Capítulo 5. El castigo al traidor

Arlex caminó desde atrás de la silla, a paso lento pero seguro, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Raymundo lo acompañaba.

—Tiberio me dijo que podrías sernos útil —añadió ya de frente a Roberto, a un lado de la tabla.

A Roberto no le sorprendió que Arlex estuviera detrás de su secuestro y el de sus amigos, pero sí el hecho de que se presentara él mismo ante su persona, teniendo muchos secuaces para hacer el trabajo sucio. Además le generó gran curiosidad la imagen de Rasputín en aquella tabla. No era experto en historia rusa, pero el monje era famoso. Cualquiera que hubiese leído sobre la primera guerra mundial y la revolución rusa pudo haberse topado alguna vez con una foto de Rasputín, sobre todo si de un estudiante de Ciencia Política se trataba.

—Así que pretendes… ser un líder —continuó Arlex con un tono sosegado, mientras Raymundo acomodaba la tabla, que consideraba estaba muy inclinada hacia atrás y necesitaba enderezarla—. Pretendes ser el líder que me venza, el líder que derrote la revolución socialista que yo comando, y además, el que restablezca un gobierno pro capitalista. ¡¿Quieres llevar a Caribea de nuevo a la barbarie?! —Ahora se mostraba irritado y tiró del cabello de Roberto hasta echarle su cabeza hacia atrás.

—¡Suéltame, maldita basura! —exclamó—. No te mostrarías tan valiente, si yo estuviera suelto. Te falta en honor lo que te sobra en cobardía.

Arlex miraba a la imagen de Rasputín mientras tiraba del cabello de Roberto.

—Te voy a encomendar una misión, yo, tu presidente…

—¿Crees que vas a durar para siempre? —preguntó Roberto con una sonrisa de sarcasmo. No podía saciar sus ganas desesperadas de golpear a Arlex, por eso buscaba su punto débil para, al menos, herirlo con palabras. Le amargaba las entrañas verlo con ese gesto de seguridad y arrogancia —. Esa tabla podrá seguir estando en este mundo por cien años, pero tú no. Aunque deseo que vivas mucho para que veas a Caribea ser libre, mientras tu gobierno basura se desintegra. Llegado ese momento, Caribea no perderá nunca más su libertad.

Arlex lo soltó de forma brusca.

—Caribea no será sometida a esa…. “libertad del capitalismo”, un sistema donde las fieras se comen a las ovejas —sentenció—. Primero acabaré con los lobos, para dejar a las ovejas salir del corral. Por algo el pueblo me eligió como su presidente y pastor. La libertad capitalista solo les trajo miseria, yo les doy la libertad socialista de la mano de un líder que se preocupa por ellos, y que distribuirá la riqueza de la nación en partes iguales entre todos. Si todos tienen la misma cantidad de todo, no se envidiarán entre sí y nadie ambicionará lo que el otro tiene, como sí se ambiciona en el capitalismo. Siempre quieren destruir a su prójimo para quitarle lo suyo y apropiárselo para beneficio individual. El gobierno socialista expropia para repartir por el bien colectivo.

—¡Estúpido, el capitalismo no trajo la miseria! fueron los políticos corruptos que gobernaron en el sistema capitalista, y los corruptos existen en cualquier sistema, hasta en tu socialismo de porquería —replicó Roberto en voz alta, ya perdiendo el control y haciendo un gran esfuerzo  para inclinar su cuerpo hacia Arlex, pero  apenas se movió, y se enfurecía más al ver que las cuerdas frustraban su deseo—. Sí, tu gobierno de basura está plagado de corruptos igual que tú. El capitalismo es el mejor sistema porque permite al hombre la libertad de triunfar con sus talentos, sin un gobierno que los reprima, ni les diga a qué precio vender sus productos, un derecho que solo le pertenece al productor.

—Cierra la boca o me encargaré que nunca más vuelvas a hablar —amenazó Raymundo.

—Déjalo que termine sus sartas de mentiras, podría ser lo último que diga en su vida —dijo Arlex, mostrando una cruel condescendencia.

—Es una locura que el gobierno le robe las empresas al empresario que las forjó por años y que le dan trabajo a mucha gente —continuó Roberto, sabiendo en el fondo que a Arlex le molestaba lo que decía, y le consolaba herirlo con sus palabras al no poder hacerlo con sus manos—. Si el pueblo pobre es como un rebaño de ovejas indefensas, es porque ni en el pasado, ni ahora, los gobiernos lo educaron para ser libre. El pueblo se resignó a esperar que alguien les dé el pescado, pero nadie les enseñó a pescar. Cuando nos liberemos de ti, la gente aprenderá a ser libre, aunque yo deba enseñarlos uno a uno.

—¿Ves lo benevolente que soy? —preguntó con un tono muy tranquilo y relajado, con esa sonrisa que a Roberto tanto le hacía arder la sangre—. Te dejé que hablaras toda tu letanía de patrañas hasta la última palabra, pero solo para rebatírtelas. ¿Libertad? En el capitalismo los únicos que tienen libertad son los lobos, libres para perseguir y destrozar a las ovejas, al pueblo. Necesitaban un pastor y aquí estoy yo. Veo que no somos tan diferentes, quieres que el pueblo dependa de ti, ¿hacerte el héroe? ¿Te sientes desolado cuando no hay un grupo que depende de ti? ¿Necesitas siempre que la gente te alabe?

Justo en aquel momento Roberto miró con asombro a Arlex, como si éste hubiese visto dentro de él. En solo una fracción de segundo experimentó un conflicto interno al reconocer que su enemigo político tenía razón en ese último punto; Roberto se sentía fuerte si un grupo dependía de él. Arlex lo abofeteó con fuerza y acercó su cara al rostro del estudiante. Ambos se miraron con fiereza.

—Mírame bien. Esta será la última vez que me veas. No habrá futuro para ti, muchacho. No voy a dejar que vayas en contra del pueblo.

—Nos vamos a ver de nuevo, te lo juro, Borjas. Y te auguro larga vida en la cárcel. Gozarás de tus derechos, pero en la cárcel, en un nuevo gobierno democrático. Y desde la ventana de tu celda escucharás las risas del pueblo feliz y libre. No olvides mi cara —desafió Roberto, expulsando gotas de saliva mientras hablaba. Su rostro se había enrojecido y él podía notar como su cara y orejas se le calentaban. Las venas y arterías de su cuello y sienes se marcaban brotadas en su piel.

Arlex se separó del joven sin decir más. El muchacho sonaba más seguro que él.

—¿Temes llevar a tus seguidores al fracaso? ¿Temes no ser un buen líder? ¿Tienes miedo a no saber qué hacer en una situación difícil como la que se avecina para los opositores? —preguntó Arlex sonriendo—. ¿O miedo a… que nadie dependa de ti?

Roberto se mostró sorprendido. Aquel miedo secreto solo se lo había confesado a Tiberio hacía muchos años. Ni siquiera a sus padres lo había revelado. Muy dentro de sí, guardaba una mínima esperanza de que volvieran ser amigos algún día, pero ésta se esfumó en ese momento. Ahora estaba totalmente seguro que Tiberio era un traidor y no había marcha atrás; era claro que Tiberio le había contado su más íntimo secreto a Arlex sobre aquello que consideraba una debilidad. Apesadumbrado, dejó caer su mirada al piso.

—Ya puedes encargarte de él —le ordenó Arlex a Raymundo cuando vio al muchacho abatido.

El psiquiatra sonrió con una mueca de satisfacción, mientras Arlex caminaba hacia la puerta sin mirar atrás. Una vez que se retiró, Raymundo se frotó sus manos, salivó y tomó a Roberto por su cabeza.

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El sábado en la mañana, Diego, acompañado de nuevo por Aurelia, atendió a sus primeros clientes del día. Se trataba de la señora Ana y la señora Silvia, la regordeta mujer que ayudó a Alonso y Julián a escapar de Víctor en el restaurant. Ambas vieron con beneplácito el emprendimiento del niño. Lucía, la pequeña hija de Ana, la acompañaba y también le pidió un jugo a Diego, y éste le prometió que cuando comprara su bicicleta él la llevaría de paseo. La niña era una delgada morena de diez años de edad, de baja estatura. Vestía toda de rosa, su color favorito. Su rostro tenía un semblante demacrado por su convalecencia, pero aun así, se mantenía vivaz. “Pobre niña, tan pequeña y tener que sufrir del hígado”, decía la gente que conocía su caso.

Ana y Silvia pidieron un vaso de jugo mientras Aurelia les explicaba las razones de Diego para emprender un negocio propio. De inmediato el tema se volvió político cuando Silvia señaló que, de no ser por la grave inflación, el niño podría comprar fácil la bicicleta. Ana, con timidez, salió en defensa de Arlex, asegurando que la culpa de la inflación la tenían los empresarios por subir el precio a sus productos sin importarle el pueblo. Otro vecino se acercó y compró un vaso de naranjada.

—No por favor, política no —suspiró el señor Carlos, un vecino de ambas mujeres que ya iba por su segundo vaso—. Déjenme disfrutar en paz de este rico vaso de jugo. No hablen de política.

—Todo es política, la política afecta a todos —comentó Silvia—. Todos debemos poner nuestro grano de arena para salir de ese loco que tenemos de presidente. Yo por ejemplo, no hay una sola marcha de calle a la que yo no haya ido, espero que los partidos opositores y estudiantes convoquen a otra pronto…

—No lo creo, eso ya quedó así, hace tiempo que no hay una marcha. Igual si yo no trabajo no como, yo nunca he ido a una marcha, nunca he votado en elecciones y no me he  muerto de hambre. Yo trabajo como albañil, a mí la política no me afecta. Si no trabajo no como, repito, yo no me meto con el gobierno, que el gobierno no se meta conmigo. Yo no creo ni en el gobierno ni en los opositores. Todos los políticos son una porquería sean de derecha o de izquierda.

—Ay pero que falta de consciencia la suya, don Carlos, eso no es la actitud de un buen ciudadano. Según las encuestas, la gente que piensa como usted, que nunca votan en elecciones, es un 20%. Si ustedes hubiesen votado contra Arlex Borjas en las pasadas elecciones presidenciales él no hubiese ganado, y no tendríamos este desastre…

—Ay señores por favor, hay que respetar la opinión de cada quien… —señaló Aurelia.

—No deberían hablar de política frente a los niños, luego dicen que los que seguimos a Arlex Borjas somos radicales y violentos —dijo una voz que los sorprendió a todos, era Zadir. Estaban tan inmersos en la discusión que no notaron cuando se les acercó.

Zadir saludó efusivo y cariñoso a su madre y a su pequeña hermana. Silvia y Carlos guardaron silencio degustando sus bebidas, mientras miraban con recelo a Zadir.

—Así que estás de vendedor, pequeño duende. —Zadir le revolvió con su mano el cabello al niño y Diego rió—. Dame un jugo a ver qué tal sabe.

Diego le sirvió un jugo mientras Aurelia le explicaba las razones del niño para haberse adentrado en el negocio. Zadir bebió casi de un solo trago y expresó tanto gusto que pidió otro, y lo bebió con el mismo placer. Al tiempo que lo hacía, Silvia le comentó a Carlos sobre la subida de precio del azúcar y de las frutas, y lo difícil que la tenían aquellos que querían emprender negocios de ventas de jugos. Hizo especial énfasis en que tal dificultad era culpa de Arlex. Zadir supo que Silvia lo hizo con intención de mal poner a Arlex frente a él. Entonces el muchacho, sin inmutarse, terminó su bebida y se dirigió a Diego quién se mostraba atento y preocupado ante lo que decía Silvia.

—Chico, solo la astucia e inteligencia determinan el éxito ya sea en una economía socialista o capitalista, aún en escasez o en abundancia, con precios altos o bajos. No te dejes asustar por comentarios mal sanos, el miedo a cualquier cosa es una excusa para no intentar triunfar por miedo al fracaso, y sé que te sobra astucia e inteligencia para triunfar.

Zadir le volvió a revolver el cabello al niño. Él, su madre y su hermana se despidieron de Aurelia, Diego, Silvia y Carlos. Antes de que emprendieran camino a su casa, Zadir le prometió a Diego que iría todos los días a su negocio a comprarle jugo.

El señor Carlos terminó su bebida, se despidió también de todos luego de desearle éxito a Diego en la consecución de su meta. Silvia también le deseó al niño el mismo éxito, y que la inflación no se lo comiera. Tal comentario hizo que Diego se imaginara la inflación como un monstruo gigante verde, con tentáculos que devoraba niños y se inflaba cuando se llenaba de ellos.

—Mamá, ¿por qué yo no tuve un hermano mayor como Zadir? —le preguntó Diego a Aurelia, mientras veía a Ana y a sus hijos irse.

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El retrato a escala natural del general Antonio Olivo estaba ubicado en la pared justo detrás del escritorio de Arlex en la oficina presidencial. Su mirada se mostraba severa y parecía que en cualquier momento hablaría para emitir una reprimenda. Arlex caminó hasta el cuadro y acarició su marco, con sus ojos fijos en la mirada del militar. Raymundo, Tiberio y Tulio esperaban allí de pie para tener una pequeña reunión. Tulio lucía molesto, se mordía sus gruesos labios y apretaba sus brazos cruzados.

—Antonio Olivo, libertador de Caribea y de gran parte de América del Sur —comentó Arlex acariciando una y otra vez el marco. El retrato le transmitía la sensación de seguridad que proporciona un padre. En ese momento, como en muchos otros, deseaba que lo fuera, y que estuviera vivo para abrazarlo y sentir que todo estaría bien —. El héroe más grande de independencia. Ya tu sueño de libertad podré realizarlo. Fuiste tan sabio visionario, cuando escribiste una de tus más grandes reflexiones: “El capitalismo parece destinado a llenar el mundo de miseria a nombre de la libertad”. Detendremos ese destino, seremos libres y haremos libre al mundo. Lo liberaremos de ese… sistema capitalista que angustia, acosa, que obliga y somete a la dura competencia y hace que la gente reciba lo que logre capturar, dentro de una lucha de fieras.

Arlex detuvo su soliloquio y se giró hacia su hijo.

 —Tulio, hijo ¿recuerdas cuando eras niño te hablaba de las heroicas hazañas de Antonio Olivo, al liberar a Caribea del dominio de España? —le preguntó conmovido, sonriendo, con un tono dulce de voz y con sus ojos a punto de llanto.

Tulio respiró profundo con su ceño encogido y se estrujó con sus manos su cara de grandes pómulos.

—Pareces de mal humor ¿Qué sucede? —preguntó su padre arqueando las cejas.

—Mamá y yo sabemos ya la causa real de la muerte de Ariel, papá. —Tulio tenía su respiración sostenida luego de haber inhalado de forma profunda—. ¿Creíste que no lo sabríamos? Acordamos usar a Rasputín no para matar, sino para control mental del pueblo, hasta acabar su sacrificio socialista y fuera por fin recompensado. ¿Por qué no sólo controlarlo para que no votara contra tus leyes? ¿Qué sociedad crearemos si no respetamos la vida?

Arlex caminó desde el cuadro de Antonio Olivo, hasta al otro extremo del salón donde estaba Tulio. Pasó junto a Tiberio quien tenía un gesto pensativo de ojos entornados y leve sonrisa cínica.

—Ariel era un líder nato —respondió Arlex resoplando melancólico—. Dejarlo vivo implicaba tener siempre la amenaza de su liderazgo. No he dejado de pensar ni un segundo en su muerte; pero era necesaria.

—Hasta Dios sacrificó su hijo por una justa causa —terció Raymundo, para luego ser objeto de una mirada de rabia por parte de Tulio, que sin embargo no lo amilanó para continuar—. Pero para Rasputín, el pecado lleva a la santidad. Mientras más pecados cometas, Dios se alegrará por tener más que perdonar. Al perdonar él se engrandece y presume su misericordia.

Arlex sacó del bolsillo de su traje una medalla de plata con la imagen de Antonio Olivo. La lanzó al aire, la tomó en su mano y la observó.

—Pedí una señal a Dios, a Rasputín, al diablo, quien sea. Cuando lance esta medalla y caiga la cara hacia abajo, entenderé que Dios rechaza a los enemigos opuestos a la construcción de la sociedad feliz, y serán sacrificados.  No queda en mis manos que la medalla caiga en cara o inverso. Haré lo que esa fuerza divina o maldita me diga con la medalla. Dios, Rasputín o el diablo, quien me oiga decidirá la vida de mis enemigos.

—¡¿Te lavas las manos, en nombre de Dios?! —preguntó María Laura con su muy sutil tono de voz grave, y sorprendió a todos. 

Ellos miraron hacia la puerta abierta y allí estaba la primera dama parada en el umbral, con su mano en la perilla. Caminó directo hacia Arlex, se detuvo a pocos centímetros de él, y sus caras quedaron muy cerca. Ella lo miró con los ojos de la decepción, mientras él le devolvía un par de ojos desorbitados.

A Raymundo también le sorprendió, pero no le preocupaba que la primera dama supiera la verdad sobre la muerte de Ariel; después de todo, las explicaciones debía dárselas Arlex. Mientras, Tiberio seguía con su mirada de ojos entrecerrados y media sonrisa burlona.

María Laura y Tulio creían en el socialismo como forma de lograr la felicidad de los pueblos en contraposición al capitalismo. Pensaban que solo un gobierno socialista debía repartir las riquezas del país de forma igualitaria entre el pueblo, y no el pueblo quien debía buscar la riqueza en medio de la lucha despiadada que, para ellos, ofrecía el capitalismo. Pero ni María Laura ni Tulio aprobaban cruzar el límite del respeto a la vida humana para lograr tal objetivo; nunca matarían por imponer una ideología política, sea la que fuere.

María Laura tenía cuarenta y ocho años de edad y profesaba de forma ferviente la fe católica; el quinto mandamiento para ella era sagrado y eso lo había inculcado a su hijo. Asimismo, al catolicismo lo identificaba con los principios socialistas; ella consideraba que la frase de Jesús “es más fácil que un camello pase por el hueco de una aguja, a que un rico entre en el reino de Dios”, era una clara justificación del socialismo, pero jamás para matar. Tal era su vocación católica que aquel “hasta que la muerte los separe”, pronunciado en su boda eclesiástica, era lo que le había impedido abandonar a Arlex por violencia doméstica. En los inicios de su matrimonio él la golpeaba como forma de drenar su frustración, cuando en su vida militar las cosas no resultaban como esperaba. Así fue hasta que Tulio creció y pudo confrontar a Arlex para defender a su madre.

Tiberio y Raymundo salieron de la oficina, mientras Arlex, María Laura y Tulio se embutieron en una fuerte pelea familiar. Arlex trató por todos los medios de justificarse. Los gritos cesaron al cabo de unos minutos cuando ella lo llamó: ¡Asesino! Luego, madre e hijo salieron de la oficina presidencial con sus rostros enrojecidos. Atravesaron la pequeña sala de espera fuera del despacho sin reparar en la presencia de Raymundo y Tiberio, quienes se encontraban allí esperando para apoyar a su líder.

Días después, un domingo al mediodía, María Laura se hallaba a punto de abordar el avión presidencial de Caribea estacionado en la base aérea militar. Ya al pie de la escalera del avión, se despedía de Arlex y de Daniel Andara, el fiscal general de la república. Él tenía cuarenta y dos años de edad, era delgado, de tez muy blanca y usaba barba de cinco días muy bien cuidada. En su cuello destacaba un lunar en forma de mancha marrón de seis centímetros de diámetro, con la que María Laura siempre bromeaba a razón de la confianza que su vieja amistad le permitía.

María Laura viajaba a Rusia para incorporarse al equipo que descifraría el código en que algunos textos del diario de Rasputín estaban escritos. Dimitri dejó claro su preferencia por el uso de expertos únicamente del círculo de confianza. Por eso, aprovechando los estudios de criptografía de la primera dama, ella serviría de apoyo, y debía viajar hasta Rusia dada la decisión de Dimitri de no hacer copias físicas ni digitales al diario, porque podrían caer en malas manos. Incluso enviar una copia digital  por correo electrónico supondría un riesgo de que se filtrara y se difundiera por la Web.

Arlex se despidió con ternura de ella, tratando de que su muestra de cariño solapara la imagen de asesino que ahora su esposa se había formado de él. La abrazó e intentó besarla en sus labios, pero ella esquivó el gesto y a cambio mostró frialdad  manteniendo sus brazos abajo. Él sintió que abrazaba un poste de luz bajo la lluvia. El abrazo que María Laura le dio a Daniel, dándole unas leves palmadas en su espalda, se mostró más cálido, y era una mínima parte de lo que Arlex esperaba del suyo.

—Hasta pronto, Danny. El lunar de mancha en tu cuello, me recuerda a un dálmata —bromeó María Laura.

—Tonta. Ten esta medalla de la Virgen de Fátima para que cuide de ti. —Daniel le dio la medalla hecha de plata, con la imagen de la Virgen de Fátima grabada en ella—. Fue bendecida por el mismo papa, durante una misa en la plaza San Pedro a la que asistí, por la conmemoración de un año más de la aparición de la Virgen.

La primera dama la contempló unos segundos, comentó su belleza, se la puso alrededor de su cuello y luego subió por la escalera del avión. Desde la puerta se despidió de todos ondeando su mano y entró. El avión despegó a los pocos minutos.

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Daniel y Arlex entraron a la oficina presidencial, hablando de lo mucho que extrañarían a María Laura. De hecho, la exaltación de todas sus virtudes fue casi el único tema de conversación que abordaron en la limusina presidencial, desde que salieron de la base aérea militar hasta llegar al Palacio de Gobierno. Al entrar, Arlex caminó hasta al retrato de Antonio Olivo, se le acercó, lo contempló unos pocos segundos y luego miró a Daniel.

—Voy a extrañar  a María Laura todo el tiempo que estará en Rusia. Mi gran amiga casi hermana —comentó Daniel con un largo suspiro—. Querer como hermano a alguien sin lazos sanguíneos reales, es algo especial. Cuando éramos jóvenes…

—Yo también lo creo —dijo Arlex sentándose en la silla presidencial, mientras le hacía señas a Daniel invitándole a sentarse en la silla frente a su escritorio—. Tú para mí eres como un hijo. Confío mucho en ti, quizá más que en mi familia. Has demostrado creer de corazón en mi revolución socialista. Sé que estás conmigo por convicción, Daniel.

—Así es, presidente —respondió con satisfacción ante tal confianza expresada.

—Por ello debo darte una misión crucial. Eres fiscal general, necesito tras las rejas a unos enemigos de la revolución. Los quiero presos por una “justa causa” ¿Entiendes, hijo? Inventa algo para acusarlos y enlodar para siempre su reputación. Los quiero encarcelados y desprestigiados, no muertos convertidos en mártires.

—Sí, entiendo y lo haré no se preocupe, ¿quiénes son ellos? —preguntó diligente e intrigado, y luego pasó su vista por unas fotos en portarretratos sobre el escritorio de Arlex. Muchas mostraban al presidente de Caribea con María Laura y Tulio, y una de ellas tenía la imagen de Arlex y Daniel abrazados, usando éste último toga y birrete en su graduación como abogado.

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Arlex dirigía una reunión con su círculo de confianza y de adoración a Rasputín, en la sala de reuniones dentro de la oficina presidencial. El recinto consistía en varias recámaras y divisiones internas: la recepción; la sala de estar; una cocina privada; un baño con ducha incluida; y la sala de reuniones, un amplio y lujoso lugar que contrastaba con el lúgubre y estrecho salón de reuniones en los sótanos secretos.

Los diputados y ministros del círculo y también Raymundo se sentaron a lo largo de una gran mesa ovalada. Arlex se ubicaba a la cabeza de la mesa y Daniel no estaba presente. Todos observaban en una televisión encendida la transmisión del canal de noticias Focovisión. Arlex bajó el volumen con el control remoto y tomó la palabra.

—Presento el diagnóstico actual de nuestra situación. ¿Recuerdan cuando  logramos sobornar a la mayoría de los magistrados de la Corte Suprema de Justicia, para evitar que sentenciaran mi incapacidad mental? Logramos comprar entonces a los magistrados de casi todas las salas que componen la corte, excepto a los jueces de la Sala Electoral, ellos que se decían éticos no se vendieron. Ahora, gracias al poder de Rasputín hemos logrado someter la mente también de estos magistrados. Ante el poder de Rasputín no hay ética que valga. —Arlex sonrió triunfante.

Él esperó que los presentes terminaran de aplaudirlo para continuar hablando.

—El próximo paso a seguir es éste: tenemos ya de nuestro lado 100 diputados de la Asamblea Nacional; cuando logremos 111 tendremos el número necesario que la Constitución Nacional exige para nombrar un nuevo Consejo Electoral a nuestro favor. Pero con 100 diputados, siendo más de la mitad, sí podemos por ahora aprobar una ley de control de precios y frenar la inflación. Si el empresario sube los precios, lo detendremos. Diputada Celia, encárguese usted de esa ley.

—Como usted diga, presidente —respondió la mujer asintiendo con su cabeza.

—Tenemos ya control total de la justicia y pronto de toda la ley. Raymundo, apresúrate en completar el control mental del sector militar en su totalidad.

Raymundo asintió.

—Ministro Lucas, Raymundo lo guiará en todo el proceso para el control del sector militar. Los quiero a todos totalmente leales. Él sabe todo sobre control mental. Obedezca las instrucciones que él le dé, como si fuera yo.

—Pero él no es usted, presidente. —Lucas tragó saliva con dificultad, con una mirada de disgusto—. Como militar y ministro de Defensa, yo debería solo recibir órdenes de un militar de rango superior o del presidente de la república como comandante en jefe de las fuerzas armadas que es, no de otro civil y….

—¿Tiene algún problema en mi manera de hacer las cosas, ministro? —preguntó Arlex, separando su espalda del respaldo de la silla e inclinando su torso hacia Lucas, con una sonrisa forzada para contener un flujo de rabia que no quería liberar. Estaba tan de buen humor, que se negó a que las ínfulas de un militar insolente le echaran a perder aquel momento de sensación de triunfo.

—No, presidente, para mí… está bien lo que usted decida —respondió el ministro de Defensa, tragándose  su orgullo y dignidad.

Raymundo disfrutó ver cómo la nuez de Adán de Lucas saltó de amargura. Lucas no pudo ocultar la sensación de sangre hirviente corriendo por sus venas y acumulándose en su cara, pues el color rojizo que su rostro cobró lo delató ante todos.

—Muy bien —dijo Arlex recostando de nuevo su espalda al respaldo de la silla, muy relajado y sonriente.

Arlex había logrado el control de todos los jueces de la Corte Suprema de Justicia. Gracias a eso, todas las sentencias judiciales de su interés, que el organismo emitiera desde ahora, lo favorecerían siempre. Le faltaba controlar la voluntad de solo once diputados y así obtendría la cantidad de 111 votos, necesarios para remover a las actuales autoridades del Consejo Electoral y cambiarlas por otras leales a él. El Consejo Electoral era el ente encargado de organizar las elecciones de cargos públicos y hacer el conteo de los votos obtenidos. Arlex pensaba que si lograba el control de los cinco rectores que dirigían al Consejo Electoral, podría controlar el resultado de todas las elecciones. Eso con solo darles la orden a ellos para que hicieran un ajuste fraudulento a su favor en el número de votos, que le permitiera siempre el triunfo. Así, aunque el pueblo lo rechazara, Arlex se mantendría en el poder por la vía de elecciones y luciría como un gobierno legal ante la Sociedad de Naciones Democráticas, hasta que ya no necesitara de su visto bueno; hasta que Rasputín interviniera en ella. Arlex podría controlar al Consejo Electoral de dos formas: ya fuese hipnotizando a sus actuales cinco miembros, o bien cambiándolos por otros leales a su causa cuando tuvieran los 111 diputados necesarios para ello. A él le parecía más idónea esta última forma a fin de matar dos pájaros de un tiro, pues logrando uno podría obtener el otro de forma segura, y así también ahorraba tiempo. Además prefería lealtades reales en el Consejo Electoral y no aquellas impuestas por hipnosis. Estas últimas eran un último recurso.

Arlex pidió prestar atención a la televisión porque desde la señal de Focovisión, canal que según él siempre inventaba noticias en su contra para perjudicarlo, ahora se daría una información de su interés y beneficio.

Todos vieron en pantalla a Zulay presentar una noticia desde el estudio del canal. Arlex subió el volumen a control remoto.

—Vamos a conectarnos con la señal del canal del Estado Caribeavisión —dijo la periodista, y en el acto, la señal de Focovisión se conectó a la señal de Caribeavisión; dicho canal era administrado por el gobierno nacional bajo la gerencia del ministerio de Comunicación, y por lo tanto, bajo control de Arlex. En Caribeavisión él tenía 24 horas de propaganda política dedicadas a su favor, y las noticias que transmitía el canal no hablaban del creciente aumento en los índices de inseguridad ciudadana, tampoco del aumento de la inflación o desempleo. En su lugar, en Caribeavisión se hablaba de medidas populistas tomadas por Arlex que al final no resolvían los problemas del país; medidas como la repartición de “ayudas económicas” mensuales para personas pobres, que no se traducían en mejoras en su calidad de vida, dado que el monto asignado no alcanzaba si quiera para cubrir una cuarta parte del valor de la canasta alimentaria mensual.

Caribeavisión transmitía una rueda de prensa del fiscal Daniel Andara, desde la sala de conferencia de prensa de la fiscalía general. Allí, de pie en un estrado y rodeado de periodistas, hacía un importante anuncio.

—La policía abortó un plan de asesinato contra el presidente Arlex Borjas. Se allanó la casa del estudiante Camilo Lara, cómplice en la pasada protesta estudiantil en que murió una persona. En su casa se halló una laptop con datos del plan, que incluía muertes y violencia de calle, y también con nombres de otros cómplices; uno de ellos, es el alcalde de Tiuna Leonardo Pérez, quien ahora debe estar recibiendo su aviso de imputación de la fiscalía para que rinda declaraciones…

Arlex bajó el volumen del televisor con el control remoto.

—Leonardo ya no nos dará problemas con su recolección de firmas de porquería. —Arlex resopló—. Tampoco esos estudiantes…

Tulio entró al recinto exaltado e interrumpió la reunión.

—Analizamos la grabación, papá. El chantajista es… alguien en quien confías demasiado.

—¿Ya saben quién es? ¡¡Dilo!! —exclamó Arlex ansioso.

Todos los ministros y diputados se miraron con preocupación y asombro.

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Daniel Andara entró a su lujoso departamento hablando con alguien por su smartphone.

—Sí, hoy lo llamaré para cerrar el trato. Quiero que nos vayamos de esta locura de país con nuestro hijo. No quiero que nazca cerca de ese loco. Sí, sí ya tengo lo que me enviaste por correo postal, en un lugar seguro. Estuve en una reunión con tu esposo y… yo… no recuerdo nada más.

Daniel cerró la puerta, miró con desconcierto a todos lados. Su rostro palideció.

—¿Cómo llegué aquí? —se preguntó a sí mismo, retirando el celular de su boca.

Lanzó una segunda ojeada a su departamento y retomó la conversación.

—Debo hacer algo. Te llamo luego, amor —dijo para luego colgar la llamada.

Daniel pasó su mano por su cara. De pronto, el piso se movía, todo daba vueltas y un leve sofoco lo envolvió. Respiró profundó, se recostó a la pared y el malestar pasó; pero un presentimiento nefasto lo abrumó. Se sintió observado por alguien desde todas direcciones, y como si una espada colgara sobre su cabeza, presta a caer en cualquier momento.

Caminó trastabillando por un repentino temblor en sus piernas hacia un cuadro clásico en óleo de la Virgen de Fátima, colgado en la pared. Lo acarició y contempló la imagen de la joven que vestía túnica blanca y un manto de igual color que le cubría la cabeza, sobre la que  portaba una corona de oro. Su esbelta figura etérea se mantenía de pie sobre un pequeño arbusto de encina. Tenía las manos en posición de plegaria y de ellas pendía un rosario de cuentas nacaradas como perlas, con un crucifijo. La mujer miraba de forma compasiva a tres niños pastores de rodillas frente a ella. Daniel era devoto a la Virgen de Fátima, dado su origen portugués y la gran devoción católica de su madre que le había inculcado. El fiscal caminó a su habitación, entró en ella y la encontró desordenada. Las gavetas fueron vaciadas al igual que su closet. Su ropa y sábanas estaban tiradas en el piso. Su colchón reposaba apoyado contra una pared.

Corrió nervioso hasta una de las gavetas y buscó alterado algo en ella.

—¿La copia del video? Me descubrieron… —dijo con voz ahogada de angustia. Comenzó a jadear cuando percibió el aire muy pesado; tanto, que no lograba hacer que entrara por sus fosas nasales, pese a intentar aspirar con fuerza. Un sudor frío inundó su cara, mientras que un mal augurio bombardeaba su mente y lo envolvía como un grueso manto que lo sofocaba. Presentía que no vería otro amanecer, una voz dentro de su cabeza se lo susurraba con placer. Luego de varias bocanadas desesperadas recobró la normalidad de su respiración.

Hizo una llamada en su smartphone, pero solo escuchaba el tono que indicaba la ausencia de señal de cobertura. Tampoco podía enviar mensajes a través de su servicio de mensajería instantánea. Usó el teléfono alámbrico, pero el mismo no tenía señal.

                     *******

Al mismo tiempo, en el sótano secreto del Palacio de Gobierno, Roberto estaba inmóvil atado a una silla y, con sus ojos enrojecidos que no parpadeaban, miraba de forma fija a los ojos del retrato de Rasputín. Raymundo lo acompañaba y le hablaba al oído.

—Irás al edificio donde vive Daniel Andara. Espera escondido una señal. Luego haz que la gente te vea. Después… haz que un carro te atropelle…y muere.

—Sí —dijo Roberto con una trémula voz y fue lo único que respondió.

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Era ya de noche. En su apartamento, Daniel llevaba rato sentado en su cama tomando un trago de licor, tratando de calmarse. Reflexionaba en lo tonto que había sido por guardar una copia del video en su habitación, y pensaba en que su fin había llegado, si las pruebas de su chantaje habían caído manos de Arlex. La angustia en ese momento era una montaña de piedra sobre sobre su pecho. Notaba que su boca, sus labios y garganta se resecaban en solo segundos, y solo el licor le quitaba la molestia.

Se preguntaba por qué Arlex hasta ahora no lo había contactado si lo había descubierto. Tal vez se tomaba el tiempo de preparar su castigo muy bien. O quizá no había sido Arlex quien lo había descubierto como el chantajista, sino otra persona que trataría de extorsionarlo por una suma de dinero que él seguramente podría pagar, y todo se solucionaría. Eso debía ser, si no ¿por qué Arlex no se había comunicado con él para castigarlo? Estaba empezando a calmarse y a sentir los tragos subírsele a la cabeza, cuando se sobresaltó de nuevo al oír sonar su smartphone.

En su pantalla, Daniel vio un aviso que rezaba: “2 mensajes multimedia nuevos. Origen: número desconocido”. Abrió el primer mensaje; era una grabación de voz y activó su reproducción. Se trataba de su propia voz diciendo: “Quiero 500 mil dólares en seis días o todo el país sabrá tu relación con Rasputín y lo que hiciste a Ariel”.

Daniel detuvo la grabación y palideció aún más. Reprodujo el otro mensaje multimedia; era un video y comenzó a verlo. Su rostro mantuvo una mueca de miedo mientras veía su contenido. En aquel instante se percibió a sí mismo como un niño vulnerable e indefenso, necesitado de los brazos de su madre para que lo protegiera, porque algo muy malo estaba por ocurrirle. Al terminar de ver el video, seleccionó la opción de “reenviar video” y lo remitió a alguien, al tiempo que caminaba fuera de la habitación. Sacó de su bolsillo otro Smartphone cuando esté sonó anunciando la llegada de un mensaje en su servicio de mensajería instantánea. Revisó en ese segundo móvil la recepción del video que él mismo se había enviado, y desde allí reenvió el video a otra persona. Respiró aliviado al ver que su teléfono móvil ya tenía señal para enviar mensajes, pues eso significaba que debía tenerla para hacer llamadas.

Estuvo a punto de intentar hacer una llamada en su smartphone, cuando fue detenido por algo que lo sorprendió. La sala, antes bien iluminada, ahora era un recinto sombrío porque las luces de las lámparas estaban apagadas, y los encendedores no funcionaban. La poca claridad del lugar provenía de las luces de la ciudad a través de la ventana. Notó que en la parte superior de las paredes había una fina cobertura de hielo en capas. En ese instante un intenso frio lo recorrió desde la punta de sus pies, hasta su cabeza. Frotó sus manos tiritando y expelió un denso vaho por su boca.

Se giró de forma rápida al notar de reojo una silueta negra sobre su sofá. Era el ya conocido buitre negro que anunciaba la presencia de Rasputín. El ave estaba posada sobre el mueble y veía a Daniel de forma acusatoria. Por unos segundos, las elevadas ondas sonoras de un canto gregoriano en idioma ruso se enquistaron de manera repentina en su mente. Se tapó los oídos pero era inútil. Allí se percató del origen del sonido; no venía desde fuera, sino de dentro de su cabeza. El cántico se hizo más fuerte hasta taladrar sus tímpanos, y gritó con desespero. Cayó al piso gimiendo cuando las ondas sonoras le provocaron un fuerte dolor de oídos.

Los cantos gregorianos desaparecieron de su cabeza de un momento a otro. Se puso de pie y notó la ausencia del buitre. Fue hasta la pintura de la imagen de la Virgen de Fátima al sentir la necesidad de su protección, pero la imagen ya no estaba en el cuadro. El paisaje de fondo de la obra y los niños pastores seguían allí, pero ella no.

 La sala sombría se iluminó por una fuente de luz detrás de Daniel. Él se giró 180 grados y el corazón le dio un vuelco, al ver a la Virgen de Fátima en vivo y en persona, parada allí, en medio de su sala, viéndolo con una dulce mirada y rodeada por una intensa luz blanca. Ella tenía las manos en posición de plegaria.

Alelado, y con el corazón desbocado, se dejó caer de rodillas frente a la Virgen muy cerca de ella. Mientras permanecía en aquella posición, su consciencia buscaba determinar si aquello era un sueño, una alucinación de locura o producto de varios tragos de vodka en su flujo sanguíneo. Sus oídos le zumbaban y el corazón le daba tumbos tan fuertes que los notaba hasta en su garganta hecha un nudo.

—No temas, hijo, vengo a cuidarte. Mi hijo y yo estamos tristes por la maldad de la gente. Su sacrificio fue en vano. —La voz de la Virgen de Fátima tenía un dulce tono que reverberaba sutilmente. Para sorpresa de Daniel, ella no movía su boca al hablar.

La Virgen empezó a derramar lágrimas que corrieron por sus rosadas mejillas, y le extendió sus manos a Daniel. 

—Por favor protégeme de Arlex y de Rasputín —gimoteó mientras extendía sus manos para tomar las juveniles manos de la Virgen. Allí, Daniel tuvo un fugaz y vívido recuerdo de su niñez  cuando los truenos lo asustaban en alguna noche de tormenta y debía correr a los brazos de su madre.

Ahora que sus manos reposaban entre las manos de la aparición, pudo palparlas, “eran carne y no incorpóreas”. Las sintió suaves pero heladas, y a cada instante su frialdad aumentaba. Entonces, las manos de la Virgen, en pocos segundos y de forma progresiva, se tornaron envejecidas, ásperas, esqueléticas, con manchas, llagas  y venas brotadas. Daniel, asustado, gritó, mientras su vista buscaba el rostro de la Virgen. Ahora, ella con un rictus de malicia tenía su faz cubierta de cientos de moscas al igual que sus manos. El estridente sonido de cantos gregorianos volvió a la cabeza de Daniel.

El hombre gritó y trató de zafarse. La supuesta Virgen de Fátima lo soltó de una mano, y ella se pasó su mano sobre su propia cara. Luego de hacerlo, su rostro quedó visible y ahora se mostraba diabólico; esquelético; de tez arrugada y ojos cadavéricos, blancos sin pupilas. Al mismo tiempo, lanzó alaridos.

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