Capítulo 4. Triunfos oscuros

Cuando Julián y Alonso entraron al restaurant, las personas allí presentes habían estado viendo, en un gran televisor situando en el centro del salón, toda la información sobre la marcha estudiantil y como fue atacada con violencia por la policía. Solo con ver a ambos jóvenes llevando en sus manos los restos de las pancartas con mensajes contra Arlex era suficiente para conocer su historia, más aún si aquella imagen era acompañada por la sirena de la patrulla.

—Métanse al baño de mujeres escóndanse allí —dijo una mujer madura vestida con elegante bléiser, que salía de la barra.

Julián y Alonso la miraron con extrañeza.

—Soy la dueña, hagan caso.

—No vayan a salir —dijo Silvia, una obesa mujer de cincuenta años de edad, muy voluminosa, que salía de la cocina secando su cara sudada  con una pañoleta que se quitó de su cabeza.

—Vayan —insistió un hombre, uno de los comensales en una mesa cuando vio que el nerviosismo tenía a ambos chicos casi paralizados.

Julián y Alonso reaccionaron y corrieron al baño de mujeres.

Víctor irrumpió abriendo de forma violenta la puerta. Se presentó ante la dueña y le explicó lo que buscaba. La mujer aseguró que ningún estudiante había entrado allí y les recomendó ir a buscar delincuentes en vez de jóvenes indefensos.

Víctor y su acompañante buscaron en la cocina y en la bodega, mientras otros dos policías aguardaban dentro de la patrulla en la calle justo en la entrada del restaurant. Estos dos últimos reiniciaron la persecución cuando vieron a un joven veinteañero usando una franela sucia y rota, que comenzó a correr por la calle cuando los vio. Asumieron que se trataba de un estudiante y fueron tras él, confiando en que Víctor se las arreglaría con su compañero.

—Revisa tú el baño de hombres y yo, el de mujeres —ordenó Víctor desde la cocina. La obesa cocinera y la dueña, que aguardaban en el salón principal, lo oyeron.

—Los van a descubrir, Silvia —susurró la dueña con un sollozo de preocupación.

—Ya sé que voy a hacer —indicó la cocinera.

La mujer corrió por en medio del salón hasta el baño de mujeres, mientras los rollos de grasa se sacudían alrededor de su cintura bajo su piel. Una vez dentro encontró a Julián y Alonso pálidos con gestos de temor.

—Escóndanse en los cubículos y no se asomen —dijo ella, al tiempo que se desabotonaba la blusa de su uniforme.

Los jóvenes obedecieron, entraron cada uno a un cubículo, cerraron las puertas y se subieron sobre el inodoro.

Víctor y el otro policía se reunieron de nuevo en el salón principal, y oyeron a la gente molesta que los conminaba a cazar delincuentes y no a estudiantes. Ninguno de los dos se inmutó y caminaron directo a los baños. El compañero de Víctor entró al de hombres y éste último hizo lo mismo en el de mujeres. Afuera, todos se mantuvieron expectantes con el aliento sostenido. El grito de un hombre los hizo correr hacia la puerta del baño de damas, de donde parecía provenir el bramido. El otro policía, con su arma desenfundada, salió del baño de hombres.

Víctor salió del baño con rictus de terror, con sus manos sobre su cara.

—¡Estaba desnuda, esa gorda estaba desnuda! —jadeó—. Vámonos de aquí, esperaremos afuera con la patrulla.

—¿Cuál patrulla? Se fue hace rato —dijo la dueña.

Víctor corrió a la puerta de vidrio y vio que lo dicho por la mujer era cierto.

—Creo que los estudiantes que buscaban se fueron luego de irse la patrulla —añadió un comensal.

—Vámonos, tuvieron tiempo de sobra para escapar, yo no volveré a entrar a ese baño por nada del mundo. Me pagan por hace trabajo sucio, pero no tanto —dijo Víctor.

Los dos oficiales se fueron, mientras todos comenzaron a golpear sus cubiertos contra sus platos en señal de repudio.

Los jóvenes salieron del baño de damas acompañados de la cocinera ya vestida.

—Para algo bueno me tenía que servir este cuerpo que Dios me dio —dijo Silvia riendo y provocando la risa de los demás.

Uno de los mesoneros cerró la puerta de la entrada con seguro y bajó las persianas. Silvia y la dueña del restaurant abrazaron a los muchachos y notaron lo frío que estaban. Les acercaron unas sillas para que descansaran y se calmaran, y los dieron vasos con agua azucarada. Los chicos percibían sus piernas como si fueran bloques de hielo, y sus labios, aunque se mojaban por el agua, seguían secos. No podían hacer que sus corazones dejaran de palpitar de forma desbocada, pese a que el peligro había pasado por ahora. 

—Gracias. —Julián lo dijo aún sin aliento, con un hilo de voz, luego de tragar agua con dificultad porque su garganta pulsaba como si su corazón estuviese en ésta, preparado para salir corriendo.

Todos en el salón los aplaudieron y mostraron a los jóvenes sus respetos y admiración por salir a protestar en la calle. Los muchachos agradecieron la muestra de apoyo; sin embargo, Julián les señaló la necesidad de que todos manifestaran en la calle su rechazo a Arlex, no solo los estudiantes, sino toda la sociedad civil, pues no era justo que la mayoría viera por televisión a otros librar una lucha en la calle que era de todos. Las personas se encogieron de hombros al escuchar aquella verdad.

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Diez jóvenes de poco más de veinte años de edad que usaban el uniforme de la Policía Nacional permanecían parados firmes frente a la tabla de Rasputín, con sus miradas clavadas en los ojos de la imagen del monje por petición de Raymundo allí presente. Las bancas de la capilla secreta estaban repletas de uniformados policiales y también de militares de Caribea de alto rango, sentados uno al lado de otro, casi apretujados. Podían verse algunos con sus uniformes de la Aviación, Ejército, Guardia y la Marina provistos de gran cantidad de insignias. Ninguno se movía y sus vistas se apreciaban perdidas mirando hacia la nada.

—Ninguno de ustedes tendrá piedad —dijo Raymundo parado frente a los diez jóvenes oficiales, a un lado de la tabla detrás del altar—. Serán despiadados contra aquel que desafíe la revolución de Arlex Borjas. Todos los que estén en contra de los principios socialistas son traidores, sus enemigos a muerte. Serán inclementes contra ellos porque buscan la destrucción de la patria y ustedes están en el deber de defenderla. Ustedes no dudarán en disparar sus pistolas contra sus cabezas o destrozarlos con sus propias manos cuando les sea ordenado. Si están usando sus uniformes procuren no atacarlos en las calles a la vista de todos, o nuestro gobierno sería objeto de sanciones internacionales. Usen ropa civil y cúbranse sus caras en caso de tener que matar a esos traidores en la calle. Serán fieles a Arlex Borjas y Rasputín para toda la vida, desde hoy sus almas pertenecen a él. —Raymundo señaló al monje.

Mientras cada uno de los diez jóvenes escuchaba las directrices que Raymundo daba, se hacían conscientes que lo dicho por el psiquiatra sobrepasaba los límites de su lealtad por Arlex. Uno de ellos, Adrián, de barba corta, muy delgado, de grandes pómulos y largo mentón, pensaba en su bebé recién nacido en brazos de su esposa. “¿Cómo podría mirarlo a los ojos en el futuro, sabiendo que su padre era un asesino?”.”¿Qué le diría a su esposa?”.  El presidente Borjas debe tener alguna perturbación mental como lo dicen los dirigentes opositores, es la única explicación de todo aquello que Raymundo está pidiendo. El chico tomó la decisión de seguirle la corriente al psiquiatra hasta que terminara aquella reunión y luego no volver a la estación de policía, renunciaría y buscaría otro empleo.  Entonces el joven, no supo cómo, ya no tuvo control de sus pensamientos y una escena muy real vino a su mente: su esposa cargaba a su bebé en brazos, sola en casa. Unos fuertes golpes sonaron contra la puerta. Una turba iracunda embestía con rudeza contra la madera hasta que la misma se vino abajo. Por la puerta entraron Ricardo, Leonardo, Roberto y gran cantidad de personas llevando pancartas con mensajes escritos de rechazo a Arlex. Todos estaban armados con palos de los que sobresalían puntas de clavos. La mujer gritó, la multitud feroz se le fue encima y la golpeó sin piedad, sin atender a sus gritos suplicantes ni al llanto del bebé. Rasputín en cuerpo presente se encontraba parado al fondo de un rincón, inmutable, viendo a la mujer ser asesinada. Luego Adrián percibió la mirada del monje puesta sobre él.

De pronto el joven experimentó un repentino e inexplicable odio a muerte contra los políticos opositores, como si en verdad sintiera que ellos fueran capaces de matar a su esposa e hijo, casi como si ya lo hubiesen hecho. Ahora sentía que era capaz de matarlos por el bien de su familia.

—Serán leales a Rasputín y a Arlex Borjas —dijo Raymundo tajante.

—Sí —dijeron autómatas los jóvenes casi al unísono, incluyendo Adrián.

—Trae a los otros diez —le ordenó Raymundo a Víctor parado a su lado.

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En la siguiente sesión de la Asamblea Nacional, días después, tuvo lugar la votación por la propuesta de derogatoria de la Ley de Expropiaciones. La misma fue mantenida y presentada por el diputado Ricardo González en honor a su fallecido amigo Ariel Gómez, quien fuera su autor original. El salón de sesiones contaba con la presencia de los 167 diputados en sus curules, ahora con el diputado Esteban reemplazando a Ariel. También estaban allí los periodistas preparados en los palcos apuntando con sus cámaras. Luego de la terrible muerte de Ariel, los medios de comunicación habían aumentado su interés por reportar las sesiones del parlamento nacional, pues la prensa y la televisión obtuvieron buenas ganancias en la venta de periódicos y en audiencia, cuando informaron de la muerte. Por eso los profesionales de la información tenían mucho entusiasmo por reportar desde allí y esperaban la ocurrencia de otro evento fuera de lo común que les aportara dividendos.

Ricardo estaba seguro que los opositores lograrían la derogatoria. Solo necesitaban 84 votos a favor, y hasta el día de la sesión donde Ariel murió tenían 110, luego que éste último se abstuviera en su voto. Ricardo había conversado con Esteban y él le garantizó apoyar la derogatoria de la ley al igual que todos los diputados de la oposición. El diputado confiaba contar con amplia ventaja; en tan pocos días era casi imposible que 28 diputados de reconocida trayectoria opositora al gobierno de Arlex fueran a cambiar su postura para dejar la votación en solo 83 votos a favor de la derogatoria.

Mientras iniciaba la sesión, Ricardo forzaba su mente para entender lo que había pasado con Ariel. Desde ese día revolvía su cabeza para entender la causa de que repentinamente hubiese cambiado su postura con respecto a Arlex. En un momento hablaba exacerbado contra él, y solo minutos después lo proclama su líder, y además se abstenía de votar por designar los nuevos jueces que destituirían a Borjas. ¡¿Pero qué diablos le había pasado?! Ricardo había tenido una reunión con los otros miembros del partido Nueva Esperanza donde tampoco se pusieron de acuerdo en torno a una explicación única. Algunos opinaron que fue sobornado por Arlex, por una gran cantidad de dinero a cambio de que se abstuviera de votar, y le fue suministrado un veneno de lenta acción para asegurarse de que luego no lo delatara; otros señalaron que le fue suministrada alguna droga para controlar su voluntad la cual afectó su organismo y le provocó la muerte.

 —Siguiendo la agenda, votaremos por la derogatoria de la Ley de Expropiación; propuesta mantenida por el diputado Ricardo González. Aquellos a favor indíquenlo con la señal de costumbre —anunció la diputada Liliana desde su curul, a través del micrófono y Ricardo regresó de su viaje mental.

Ricardo recibió una amarga sorpresa y su salivación comenzó a detenerse cuando vio a más de una veintena de diputados opositores que se abstuvieron de levantar la mano; entre ellos, Esteban y Liliana. Ricardo los miró con estupor y su ritmo cardiaco se aceleró.

—83 votos a favor señora presidenta —informó el secretario luego de contar los votos.

—Ley no derogada. Diputado Ricardo, han perdido el apoyo de 28 diputados —dijo Liliana generando el desconcierto de los opositores, quienes clavaron sus miradas sobre ella—. Veo con satisfacción a muchos parlamentarios opositores rectificando. Y quiero anunciar que hoy, yo también rectifico mi posición política para dar todo mi apoyo al presidente Arlex Borjas, en quien confío puede llevar a este país a la grandeza.

Los murmullos de incredulidad reverberaban por todo el lugar.

—Anuncio también la renuncia a mi cargo y que hoy sea votado un nuevo presidente de la Asamblea Nacional.

—Creo que han reflexionado y se han dado cuenta que estaban del bando incorrecto. Ya la oposición perdió la mayoría. —Celia sonreía con descaro y su sarcasmo era más que evidente.

Los murmullos de revuelo se incrementaron, referidos todos a la actitud de los 28 diputados que no levantaron la mano; los últimos comentarios de Liliana fueron tachados de traición por sus compañeros de partido. Ricardo y los otros diputados que apoyaron la derogatoria se levantaron de sus asientos y caminaron hacia los opositores abstencionistas, a quienes comenzaron a recriminar su comportamiento. Esteban, Liliana y los otros ignoraron sus reclamos, solo se limitaron a recoger sus papeles y computadores personales de las mesas de sus curules, tomar sus maletines y marcharse.

Esa misma tarde, la diputada Celia Ramos presentó su candidatura para ser electa de nuevo como presidenta de la Asamblea Nacional. Ricardo también se postuló, pero fue derrotado. La votación terminó igual que la resultante en la mañana por la derogatoria de la Ley de Expropiación, 84 diputados votaron a favor de Celia mientras que 83 lo hicieron por Ricardo.

En posteriores sesiones, Esteban, Liliana y los demás diputados otrora opositores a Arlex, que ese día se volcaron en su apoyo, cambiaron el lugar de sus curules y los colocaron en el ala del salón donde los diputados del partido de gobierno se sentaban. Desde entonces se les vieron en conversaciones muy amenas entre ellos, como si fueran viejos amigos.

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La siguiente mañana, en el estudio de entrevistas del canal de noticias Focovisión, Zulay Lares dirigía un programa especial en vivo sobre la muerte del diputado Ariel Gómez. Tenía como invitados a Ricardo, al alcalde Leonardo Pérez y al cardenal de Caribea. El lugar estaba decorado con buen gusto, con poltronas para dar comodidad a sus invitados y luces suaves. Mientras tomaban café, las personalidades respondían las preguntas de la moderadora.

Zulay informó, ante las cámaras, que el canal de televisión había pretendido transmitir un video con imágenes de la sesión donde el diputado Gómez murió, el mismo video que ella había mostrado a Ricardo en el cementerio; sin embargo, el gobierno nacional, a través del ministerio de Comunicación, prohibió la transmisión del mismo por considerarlo violento, incluso pese a que los directivos del canal le aclararon que la imagen de la muerte del diputado Ariel sería distorsionada con un efecto especial.

Asimismo, Zulay aclaró que varios médicos cardiólogos habían sido invitados para dar su punto de vista sobre la muerte del diputado. Ellos habían confirmado su asistencia, pero solo minutos antes del inicio del programa informaron no poder asistir por habérseles presentado emergencias médicas qué atender. La periodista no lo dijo, pero pensó que la mano de Arlex actuó para intimidar a los médicos y evitar que acudieran a la entrevista, dado que la versión de los forenses del gobierno, dictaminando que se trató de un ataque cardiaco, resultaba nada convincente para la opinión pública

—Solo voy a decir que, pese a que el gobierno de Arlex Borjas dice que la muerte del diputado Ariel fue un infarto… bueno, no soy médico, pero nunca supe que un infarto provoque convulsiones, le rompa la mandíbula alguien y haga vomitar sangre —expresó Ricardo.

—Alcalde Leonardo, ¿cómo va la recolección de firmas para convocar a referéndum revocatorio del mandato del presidente Borjas? Esta idea fue suya y usted está dirigiendo todo ese proceso, cuéntenos los detalles —preguntó la periodista, ignorando totalmente a Ricardo.

—La Ley de Expropiación no fue derogada en la Asamblea Nacional, ni fue electa una nueva Corte Suprema de Justicia —respondió mirando desconcertado a Zulay y luego a Ricardo—. Ahora apelamos al pueblo para salir de Borjas. Hay muchos voluntarios recogiendo firmas. Pronto completaremos el número de rúbricas que la ley pide para llevarlas a Consejo Electoral y que convoque a referéndum revocatorio del mandato de Arlex con el voto popular.

—Hace un mes que comenzó la recolección de firmas, ¿cuántas firmas son necesarias según la ley?, ¿cuántas llevan recolectadas?

Leonardo se encogió de hombros y se mostró algo esquivo al responder.

—Bueno… la ley exige la firma de un millón de personas, eso es el 10% de los electores en Caribea que son diez millones. Hasta ahora, llevamos más o menos 90 mil firmas…

—Sobre esto tenemos imágenes, rueda videotape. —Zulay dio una señal con su mano al equipo de producción, para que un video fuera transmitido en el acto. El video mostraba en la calle a varios jóvenes con unas planillas en sus manos, sobre unas carpetas, sosteniéndolas mientras la gente sonriente estampaba su firma sobre dichas planillas. La transmisión del video terminó y de nuevo las imágenes de la entrevista estuvieron en pantalla.

—Quería puntualizar algo, Zulay, si me lo permites. —Ricardo hablaba en un tono bastante sumiso—. Quiero mostrar mi rechazo sobre la reprochable conducta de 28 diputados opositores que, traicionando al pueblo que los eligió, votaron en contra de derogar la Ley de Expropiación, una ley mediante la cual el gobierno nacional le roba a la gente su propiedad privada, y digo robar, porque el gobierno no paga el precio justo por las empresas que le quita a las personas. Le paga incluso menos de la mitad de lo que valen. El gobierno los debe haber sobornado, porque no es posible que alguien cambie sus ideales y sus creencias en tan poco tiempo. Ariel fue el autor de aquella propuesta para derogar esa ley, que pretendía hacer respetar el sagrado derecho a la propiedad, y parece que para ellos la extraña muerte del diputado Gómez fue en vano.

—Diputado Ricardo, el gobierno rechaza las cifras de inflación que maneja la oposición y dice que manipulan cifras. —Zulay hacía otro evidente cambio de tema, dejando claro que no deseaba abordar nada que tuviera relación con la muerte de Ariel.

—Evidentemente Arlex Borjas viola la propiedad privada, expropiando empresas —respondió—. Ello daña la capacidad productiva del país. Un empresario conoce muy bien su empresa para gerenciarla con eficacia. El sector público no la conoce y la gerenciaría mal llevándola a la improductividad, a la ruina. Bajó la inversión privada extranjera por temor a que el gobierno expropie al inversor. Todo esto genera la  reducción de oferta de bienes que se produce, mientras la demanda de los mismos bienes se mantiene igual, generando alta inflación…

Al mismo tiempo, dentro de un gran edificio de imponente y lujosa fachada, con un letrero en su entrada en el que se leía “Industrias Lácteas Los Andes”, terminaba una importante junta de preocupados directivos. Las autoridades de aquella industria productora de leche tenían relaciones neutrales con el gobierno, pero buscaban estrechar mejores lazos para evitar futuros conflictos que entorpecieran su funcionamiento y que los hiciera perder dinero en sus ventas.

El gran salón de reuniones era amplio y lujoso, con ventanas panorámicas a la ciudad desde el piso treinta. Alrededor de una larga mesa se ubicaban sentados doce hombres de entre treinta y sesenta años de edad, vestidos con ostentosos trajes y cada uno con una laptop sobre su puesto. A la cabeza de la mesa estaba un hombre con una placa de metal sobre su puesto que rezaba “Elías Salazar, Presidente”. Él era delgado, de cincuenta años de edad, usaba un bigote recortado con fineza, y transmitía una fuerte confianza y seguridad en sí mismo. Todos miraban, en el gigantesco televisor de pantalla plana, el programa de entrevistas de Zulay Lares.

—Cualquiera sabe que una empresa privada expropiada y gerenciada por el gobierno está condenada a la improductividad —comentó Elías sacudiéndose una pelusa sobre su corbata—. El gerente público no trabaja con su propio dinero, sino con el dinero de impuestos y renta petrolera. Por eso al gerente público no le duele la empresa pública, y no se preocupa por hacerla productiva con ganancias. Solo este gobierno lo ignora o se hace el tonto.

—Me preocupa más los rumores que hay sobre el supuesto control cambiario que el gobierno quiere implementar —dijo uno de los directivos sin dejar de ver la televisión—. Y Arlex Borjas no termina de desmentirlos o confirmarlos.

—Les diré algo. —Elías resopló—. Tengo amigos en el ministerio de Economía, y me han dicho que Borjas busca la aprobación de una ley para que sea el gobierno el único ente que venda dólares a empresarios, para que éstos exporten sus mercancías. Las casas de cambio ya no estarán autorizadas para hacerlo. Todos sabemos que necesitamos importar insumos de producción, como maquinarias, ya que en Caribea lamentablemente no existe tecnología para construir tales maquinarias. Es seguro que Arlex Borjas no venderá dólares a los empresarios reconocidos como opositores, y deberán… o deberemos comprar dólares más caros en el mercado negro, trasladando ese costo al precio del producto final de venta, claro elevando la inflación. Es todo un desastre.

Mientras, en la oficina presidencial del Palacio de Gobierno de Caribea, Arlex también se entretenía viendo la entrevista de Zulay a través del televisor. Tulio, su hijo, lo acompañaba de pie a su lado. Zulay pidió al cardenal Vázquez hacer un llamado por la paz, en ese ambiente de tensión política que se volvía constante en Caribea. La respuesta del cardenal molestó a Arlex, quien había estado contento con la evasiva actitud de Zulay para abordar el tema de la muerte de Ariel.

—Exhorto al Gobierno a la paz y respeto por la disidencia —dijo el cardenal—. Condeno la violencia policial contra la gente cada vez que salen a manifestar. Pido a Dios porque los estudiantes desaparecidos en la última manifestación aparezcan sanos. En la misma murió un hombre con un disparo en la cabeza y el gobierno no dice nada.

Arlex bajó el volumen del televisor con el control remoto. Tulio, por su parte, tomó asiento junto a él.      

—Si bien Focovisión y otros canales cumplieron las instrucciones para no hablar  del tema de la muerte de Ariel, pienso que de todas formas hay que neutralizar a Focovisión; es el canal de televisión más peligroso —dijo Arlex.

—Con el poder de Rasputín podríamos hacer algo en su contra de forma definitiva, no solo contenerlos con la amenaza de una simple multa —señaló su hijo—. Rasputín nos ha dado el éxito más rápido de lo esperado reconquistando la Asamblea Nacional. Controlar a los militares también debe ser más fácil; están acostumbrados a obedecer. Por lo tanto, controlar a los periodistas sería pan comido…

—Leonardo dijo que, en un mes, apenas han recogido 90 mil firmas. Si siguen ese ritmo les llevará once meses recolectarlas todas. Aunque no llevan un ritmo tan rápido como esperaban, prefiero quitarme esa amenaza de encima de una vez. Lo haré de una forma que a nadie le quedarán ganas de seguir recogiendo firmas para revocarme…

Las palabras de Arlex fueron interrumpidas de golpe cuando el teléfono sobre el escritorio sonó. Él mismo se dispuso a atender; al parecer su secretaria no se hallaba en la recepción para tomar la llamada, y siendo las 12 del mediodía, supuso que ella se había ido a almorzar. Apenas puso el auricular sobre su oreja un hombre le habló del otro lado de la línea telefónica.

—Quiero 500 mil dólares en seis días o el país entero sabrá toda tu relación con Rasputín y lo que hiciste a Ariel. Tengo un video que lo revela todo, que puedo colgar en Internet, y en el que te refieres a tu pueblo como ignorante chusma. Luego te daré más instrucciones. —La voz sonaba distorsionada con algún dispositivo especial para cambiarla y evitar su identificación.

El chantajista terminó la llamada antes de que Arlex pudiera decir algo. Éste colgó el auricular, muy preocupado, con su ritmo cardíaco elevado.

—Tulio, alguien del círculo nos ha traicionado. Quien me llamó… pedía 500 mil dólares para no colgar en Internet un video que revelaría nuestra relación con Rasputín. La voz estaba alterada con algún dispositivo. —A Arlex le temblaba voz, lucía bastante pálido y descontrolado.

Tulio se levantó de su silla con premura y revisó el identificador de llamadas del teléfono.

—La llamada fue de un número oculto. Pero la voz quedó registrada en la grabadora. Podemos analizar la voz, recomponerla e identificarla —aseguró.

—Hazlo cuanto antes. Esto es grave. —El presidente lanzó un largo resoplido, se puso de pie y pasó su mano por sobre su cabello.

Al mismo tiempo, en el canal de noticias Focovisión, la entrevista había terminado. Detrás de cámaras, Zulay explicó a Ricardo el motivo de su indiferencia ante su intento de abordar el tema de la muerte de Ariel y le ofreció sus más sinceras disculpas. La periodista le aseguró ser muy profesional y no tener miedo de decir la verdad. Siempre se hacía responsable de sus actos y asumía sus consecuencias, pero no quería que nadie más pagara por los efectos de sus acciones. Frente a las cámaras, ella evitó ahondar en la muerte de Ariel, pues ya el gobierno nacional había dejado claro que le incomodaba el tema y advirtió que si el video de Ariel  era transmitido, los canales de televisión partícipes en el hecho serían multados con una cantidad de 950 millones de olivos. Ésta era una suma equivalente a novecientos mil dólares; suficiente para dejar a cualquier canal de televisión al borde de la ruina. Igualmente serían multados por la misma cantidad, si el video aparecía colgado en alguna página Web, pues los canales fueron responsables de grabarlo y, por tanto, debían ser responsables de que el mismo no fuera difundido. Zulay le explicó a Ricardo que una multa al canal provocaría su quiebra y la pérdida del empleo de muchos de sus compañeros de trabajo, la mayoría de ellos casados y con hijos pequeños.

Aunque él la entendió, no compartió su manera de proceder. La mujer le prometió ayudarlo a investigar la verdad de la muerte de su amigo pero a manera personal, sin poner en riesgo la estabilidad laboral de cientos de personas en el canal.

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El pequeño Diego, a sus apenas diez años de edad, ya tenía un dilema en su mente para pensar, y también un sueño difícil que cumplir. Su fallecido abuelo alguna vez le dijo que cada quien decidía su propio destino con sus acciones; pero, al sacerdote del barrio donde vivía le oyó decir que el destino de todas las personas estaba en manos de Dios, incluso el destino de quienes no creyeran en él. En su carrera para cumplir un sueño tan anhelado, como difícil, se preguntaría además si el destino de las personas estaba en manos de la política, hasta el de aquellas que trataran de pensar lo contrario.

Diego era un niño de mejillas hinchadas, brillantes ojos negros, cabello azabache y, casi siempre, de sonrisa de oreja a oreja. Aquella noche en la hora de la cena fue uno de esos momentos excepcionales en que no sonreía. Algo así era imposible que sus padres lo pasaran por alto. Notaron al chico apesadumbrado, cabizbajo y de hombros encogidos. El niño apenas había probado bocado, mientras ellos ya casi terminaban de comer. El señor Armando compartió una mirada con su esposa, y con sus ojos se preguntaron el uno al otro acerca de la actitud del niño. Por fin el hombre le preguntó a su hijo lo que le ocurría.

—Anoche soñé que participaba en una carrera con la bicicleta que tanto quiero y que por fin había podido comprar —respondió con apatía—. Gané la carrera, sentía que volaba en ella. Es que… hace dos semanas, pasé por la tienda de deportes y vi que la bicicleta que quiero valía 73 mil olivos, la semana pasada el precio subió a 75 mil olivos, ayer pasé por la tienda y su precio era 77 mil. No solo es la bicicleta, ustedes desde hace tiempo se quejan de que la comida está subiendo de precio todos los días muy rápido. ¿Por qué tu sueldo no aumenta también tan rápido, papá?

—¡Ah! Por eso es que las últimas tres semanas me estuviste preguntando el monto de mi sueldo —dijo don Armando quien para el momento tenía las cejas muy arqueadas, y una media sonrisa que le causaba el comentario de su hijo, a quien consideraba muy inteligente para su edad.

—Sí, papá, apenas ganas… —Diego se miró la palma de la mano donde tenía algo anotado—, dos mil trescientos olivos de sueldo mensual, poco más del salario mínimo de Caribea que es… es… —el niño echó una segunda ojeado a su palma—, de dos mil olivos. ¿Por qué tu sueldo es el mismo de siempre, si las cosas que debemos comprar suben a cada momento de precio?

Armando se rascó la oreja, no porque le picara, y pasó su vista a su alrededor, por el humilde comedor que compartía el mismo reducido espacio con la sala de recibo y la cocina. Puso los codos sobre la mesa y posó sus manos sobre el casco de obrero que descansaba a un lado del plato. En su pecho destacaba un carnet asido con un gancho en su overol de obrero en el que se leía: “Cementera Pizolante”.

—Se trata de la inflación… aunque sí, eres muy inteligente; pero, no lo vas a entender. Es difícil de entender para un adulto, imagina para un niño. Ya una vez te lo expliqué y no lo entendiste —le respondió con aflicción sin darle la cara, mientras mojaba el ultimo trozo de su pan duro en una salsa de tomate en el plato—. Pero aunque estés muy niño, sí tienes que entender que la situación del país está muy mal. Mi sueldo apenas nos alcanza para comer tres veces al día, y a veces comemos solo pan para la cena, como ahora; mientras tú te preocupas por una bicicleta, hay gente en la calle comiendo de la basura, muriendo de hambre. —Armando lo dijo todo con un tono suave y melancólico, y Diego bajó la cabeza sin despegar la vista de su pan—. Tenemos un gobierno de un hombre malo, que no sabe hacer las cosas.

—Pero quiero la bicicleta, no solo para jugar con ella; también para prestársela a mis compañeros de clase, la quiero compartir con mis amigos. Muchos de ellos viven muy lejos, a veces no tienen dinero para el transporte público…

Aurelia se conmovió al sentir nobleza en el gesto de Diego. Le acarició el cabello, le pidió tener fe y no perder la esperanza de que algún día pudiera tener una bicicleta. Armando se sintió un hombre afortunado al ver a madre e hijo mostrándose afecto, y se unió a ellos en un abrazo.

Diego no comprendió el concepto de inflación aquella vez que su padre tuvo la paciencia para explicarle de la forma más sencilla posible. Para él, inflación era lo que le pasaba al estómago cuando comía mucho helado y se inflaba. Le pidió también al dueño de la tienda deportiva que se lo explicara. El buen hombre le habló de algo que a Diego le pareció escuchar como oferta y demanda, escasez o algo así. De pronto al niño le pareció que al hombre se le volvían los ojos achinados, su piel amarilla y comenzaba a hablar en un idioma que no entendía. Diego solo quería saber por qué a su padre no le alcanzaba el sueldo para comprarle su bicicleta si trabajaba tan duro. Su papá tampoco se compraba ropa nueva con mucha frecuencia, hacía años que tenía los mismos zapatos viejos y gastados. Se fue de la tienda de nuevo cabizbajo y pateó una piedra en el camino con la que descargó su frustración.

Tan solo dos días después de su maravilloso sueño con la bicicleta, Diego encontró el velocípedo en la vitrina de la tienda con un nuevo precio, ahora valía 79 mil olivos. Ya ni siquiera se quedó a contemplarla, sentía que era un sueño inalcanzable que prefería olvidar.

Cuando faltaba poco para llegar a la escuela vio a un niño de su misma edad, sucio y vistiendo harapos, hurgando en bolsas de basura en un callejón lleno de desperdicios. El pequeño, envuelto en un enjambre de moscas, buscaba con desespero entre los desperdicios, y Diego se conmocionó al ver que se llevaba a la boca los restos del corazón de una manzana. Se tuvo que llevar las manos al cuello cuando percibió que un nudo frío le apretaba la garganta. Al principio se sintió egoísta al preocuparse por comprar una bicicleta, cuando otros niños de su edad no tenían para comer, y, en cambio, él aún podía alimentarse tres veces al día, aunque fuera con un pedazo de pan. Sin embargo, se dijo a sí mismo que aquello no era su culpa, si tuviese mucho dinero le daría de comer a todas las personas hambrientas y además se compraría su bicicleta; pero no podía hacer nada más que solo tener buenos pensamientos.

Caminó desanimado, y cuando cruzó la esquina vio un vendedor de jugos de naranja que vendía cada vaso en 15 olivos, en un modesto puesto que consistía en una mesa de plástico con un pequeño toldo y un gran recipiente de aluminio que contenía el jugo. Sacó su lápiz y cuaderno e hizo una operación matemática en él. Si dividía los 79 mil olivos del precio de la bicicleta, entre 15 olivos del precio del jugo, debería vender 5.266 jugos para comprar la bicicleta. Le gustaba las matemáticas e hizo muy fácil el cálculo.

—Señor pero si la semana pasada cada vaso costaba 10 olivos. Y estos vasos son más pequeños —le reclamó al vendedor una mujer que se detuvo en el puesto de ventas de jugos.

—Ay, señora todo está más caro, las naranjas, el azúcar subió de precio, yo tengo una familia que mantener. Yo no la estoy obligando a comprar —respondió el hombre.

Diego siempre pasaba por el mismo puesto, y apenas había notado que en las últimas semanas el número de personas que compraban aquellos jugos había descendido.

—Si el hombre siguiera vendiendo cada jugo en 10 olivos —pensó mirando al cielo—, necesitaría vender 7.900 vasos para comprar la bicicleta, pero más gente vendría a comprar porque sería más barato.

Esa mañana no fue a la escuela, en vez de eso, se quedó en el puesto de jugos durante una hora anotando en su libreta cuántos vasos de jugos fueron vendidos en esa fracción de tiempo, y fueron 20 en total. Diego tuvo la idea de dedicarse a vender jugos para reunir dinero y comprar su bicicleta. Cada vaso lo vendería a 10 olivos, un precio más bajo que otros vendedores, pero eso haría que mucha gente los comprara. Si se dedicaba cada tarde, de 2 pm a 6 pm a vender jugos, serían 20 vasos vendidos cada hora, lo que sumaría 80 vasos vendidos por tarde. Necesitaría 99 tardes para reunir lo que costaba la bicicleta. Más de 3 meses. Si la bicicleta subía de precio en ese tiempo, él subiría los precios de los jugos, pero siempre los mantendría más económicos que los otros vendedores. Esos eran sus cálculos. Estaba seguro de que si tenía los precios más bajos que otros vendedores, vendería más vasos por día, incluso podría vender el doble y reunir el dinero en mes y medio.

—Sí puedo lograrlo —pensó el niño en voz alta, con una alegría similar a la de estar sentado frente a un gigante helado de chocolate—. Ningún gobierno malo me impedirá comprar mi bicicleta.

El hombre que vendía jugos vio al niño anotando durante una hora en su libreta. Cuando al fin tuvo un tiempo libre entre cliente y cliente, le preguntó qué hacía.

—Estaba planificando el negocio de mi vida —respondió y se fue corriendo dando saltos con alegría.

En el almuerzo, Diego les planteó a sus padres su idea de vender jugos frente a su casa y así reunir dinero para comprar su bicicleta. Tenía días pensando la mejor forma de decírselos por temor a que le negaran el permiso y creyó que era mejor ser directo.

Armando ripostó un “no” rotundo que parecía irreversible. Él era el jefe de la casa, quien debía proveer el sostén familiar. Dejar que su hijo trabajara era tanto como reconocer que había fracasado en su función de padre de familia. Aurelia le sobó un hombro a Armando y le aseguró que había cumplido muy bien su papel de padre y esposo. Nunca había faltado la comida, ni la ropa, ni la educación de su hijo. Una bicicleta no entraba en el paquete de responsabilidades; pero podía enseñar a Diego a luchar por las cosas que quisiera, si dejaba que vendiera jugos. Ella lo ayudaría en las tardes, vendería frente a la casa, estaría pendiente de él, ella prepararía los jugos y vería que los clientes pagaran lo que correspondiera. No estaría solo y vería que hiciera la tarea escolar.

Armando por fin sucumbió al argumento de su esposa. Después de todo, ser buen padre también implicaba enseñar a un hijo el valor del trabajo tanto como del estudio. Si su trabajo de medio tiempo no interfería con sus estudios, aceptaría, y le advirtió a Diego que verificaría constantemente sus calificaciones escolares. Armando y Aurelia dudaban que Diego pudiera reunir el dinero para comprar una bicicleta nueva; pero, pensaron que tal vez pudiera lograrlo para una bicicleta usada, la cual podía conseguirse a un precio más económico. Acordaron, sin decirle a su hijo, que cuando el niño tuviese una cantidad ahorrada verían si alcanzaba para comprar una bicicleta usada y ellos podrían ayudarle a completar el dinero que le faltara. Sabían que sería frustrante para Diego no ver su sueño cumplido, luego de tanto esfuerzo y querían evitarle esa decepción.

Una docena de naranjas costaba siete olivos, el kilo de azúcar seis olivos y el paquete de vasos plásticos cinco olivos con cincuenta centavos. Esos eran los precios que madre e hijo vieron en el supermercado cuando fueron a comprar los ingredientes para el negocio, el sábado en la mañana. Ambos se dedicaron a la preparación del jugo sacando el zumo de la naranja y mezclándolo con poca agua para que la bebida pudiera ser lo más pura posible. Depositaron todo en un recipiente de plástico con capacidad de 40 litros, la llevaron sobre una carretilla hasta el frente de la casa y la colocaron sobre la acera bajo un árbol de almendras. Un cartel con el precio de “10 olivos por vaso” completó la decoración del puesto sobre una mesa de madera. El escenario del negocio era el frente de una calle con aceras rotas, casas con fachadas agrietadas y la calzada de la calle con baches.

Aurelia lo acompañó en sus primeros momentos como comerciante, aunque él le dijo que no era necesario. La madre se sentía orgullosa de su hijo.

                     *******

Franco y Roberto estaban confinados en una pequeña y sucia celda con barrotes y muros de ladrillos, de tres metros por tres metros. El moho se acumulaba en los rincones, el olor a humedad flotaba en el aire, el calor era abrasador. Ambos llevaban cadenas en sus tobillos, adosadas al muro. Sus semblantes expresaban cansancio: demacrados, sucios, delgados. Las luces eléctricas de las pocas lámparas de techo que había eran opacas y titilaban, como si hubiese una permanente fuente de interferencia eléctrica. Se mantenían en silencio, con sus ojos entrecerrados a punto de dormirse o tal vez recién despertados, abatidos por el cansancio de noches en vela. No había camas, yacían tirados en el piso.

Franco, acostado sobre su espalda, veía en silencio a Roberto, quien llevaba sentado horas recostado a un muro, con su mirada melancólica puesta en el infinito. El presidente del centro de estudiantes era consciente de su error al haber actuado tan temerariamente al momento de dirigir la marcha estudiantil, y no haber hecho caso de tantos rumores sobre la emboscada. Reconoció dentro de sí que se dejó llevar por el deseo de ser visto por los demás como un valiente que iba de primero en la marcha, para ser alabado, a pesar los rumores. En el fondo, en verdad creía que Arlex no se atrevería a tanto, porque en otras oportunidades la represión de los cuerpos policiales no había pasado del lanzamiento de algunos gases lacrimógenos a los que ya se había acostumbrado respirar. Nunca la policía había golpeado a la gente y menos tan salvajemente, ni había acometido arrestos. Todo eso, lo hizo verse a sí mismo como un fracaso de líder.

—No fue tu culpa. —Franco se sentó. Roberto no se sorprendió de que el chico adivinara lo que pensaba. Casi siempre lo hacía.

—Debí suponer que algo así pasaría. Ahora veo que Arlex Borjas es capaz de todo. —Roberto salió de su letargo y hablaba con desanimo, sin despegar la mirada del piso—. Siento que llevé a todos a una trampa mortal. Muchos me advirtieron de los rumores de la emboscada en la marcha y no quise escucharlos. Un líder debe oír a sus seguidores, por no hacerlo… por mi soberbia llevé a todos a una trampa.

—Eres muy duro contigo a veces, te exiges de más. No puedes saberlo todo ni hacerlo todo, eres humano…

El sonido de un par de voces en la lejanía les hizo guardar silencio, aguzar sus oídos y ponerse en alerta para escucharlas mejor.

—Leí cosas interesantes en los avances descifrados del contenido del diario; la influencia de la luna sobre la mente —comentó Raymundo a lo lejos, quien parecía salivar en exceso al hablar—. La luna influye en el agua del planeta para formar las mareas, el cuerpo humano está formado de agua, incluso el cerebro. Por eso la mente puede ser influenciada por la luna cuando esté más cerca de nuestro planeta. Aquí dice cómo controlarla. Ya sometí a once diputados más. Mañana seguiré. Pero aclárame una gran duda… ¿Por qué complicarse en dar apariencia legal y democrática al gobierno buscando mayoría parlamentaria, si puede usarse la fuerza militar para someter a la gente de forma más sencilla?

Arlex y Raymundo caminaban por un largo pasillo en los calabozos de los sótanos secretos del Palacio de Gobierno. Pasaron cerca de la celda donde Roberto y Franco eran prisioneros, lo suficiente para ser oídos por los jóvenes cautivos.

—Caribea es miembro de la Sociedad de Naciones Democráticas —respondió Arlex—. Si no aparentamos democracia, este organismo internacional puede imponernos severas sanciones económicas; dejarnos de comprar petróleo por ejemplo. Te explicaré…

Arlex y Raymundo entraron por una de las muchas puertas que había en ambos extremos del pasillo, mientras que en su celda, Roberto y Franco forzaron más sus oídos para tratar de reconocer sus voces.

—¿Escuchaste de lo que hablaron? —preguntó Franco susurrando—. ¿Control mental? ¡Dios!, esto es una locura. ¿Dónde estamos, Roberto?

—Sí, lo oí —respondió también susurrando—. Lo cierto es que el gobierno es responsable de que estemos aquí; nos trajo la policía. Debemos hallar cómo escapar.

—Una de esas voces me pareció muy conocida —añadió Franco.

—A mí también, pero no logré identificarla.

Mientras, Arlex y Raymundo continuaron conversando sobre lo inconveniente de ejercer el gobierno por el poder de las armas de forma tan evidente, aun cuando ellos tenían control de toda la fuerza armada de Caribea, o al menos eso pensaba Arlex. Ambos entraron en una especie de salón de reuniones habilitado, de unos diez metros por cinco metros, con una larga mesa de madera en el centro y varias sillas alrededor. Había otro retrato de Antonio Olivo a escala natural colgado en una pared.

Raymundo se sentó. Arlex sacó un par de cervezas de una nevera ejecutiva en un rincón y le dio una a Raymundo, mientras él también tomaba asiento.

—Caribea forma parte de varios organismos internacionales —dijo Arlex—. El más importante es la Sociedad de Naciones Democráticas. Entre sus funciones, tiene el deber de velar porque se mantenga un alto nivel de paz y estabilidad política dentro de los países que la integran, para no perjudicar las relaciones internacionales, sobre todo las relaciones económicas internacionales entre todos los países miembros. Para formar parte de ella, es necesario que cada país escoja su respectivo gobierno en elecciones limpias y mantenga un funcionamiento dentro de la legalidad; no violar derechos humanos; poderes públicos independientes, etc. De no mostrar legalidad en nuestro funcionamiento, seriamos expulsados de ese organismo y los países miembros están obligados a no comerciar con nosotros. Nos harían bloqueo comercial con terribles consecuencias para nuestras finanzas. Por eso no podemos ejercer el gobierno por la fuerza, por el poder de las armas de forma tan evidente

—Pero tenemos unas de las mayores reservas de petróleo en el mundo —replicó—. Eso nos da poder frente a los otros países ¿o no?

—No somos los únicos. Muchos otros países también tienen inmensas reservas. Tenemos más que perder. Nos dejarían de comprar nuestro petróleo, y tendríamos que aprender a comerlo para no morir de hambre. No queremos que nada de eso suceda.

—Entonces, sería buena idea que Rasputín habitara en la mente de todas las autoridades que integran la Sociedad de Naciones Democráticas, para que todo lo que decidan sus embajadores siempre sea a nuestro favor, ¿no crees?

—Por supuesto, esa es la idea —respondió Arlex sonriendo—. Todos caerán. ¿Te imaginas al Embajador de Estados Unidos votando a favor de condonar la deuda que muchos países, como el nuestro, tienen con el Fondo Monetario Mundial? ¿Imaginas a un primer presidente “Republicano Socialista” de Estados Unidos, decretando la salud y la educación universitaria pública? ¿O ese mismo presidente decretando la expropiación de la cadena de restaurantes McRonalds y cambiar su menú por comida que no envenene a la gente? ¿Imaginas eso? Todo eso será posible, lo juro por mi vida.

Arlex y Raymundo rieron a carcajadas. Raymundo se ahogó con la cerveza.

—Todo eso vendrá, pero primero debemos asegurar la estabilidad y control en nuestro país. Luego el poder de Rasputín y el nuestro se expandirá por todo el orbe.

Ambos brindaron con sus botellas sin parar de reír.

                     *******

Roberto despertó atado a una silla, en una habitación en penumbras. Sus labios le ardían; resecos en extremo, y sentía su cabeza muy pesada ladeando de un lado a otro con dificultad para erguirla en un primer momento. Tenía un sabor de boca muy amargo, y su nariz algo congestionada por el intenso olor del moho y la humedad. Las cuerdas en sus brazos y piernas le cortaban su flujo sanguíneo. La tabla de Rasputín estaba ubicada frente a él, a escasos sesenta centímetros. Él podía ver la imagen del monje a pesar de la penumbra en el ambiente.

—Tiberio me habló de ti —dijo una ronca voz detrás de Roberto, que en seguida le hizo presentir que las cosas se pondrían peor para él.

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