con esa ley el pueblo le quita al empresario oligarca la empresa con la cual lo explota. Es que siempre creí injusto que el pueblo trabaje, engrandezca las empresas, a cambio recibe un sueldo bajo y el empresario eleva el precio de los bienes que el mismo pueblo hace. ¡Qué  paradoja que al pueblo no le alcance el sueldo para comprar los bienes que él mismo produce! ¡Con el poder de Rasputín someteremos la voluntad de los diputados opositores para mantener esa ley vigente! ¡Dios está con nosotros! 

—A peores cosas debo enfrentarme en Rusia —dijo subestimando lo que dijo.

—Es peor. De esos 167 diputados que conforman la Asamblea Nacional, los opositores tienen 111, exactamente el número requerido por la ley para destituir y designar a los jueces de la Corte Suprema de Justicia. Ellos intentarán designar nuevos jueces adeptos a su causa que me declararen como insano mental y así destituirme.

—También a mi pueblo le cuesta entender que la libertad debe esperar un poco…

—Caribea no está lista para la falsa libertad del capitalismo, donde feroces lobos capitalistas devoran al pueblo que son como ovejas necesitadas de un pastor —señaló Arlex—. Primero hay que acabar con los lobos para dejar a las ovejas salir del corral.  

Capítulo 1. Miedo a la libertad

Un sucio callejón en medio de dos edificios abandonados era el lugar de reposo de ocho mendigos, que dormían tirados en el suelo bajo el cielo estrellado, acurrucados entre periódicos para darse calor ante la noche fría. Vestían harapos bastante sucios. Sus cabellos eran largos y de aspecto grasiento. Los acompañaba un enjambre de moscas que revoloteaba sobre ellos, atraído por el olor a basura que despedían. Uno de ellos que era bastante joven, tal vez de veinte años de edad, dormía abrazando una botella de licor. Cuando una mosca se posó en su nariz, despertó y se quedó mirando con melancolía uno de los muros resquebrajados del edificio, sobre el que había un texto escrito con pintura en aerosol que rezaba: “Viva el Socialismo, viva el presidente Arlex Borjas”. Una lágrima drenó de su ojo derecho cuesta abajo por su fría mejilla, y sintió como le calentaba la piel por donde pasaba. Aquel asomo de llanto tuvo como origen el vívido recuerdo sobrevenido de sus noches de infancia siendo arropado por su madre en una cama cálida. Tan solo la noche anterior, mientras esculcaba en la calle los botes de basura de una casa, se había acercado a la ventana de vidrio de una de las habitaciones, tapada desde dentro por una cortina, al escuchar los gritos de un niño que se quejaba con su madre porque el colchón de su cama era muy viejo y blando. El mendigo había tenido que contenerse para no gritarle al chico lo afortunado que era. A pesar de su borrachera que distorsionaba sus ideas y su visión, su mente fue capaz de reflexionar para que su voz interna le susurrara algo que le hizo soltar otra lágrima cálida: “lo poco de unos puede ser lo mucho de otros”.

El ruido de un camión acercándose hizo despertar al resto de los pordioseros, mientras el más joven continuaba inmutable viendo hacia el muro con el escrito. El vehículo negro se estacionó en la entrada del callejón y de él bajó Víctor, un cuarentón alto y fornido, de cejas muy pobladas, acompañado de otro hombre delgado y de aspecto demacrado, que lucía de unos treinta años de edad. Ambos vestían el uniforme azul marino de la Policía Nacional de Caribea. Las luces delanteras del camión alumbraban a los mendigos y les hacía imposible distinguir a los policías a contra luz, quienes para el momento no eran más que dos negras siluetas caminando con sigilo en la noche.

Cuando los pordioseros por fin divisaron en los hombres el uniforme de la policía, la mayoría corrió por instinto, pues siempre eran retirados por las autoridades cuando los hallaban pernoctando en alguna calle; pero el mendigo que continuaba viendo el escrito en el muro no lo hizo, seguía con su mirada anclada en éste.

—Ése servirá —le dijo Víctor al otro policía, señalando al indigente.

—¿Y los otros que se fueron?

—El presidente Borjas pidió un solo conejillo de indias, da igual; todos son basura.

Ambos hombres tomaron al mendigo por los brazos, éste despertó de su letargo y comenzó a gritar mientras era arrastrado por el suelo. Su botella de licor se salió de sus manos y se rompió contra la acera. Los otros mendigos lo veían todo a la distancia detrás de unos botes de basura.

El panel de una ventanilla en la puerta de hierro de un calabozo se abrió, y dejó entrar un exiguo haz de luz eléctrica, que iluminó un poco el recinto donde el mendigo estaba encerrado en total oscuridad desde que llegó hacía un rato ya.

—¡Sáquenme, denme mi botella! —gritaba el hombre visiblemente ebrio con su voz engolada y mirada desenfocada.

Dos cabezas humanas se asomaron a contra luz por la ventanilla.

—Enciende la luz para que él pueda ver lo que nos interesa —le dijo Arlex a Raymundo, un rechoncho hombre que a mucha gente la parecía de aspecto malévolo. Usaba en ese momento una bata médica. Tenía unos setenta años de edad, su rostro bastante demacrado y su cabello corto despeinado ayudaban a darle un peor aspecto.

—¡¿Quiénes son ustedes?! ¡Sáquenme, mi botella por favor!

A los pocos segundos, la habitación quedó iluminada por un bombillo incandescente. El mendigo se cubrió sus dilatadas pupilas con las manos y pestañeó varias veces cuando los ojos le ardieron. Miró a su alrededor y vio una larga tabla de madera recostada sobre un muro. Tenía forma rectangular casi perfecta, del tamaño aproximado de una puerta promedio con algunos resquicios en sus bordes. El hombre observó que sobre la tabla reposaba la imagen de una figura humana que le pareció había sido pintada sobre la superficie de madera. Se trataba, al parecer, del retrato de un hombre vestido de hábito negro de monje, sentado de medio perfil girado hacia su izquierda, con sus manos posadas sobre sus piernas. Tenía un rostro pálido, con ojos azules de mirada lejana, tan penetrante e inexpresiva que le daba un halo de misticismo. Llevaba barba y bigote. Su cabello era negro y largo hasta el cuello. Aquella cara la parecía muy conocida. En algún momento de su infancia feliz tal vez tuvo oportunidad de verla en algún libro o se habría topado con ella en Internet cuando tuvo una computadora y una casa; pero ahora su mente, hasta el tope de alcohol, ya no daba para esforzar su memoria. Entonces, encerrado en esa habitación oscura, contemplaba, sin recordarlo, a Rasputín, aquel famoso monje ruso con una gran influencia política en los últimos días de la Dinastía Romanov a principios del siglo XX. Muchos de quienes lo conocieron dijeron que en su momento él pretendió darse una apariencia de Jesucristo, y que tenía fama de sanador con dones milagrosos. Por tal razón, en 1905 fue llamado al palacio de los zares de Rusia para detener una hemorragia del príncipe Alexis quien padecía de hemofilia. El niño mejoró y la familia Romanov cayó bajo la influencia del monje.

El hombre sobrecogido no pudo evitar ver a los ojos de la imagen de Rasputín.  

—Ahora veremos lo que le pasa a nuestro sujeto de prueba —dijo Raymundo, con los dedos de las manos entrelazados y estremecido por la emoción ante un gran acontecimiento por suceder; para él, era el gran evento de su vida.

El mendigo quedó inmóvil con la mirada fija en los ojos del monje ruso. Sintió aquella imagen como una presencia humana real, pero tan pesada que le oprimía su pecho y le cortaba la respiración. Raymundo y Arlex observaron con atención algo inaudito que comenzó a sucederle al infortunado hombre. Unos guardias en el pasillo cerca de la celda oyeron los gritos del pordiosero. Eran alaridos de sufrimiento y jadeos, acompañados de sonidos de golpes secos, como si estrellaran repetidas veces un saco de arena contra el piso.  El alboroto duró unos pocos minutos, luego el silencio fue súbito. Arlex y Raymundo, con gestos muy complacidos, seguían viendo al interior del calabozo donde ya el mendigo no gritaba.

—Quiero que esto mismo le ocurra a Ariel Gómez, el día que presente su propuesta para nombrar los nuevos jueces de la Corte Suprema de Justicia que intentarán destituirme —dijo Arlex, viendo algo que le había sucedido al pordiosero. Mientras observaba, experimentó una fuerza que lo arropaba, y se vio a sí mismo como invencible y todopoderoso. En su mente tenía la idea de que ahora ya nada ni nadie podría detenerlo en sus planes. Era el momento de sacar del medio a todo obstáculo que estuviese en su camino.

—Si eso quieres, eso le pasará al flamante diputado y profesor Ariel Gómez. —Raymundo se carcajeó tan fuerte que Arlex notó como la barriga del hombre se sacudía al son de la enérgica risa. Para el rechoncho hombre, aquello era lo que tanto había esperado desde el día que decidió estudiar psicología y psiquiatría: un método para comprender mejor la mente humana y manipularla, y dicho método ahora estaba en sus manos. De solo pensarlo, la emoción le sacudía su ser.

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Aquella mañana, cientos de jóvenes estudiantes entraban y salían por la gran puerta de la fachada de un alargado edificio bordeado de setos. El inmueble era de dos pisos y se ubicaba frente a una avenida bastante transitada. Junto a su entrada descansaba una enorme placa de metal con el título: Universidad Central, Escuela de Ciencia Política.

El profesor Ariel Gómez era un robusto hombre de apariencia amistosa y jovial, que no pasaba de los treinta y cinco años de edad. A las once de la mañana impartía clases en un salón repleto de jóvenes que le prestaban total atención. La pasión y energía que imprimía a su oratoria producía un efecto estimulante en aquellos veinteañeros ávidos de esa manera de enseñar por parte de sus otros profesores.

—El detonante de la Primera Guerra Mundial —dijo arremangándose los puños de su camisa—, fue el asesinato del Archiduque Francisco Fernando de Austria en Sarajevo, por un serbio miembro del grupo nacionalista que quería unir a Bosnia y Serbia. Alemania apoyó a Austria-Hungría para exigir investigar el crimen en Serbia. Ésta, con apoyo de Rusia se negó. Por eso Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia, y Alemania, aliada de Austria-Hungría, declaró la guerra a Rusia.

Kristel, una alumna de veintiún años de edad, de rojizos cabellos, nariz perfilada y rosadas mejillas, pidió la palabra levantando la mano.

—Leí que un monje llamado Rasputín podría haber sido un espía infiltrado por Alemania en Rusia, para dañar los planes del Zar Nicolás —dijo, señalando con el dedo una página de un libro que mantenía abierto sobre su pupitre.

—No está comprobado. —Ariel torció la boca algo indeciso de su respuesta—. Sí, fue un monje con gran influencia sobre el Zar Nicolás a través de la Zarina. Ella confió mucho en él por haber curado la hemofilia de su hijo, el príncipe Alexis. Era monje, no político, por eso pudo haber mal aconsejado al Zar en la guerra. Decían que era un pervertido, un santo, que hipnotizaba gente y sometía su voluntad por artes satánicas, también que…

— …que era un suertudo, con hipnosis podía ser todo lo pervertido que quería. ¿Se imaginan las mujeres que podía hipnotizar para…? —interrumpió Camilo, con un tono de picardía. Se trataba de un alumno risueño, sentado desparramado en el pupitre, casi acostado. Su comentario provocó la risa de sus compañeros de clase. Incluso Ariel reprimió una sonrisa en una mueca en sus labios, para fingir un poco de seriedad.

—Bien, hasta aquí el tema sobre la primera guerra mundial. —Ariel miró el reloj en su muñeca—. ¿Alguna duda sobre la materia del próximo examen?

—Aún tengo dudas sobre el tema del miedo a la libertad —respondió Kristel.

—Bien —dijo Ariel tronándose los dedos de una mano con los de la otra—, la libertad… como ya hemos estudiado, también tiene un… componente psicológico; el miedo. Aunque parezca contradictorio, hay gente que tiene miedo a la libertad. Según ese miedo, y aplicando la tesis del psicólogo social Erich Fromm a la realidad, la gente podría clasificarse en dos tipos: por un lado, las personas que no tienen miedo a la libertad; las que no temen usar sus talentos para triunfar en la vida, en lo personal y económico, compitiendo de forma limpia hasta lograr el triunfo. Son las que siguen su propio camino, y estas personas tienden a apoyar la democracia en todos los sentidos.

Mientras Ariel hablaba, Kristel imaginaba todo en su mente como una dramatización de lo que él narraba: personas sonriendo sentadas en computadoras trabajando; médicos en consultorios atendiendo pacientes; actores en una obra de teatro; arquitectos diseñando planos; ingenieros civiles dirigiendo a obreros en la construcción de edificaciones; artistas pintando obras de arte; un niño de diez años sacando un pez de un río con una caña de pescar, y un hombre junto a él, riendo, aupándolo con palmadas en su espalda. Luego, varias de estas personas depositaban votos en urnas electorales.

—Por otro lado —continuó Ariel—, está la gente que se siente más segura bajo la sombra de un líder que le diga qué camino tomar, hasta en sus asuntos más personales; son las personas que tienen miedo a la libertad, miedo a intentar hallar su talento y usarlo para triunfar por sí mismas. Prefieren que todos sean iguales, pero en la pobreza económica, para evitar ser explotados por otros, aun renunciando a la libertad. Estas personas tienden a apoyar gobiernos no democráticos; prefieren a un gobernante autoritario que siempre les diga qué hacer, porque ellos mismos no saben qué hacer con sus vidas. Pienso que el miedo a cualquier cosa es miedo a ser libres; una excusa para no intentar triunfar por miedo al fracaso.

Kristel continuó con su ejercicio mental de dramatizar la explicación: una larga cola de personas con la piel pintada de rojo caminaba una detrás de otra, todos vistiendo ropa harapienta en rojo. Estaban encadenadas en sus manos y conectados con la misma cadena mano a mano. Un hombre de unos cincuenta años edad, con una corona roja en su cabeza y usando un lujoso traje rojo de terciopelo, los tiraba de la cadena. Las personas de rojo caminaban por un largo pasillo, mientras lo hacían, miraban con rictus de miedo a ambos lados de ese corredor porque había algo allí que los atemorizaba; había personas sonriendo. Esas personas sonrientes trabajaban sentadas en computadoras, otros eran médicos atendiendo sus pacientes, actores en un escenario de teatro, artistas pintando obras de arte, el niño mostrando el pez que pescó. Entonces, el hombre de la corona repartió canastas con un pescado dentro a cada una de las personas encadenadas.

Los rostros de los estudiantes lucían conmovidos cuando Ariel terminó de hablar, lo cual le generaba una enorme sonrisa de satisfacción personal; estaba haciendo lo que más le gustaba: enseñar, y además, era el centro de atención por hacer algo positivo. Hacía tiempo que era consciente que el reconocimiento social era un elemento importante que lo motivaba en su vida. Era placentero para él hablar ante grandes públicos, captar su atención, saber que lo admiraban y respetaban; pero siempre hacía grandes esfuerzos por evitar que todo eso convirtiera a su ego en un monstruo incontrolable y lo volviera un arrogante. Mucha gente le decía que admiraba la modestia y humildad que demostraba a pesar de su intelectualidad y de ser un personaje público, aunque él mismo se preguntaba a veces si no se trataba de una falsa modestia.

—Clase, terminamos por hoy —dijo volviendo a revisar su reloj—. Estudien para el examen por favor. No quiero que nadie repruebe.

Los estudiantes se levantaron de sus puestos de forma desordenada y empezaron a salir del salón, como una estampida que se drenaba por la estrecha puerta. Camilo apoyó un pie en el asiento del pupitre y pasó por encima de éste. Al mismo tiempo, Kristel y su amiga Nancy, una esbelta chica trigueña y de semblante sonriente, se acercaron al profesor Ariel que revisaba unos papeles en su escritorio.

—Profesor Ariel, le deseo mucho éxito con la derogatoria de la Ley de Expropiación, y con el nombramiento de los nuevos jueces de la Corte Suprema de Justicia esta tarde. Espero se logre —expresó Kristel sonriendo.

—Así será, Kristel, tenemos la cantidad de diputados necesaria para nombrar una nueva Corte Suprema, que de verdad sea leal a la justicia; exactamente 111 parlamentarios. Cuando me postulé a diputado esa era una de mis metas. Les prometo que lograremos la destitución del presidente Borjas, y salvaremos al país del desastre económico en que lo ha hundido. Sacaremos a la nación de este… abismo de miseria socialista.

Mientras Ariel hablaba, Nancy se quedó mirándole el hoyuelo en su prominente barbilla, sus brillantes dientes blancos de perfecta alineación y sus uñas bien limpias y arregladas. Al mismo tiempo, la chica aspiraba con disimulo la fragancia del perfume del profesor que la atrapaba y le transmitía la sensación de elegancia, frescura y pulcritud. Entonces, el corazón le dio un vuelco que la hizo suspirar.

Ariel se incomodaba un poco cada vez que Nancy lo miraba como ahora lo hacía, pero no le era desagradable. Más bien, lo molesto era reprimir las ganas de corresponderle y de llenarla de halagos para destacar las virtudes que él veía en ella: su inteligencia, belleza física y su optimismo. Hacía tiempo que Ariel había notado el sentir de Nancy hacia él. Los gestos de la chica la delataban. Y él fue consciente de un sentimiento romántico hacia su alumna, el día que se anudaba la corbata frente al espejo, antes de salir de casa, y tarareaba una canción, emocionado, porque en pocos minutos la vería en la universidad. Había advertido, además, que, desde hacía varias semanas, ella era la última persona que venía a su mente antes de irse a dormir, y la única por quien el corazón le daba tumbos cada vez que se acercaba a su escritorio para hablarle. Solo esperaba a que ella se graduara, para que la relación alumno-profesor terminara, así podría invitarla a salir, de modo que no fuera cuestionada su ética profesional.

—¿Y dónde está Roberto? —preguntó el profesor, colocando unas carpetas en su maletín—. Esta es la segunda de mis clases a la que no asiste desde que ganó el Centro de Estudiantes.

—Pues… él me dijo que ser presidente del Centro de Estudiantes es más complicado de lo que parece. —Kristel torció la boca—. Se lo pasa de reunión en reunión. La escuela de Ciencia Política tiene más problemas de los que se cree.

—Pero que no descuide sus estudios por eso, es un muchacho muy brillante.

—Profesor, es admirable lo que usted y los demás diputados quieren hacer para ayudar a nuestro país. —Nancy suspiró de nuevo e inclinó de manera leve su cabeza hacia su derecha mientras lo miraba. Eran muchas las veces, como ahora, en que le daban unas ganas inmensas de pedirle al hombre un abrazo—. Siendo además de nuestro profesor, nuestro amigo… ¿irá a la fiesta de cumpleaños de Camilo esta noche, sí?

—¡Claro! Cuenten con mi presencia —respondió, recogiendo varios papeles sobre su escritorio para depositarlos en su maletín—. Hasta luego chicas y estudien mucho. —El profesor les sonrió con dulzura.

Nancy se giró para ver a Ariel caminar hasta salir por la puerta.

—Estás ruborizada —le dijo Kristel riendo.

—Con razón sentía mis mejillas calientes —respondió sonriendo y tocándose las mejillas—. ¿El profesor lo habrá notado?

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En el horizonte urbano de la ciudad capital sobresalía la gran cúpula del edificio de la Asamblea Nacional, ente encargado de aprobar las leyes que regían el país. En últimas horas de la tarde, Ariel se hallaba subiendo las escaleras de su entrada principal, tratando de esquivar la multitud de gente que entraba y salía. Casi una hora luego, en el amplio salón de sesiones, los 167 diputados que integraban el parlamento, sentados en sus curules, escuchaban a Ariel disertando sobre la polémica Ley de Expropiación. Lo hacía sobre un estrado, con micrófono en mano y con una pasión aún más poderosa que la mostrada cuando daba sus clases.

—¡Arlex Borjas destruye la economía! —dijo elevando su voz a pesar de tener el micrófono cerca de su boca, al tiempo que con su dedo índice hacía énfasis en sus palabras—. El desempleo subió a 40% y la inflación a 110%, a causa de las expropiaciones de empresas que Borjas ordenó con la Ley de Expropiación, aprobada en el anterior período. La expropiación  mermó tanto la capacidad productiva de bienes en el país, como la confianza del empresariado nacional y extranjero para invertir aquí; nadie fundaría una empresa en Caribea para que luego Borjas se la quite. Por ello la oferta de bienes bajó, mientras la demanda se mantuvo igual, elevándose la inflación. Éstas y otras decisiones tan absurdas indican que Borjas no puede estar en sus facultades mentales. Por eso propongo el proyecto para derogar la Ley de Expropiación, y que hoy se vote una lista de Jueces para elegir una nueva Corte Suprema de Justicia que dictamine la incapacidad mental de Borjas.

La diputada Celia Ramos se hallaba sentada en su curul, con su entrecejo bastante arrugado. Desde allí escuchó toda la alocución de Ariel. Ella tenía casi cincuenta años de edad, era delgada, no solía usar maquillaje, lucía siempre despeinada y con su ropa arrugada.

Apenas Ariel terminó de hablar, la mujer tomó la palabra.

—¡Usted es el único demente en este salón! —exclamó, dando una palmada sobre la mesa de su curul—. ¡Ya una vez usted introdujo un recurso a la Corte Suprema de Justicia para incapacitar al presidente Borjas, y los jueces nombraron una junta médica de psiquiatras que dijo que el presidente está sano! ¿Acaso lo olvidó? ¿O no quiere recordarlo?

—Diputada Celia, esa junta médica diagnosticó a Borjas esquizofrenia, y tanto esa junta médica como los jueces que la nombraron fueron sobornados por Borjas para callarse y usted lo sabe. Hoy debe ser votada la propuesta que presento según el reglamento. El desorden mental de Borjas se está traduciendo en desorden al país y la nación no lo merece. Es todo —replicó Ariel.

—Por favor mantengamos el orden —pidió la diputada Liliana en lo alto del curul de presidente, cuando vio que la rabia de Celia la desbordaba.

Liliana Sánchez era miembro del partido político “Nueva Esperanza”, uno de los principales partidos opositores al gobierno de Arlex. Se trataba de una rubia y espigada treintañera, cuya juventud no le restaba la templanza que el cargo exigía. Quienes votaron por ella, para el cargo de presidente de la Asamblea Nacional, lo hicieron creyendo en que su principal virtud era la imparcialidad para tomar decisiones sin apasionamientos.

Al responder a Celia, Ariel había empleado un tono de voz notablemente mucho más calmado que el usado en su discurso. Eso enojó aún más a Celia, pues no era la primera vez que Ariel bajaba el tono de voz para replicar un reclamo de ella, luego que él atacara verbalmente a Arlex. La mujer sentía que él se burlaba en su cara, haciéndola estallar en ira y quedando ante todos como una histérica sin control de sus emociones, mientras Ariel se mantenía sereno, calmado y con una sonrisa como la que ahora tenía. Ella tuvo que hacer un gran esfuerzo para frenar las ganas de arrojarle su maletín.

Un largo aplauso de ovación se hizo sentir cuando Ariel terminó su disertación. Los otros diputados opositores le expresaban su apoyo. Entre estos estaba Ricardo González, quien con un alegre semblante se acercó a Ariel. Ambos lucían contemporáneos en edad.

—Amigo, gran discurso casi presidencial —lo halagó Ricardo, sonriente, ofreciéndole la mano para estrecharla.

—Aprendí de ti, Ricardo, maestro orador —le respondió Ariel apretando su mano y correspondiendo a su sonrisa.

—Oye, acabo de enterarme que seré padre. Rebeca está embarazada. Serás el padrino ¿cierto? —el diputado mostraba una alegría en sus palabras que contagió a Ariel.

—Por supuesto que sí—. Ariel lo abrazó muy efusivo con palmadas en su espalda—. Esto debemos celebrarlo.

Desde lo alto de algunos palcos que bordeaban el salón de sesiones de la Asamblea Nacional, varios periodistas de diferentes canales de televisión estaban apostados con sus cámaras y equipos técnicos para trasmitir en vivo la sesión. En uno de esos palcos reportaba Zulay Lares, una joven periodista de aspecto serio, delgada e impecable. Llevaba en su mano un micrófono con un logo en el que se leía el nombre: Focovisión.

—Transmitimos para el canal de noticias Focovisión la votación para elegir los Jueces para una nueva Corte Suprema de Justicia, cuya aprobación requiere de dos tercios de los diputados; es decir, 111 votos —informaba la mujer frente a la cámara, con el salón de sesiones de fondo bajo ella—. Además se votará derogar la Ley de Expropiaciones, que requiere el voto de al menos la mitad más uno de diputados; 84 diputados. En ambos casos los diputados opositores al presidente Arlex Borjas tienen el número de votos requeridos.

Muchos de los diputados se preparaban sentados en sus curules revisando pilas de documentos sobre sus escritorios, discutiendo entre ellos estrategias y tácticas para el debate. Mientras, en el estrado de oradores en el centro del salón, el secretario de la Asamblea Nacional, un canoso y encorvado hombre, leía la lista de jueces.

Ariel, en contraste, se mantenía sereno y tranquilo en su curul, con su mirada perdida, lejana, viendo hacia el frente sin mirar nada en el mundo real. Únicamente veía imágenes que su mente estaba reproduciendo, pasando de una a otra en fracción de menos de un segundo, repitiéndose sin cesar: Cristo en la cruz; el rostro de Rasputín; un cordero blanco muerto en un altar de madera, siendo devorado por buitres; estatua de la Virgen María llorando sangre; imagen del diablo pintado en un muro (cuerpo gris, alas de murciélago, cuernos); relámpagos rasgando la noche.

—Leída la lista de jueces que conformarán la nueva Corte Suprema de Justicia, aquellos a favor indíquenlo levantando su mano —dijo la diputada Liliana, mientras Ariel se mantenía inmutable, con sus ojos abiertos sin pestañear y su mirada aún perdida.

Todos los diputados opositores al gobierno de Arlex levantaron la mano, excepto Ariel, y aquellos, sorprendidos, lo miraron murmurando al verlo con su mano abajo. Ricardo, desconcertado, se levantó de su asiento y caminó hacia él.

—Señor secretario, cuente los votos. —Liliana, turbada, miraba a Ariel.

—Ariel, ¿qué pasa que no alzas la mano? —le susurró Ricardo inclinándose  junto a él cuando llegó hasta su curul. Ariel no respondió y se mantuvo inmóvil, con su mirada extraviada como si su mente estuviera en otro mundo, porque sí lo estaba.

—110 votos a favor señora presidenta —anunció el secretario desde el estrado.

—Propuesta… no aprobada —indicó incrédula la diputada Liliana.

 Celia mostraba una gran sonrisa. Hubiese querido subirse sobre su escritorio y burlarse en lo alto de todos sus adversarios políticos.

Los diputados del partido de Arlex, el Partido Socialista Revolucionario, aplaudieron y celebraron eufóricos poniéndose de pie. Por su parte, los opositores se mantuvieron sentados, murmurando, mirándose unos a otros, intentando entender lo que había sucedido. Sus miradas luego señalaron a Ariel, buscando en él una explicación.

—¿Ariel, qué hiciste? ¿Por qué? ¡Habla! —Ricardo sacudió a Ariel por el hombro.

Ariel se levantó de su silla sin mirar a Ricardo ni responderle, y caminó al estrado de oradores. Allí se paró detrás del atril de madera y tomó el micrófono, mientras el secretario le daba paso y bajaba de la tarima.

—Arlex Borjas es mi único líder, solo él —dijo Ariel con su rostro inexpresivo, mirada perdida y un forzado tono de voz, como si cada palabra pesara en su pronunciación.

Aquellas palabras hicieron cesar la eufórica celebración de los adeptos de Arlex. Todos en el recinto guardaron silencio al tiempo que lo miraban; los opositores atónitos, mientras los aliados de Arlex sonreían complacidos. Ricardo seguía estupefacto.

Ariel parecía no darse cuenta que en aquel momento él era el centro de atención para todos. Era como si estuviese dormido pero con los ojos abiertos, hasta que una repentina sensación fría de 2 grados centígrados, que solo él sintió, lo hizo reaccionar. Se frotó sus manos tiritando y se vio a sí mismo expeler un vaho por su boca, algo que los demás parecían no ver. Aparentemente comenzaba a volver en sí.

Su rostro inexpresivo ahora daba paso a una mueca de asombro, al ver una espesa niebla colarse bajo la puerta de la entrada. La bruma se esparcía rápido a ras del piso y cubría todo a su paso a la altura de treinta centímetros. Ariel se percató que solo él podía ver la niebla, cuando la misma alcanzó las piernas de los otros diputados sentados sin que éstos la notaran.

—¿De dónde vienen ese frío y esa niebla? —preguntó con temblorosa expresión.

—¿Niebla? ¿Cuál niebla, diputado? —respondió Celia fingiendo desconcierto.

Todos miraron alrededor buscando la supuesta niebla en la dirección que Ariel miraba, a la vez que susurraban sobre su extraña conducta. Entonces, Ariel notó unas luces centellantes activarse en el interior de la neblina, como relámpagos de tormenta eléctrica, acompañados por retumbantes ruidos de truenos. Nadie más vio ni oyó aquello. Era una tormenta eléctrica dentro de una niebla en el piso, en el interior de un lugar cerrado; para Ariel sonaba insólito, pero era lo único que lograba entender.

En aquel momento, el servicio eléctrico en la Asamblea Nacional sufrió una baja de voltaje. Las lámparas eléctricas se opacaron, apenas alumbraban. Ahora todo se hallaba sumergido en penumbras. Los periodistas que reportaban no pudieron continuar con la transmisión en vivo ni videograbar con las cámaras, pues de pronto todas sus baterías se descargaron.

Del interior de la niebla emergió de forma inaudita un buitre negro de un metro de alto que voló hacia Ariel y se posó en el borde del atril. El hombre de manera instintiva retrocedió asustado y cayó de espaldas al piso. El buitre estaba allí observándolo con una amenazante mirada. La presencia del ave de rapiña, al igual que la neblina, era vista solo por Ariel.

—¿Diputado, qué le ocurre? —preguntó Liliana ahora de pie—. ¿Se siente bien?

Ariel, aún sentado en el piso, percibió la presencia de una persona justo detrás de él. Asustado, giró su cabeza cuarenta y cinco grados y vio a un personaje masculino de casi dos metros de altura allí parado, vestido con hábito negro de monje. Era Rasputín, quien lo miraba fijo y lucía tal como la imagen de la tabla.

Rasputín caminó dos pasos, se puso frente a Ariel, le sonrió con malicia mostrando sus dientes amarillos maltratados. El monje fue acercando su mano derecha a la cara del diputado, inclinando su cuerpo hacía él según lo iba alcanzando. Mientras, Ariel permanecía inmóvil, quería ponerse de pie pero algo se lo impedía; era como si su cuerpo ya no respondiera a su mente. Al igual que la niebla, el buitre y los ruidos, Rasputín era invisible a todos los presentes excepto para Ariel.

El diputado seguía tirado en el piso, nadie se acercaba a ayudarlo. Al fin Ricardo caminó unos pocos pasos hacia él; pero, se detuvo perturbado al ver como su amigo empezaba a retorcerse en el piso. Convulsionaba como si tuviera un ataque de epilepsia y un insoportable dolor en sus entrañas.

Ariel, ahora tumbado sobre su espalda, tenía su cabeza echada totalmente hacia atrás.. Abrió su boca más allá de lo que una mandíbula permite. Su cara se tornó roja y luego azul. Parecía ahogarse y buscaba desesperado la forma de respirar jadeando. El torturado hombre podía oír muy fuerte y acelerados los latidos de su corazón.

Rasputín ya en cuclillas junto a Ariel, sin titubear y sonriendo, le metió su mano por la boca, luego pasó todo su antebrazo hasta el codo a través de su garganta. En medio del pánico y el dolor desgarrador, Ariel tomó el brazo de Rasputín entre sus manos y trató en vano de sacárselo de su boca. Los demás diputados observaron las manos de Ariel en posición de agarrar algo con esfuerzo, pero sin ver nada entre ellas.

Ariel agonizaba, sentía como su tráquea y su caja torácica se destrozaban para dar paso al brazo del monje. El diputado puso sus manos sobre su pecho con gesto de extraordinario dolor y de su boca expulsó sangre a chorros. Ricardo cerca de él oyó el ruido de huesos romperse.

—Dios mío. ¡Una ambulancia! —exclamó Celia sin poder disimular su sonrisa. En sus pensamientos, se hizo la idea de que era ella quien aplicaba la atroz tortura a Ariel, como muchas veces había querido hacerlo.

Liliana corrió escaleras abajo desde su curul. Luego ella, Ricardo y varios diputados compañeros de partido fueron hacia Ariel y trataron de sostenerlo de brazos y piernas, pero él luchaba por zafarse. Ariel podía ver a Rasputín entre los diputados, y cómo ellos sin darse cuenta atravesaban el cuerpo del monje igual que si estuviera hecho de luz; un holograma. Sin embargo, Ariel sí podía ver y sentir su entidad sólida y fuerte.

Rasputín metió más la mano en la boca del pobre hombre, y éste escuchaba su propio corazón acelerado. Todos vieron como la boca de Ariel se explayó totalmente, mientras oían su mandíbula romperse. La piel de su cuello se expandió como abriendo espacio a algo grande que pasaba por su garganta. Entre el dolor, apenas pudo pensar que hubiese dado todo lo que tenía para que el sufrimiento parara. Ni siquiera podía articular palabra alguna para pedir la ayuda que su mente gritaba con desespero.

Ariel bramó, convulsionó y se retorció más fuerte aún. Rasputín rió con la boca abierta, apretando los dientes como expresión de esfuerzo al oprimir el corazón de Ariel. Un chorro de sangre más potente salió de la boca del diputado y salpicó a los parlamentarios a su alrededor. Ariel ya no gritaba ni se movía, yacía tirado en el piso con los ojos abiertos y su boca explayada.

Ricardo se limpió la sangre de su cara y le tomó el pulso a su amigo en su muñeca. Luego, con sus ojos acuosos miró afligido a todos.