Capítulo 6. Las calles de la miseria

Daniel gritó preso de un ataque de nervios y cayó de espaldas al piso. Desde allí observó cómo de debajo de la túnica de la Virgen, a sus pies, una fuente desconocida de combustión empezó a generar chorros de fuego. Ella extendió sus brazos a sus lados y lanzó un agudo bramido, mientras mantenía una mueca de dolor y las flamas la envolvían. Su cuerpo ardía en llamas, pero el fuego no la consumía.

Las lenguas de fuego se esparcieron por la sala abrazando sillas, mesas, cortinas. Daniel llevó sus manos a su estómago al sentir que sus entrañas se retorcían. Nunca había padecido un ardor tan intenso en su abdomen, ni en sus peores episodios de acidez estomacal. Apenas logró entender lo que le ocurría: se quemaba desde dentro. Sus vísceras ardían mientras lanzaba alaridos de dolor. Sobre la piel de sus brazos emergieron terribles quemaduras por las cuales se asomaron varios fogonazos. Pronto se vio envuelto en llamas que lo consumían con rapidez. Convertido en una antorcha humana, se lanzó contra la ventana cerrada, rompió sus vidrios y cayó al vacío.

En la calle, las personas transeúntes vieron a Daniel precipitarse desde el quinto piso del edificio, y luego se empaló sobre la rama rota de un árbol ubicado junto a la entrada del inmueble. Su cadáver quemándose quedó colgando de la rama. Las mujeres en el lugar gritaron aterradas al verlo. Muchos curiosos arrastrados por el morbo macabro filmaron el suceso con las cámaras de sus smartphone.

Roberto salió corriendo por la puerta del edificio. Estaba agitado con su mirada extraviada. Tropezó con los curiosos apostados en la entrada que veían el cadáver de Daniel ser consumido por el fuego.

—¡Muerte a Daniel Andara y a Arlex Borjas! —gritó en el momento en que corría y se abría paso entre  toda la multitud.

—¿No era ese Roberto Carrizales, el que busca la policía? —preguntó un hombre, uno de los curiosos allí presente que videogrababa con su smartphone.

Al ver a Roberto, el hombre cambió de objetivo y lo videograbó a él cuando corría y se perdía de vista.

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Una espesa bruma cubría el amanecer en la ciudad de Moscú, entre cuya opacidad se asomaban las siluetas de la Casa Blanca de Moscú y el Kremlin.

En una amplia y lujosa habitación, María Laura daba vueltas sobre su gigantesca cama, tratando de liberarse de sus cálidas sábanas que la atrapaban y la seducían para seguir durmiendo. Se frotó los párpados y los fue abriendo poco a poco, para adaptarlos a la luz del día que se filtraba entre las cortinas del ventanal. Se sentó en la cama y encendió su smartphone, que había dejado conectado al cargador de energía sobre su mesita de noche. Lo revisó y vio en él un mensaje multimedia recibido; era un video.

Ella reprodujo la videograbación. Ésta mostraba a Daniel, de mirada lejana y perdida, atado a una silla. Reconoció de inmediato la voz de Raymundo hablarle al hombre, pero el psiquiatra no era visible al estar fuera del foco de la cámara.

—Te envío este video para que recuerdes que te descubrimos. Es más interesante que el video que tenías para chantajear al líder. No recuerdas nada por la hipnosis, pero pensamos que mereces saber que… morirás por traidor. Esta noche Rasputín te visitará y tomará tu alma. Se divertirá contigo como le plazca. Lanzamos la medalla y Dios le dio la espalda, señor fiscal.

La amenaza de Raymundo terminó en una larga carcajada y la pantalla se puso en negro.

Las manos le temblaban, un escalofrió coronó su cabeza y bajo por su nunca. Una opresión le llegó de súbito a su pecho. Marcó repetidas veces a los dos números de celular del fiscal pero solo escuchaba el tono que indicaba la ausencia de señal.

—No Danny, no, no mi amor. —María Laura rompió a llorar de forma silenciosa con las manos en su cara. Experimentó la caída sin fin por un oscuro pozo de tristeza, frustración y soledad. Detuvo su llanto de forma repentina y miró hacia el piso mientras una idea se clavaba en su mente y luego revoloteaba en su cabeza como un cuervo graznando, y es que si Daniel había sido descubierto, era solo cuestión de tiempo para que ella también lo fuera. Pensó de inmediato en las formas en que podrían conectarla con él. Sin embargo, notó que Daniel envió el video desde su otro Smartphone, uno que él usaba para comunicarse con ella en secreto, donde tenían lugar conversaciones muy comprometedoras. Ella sabía que el fiscal guardaba ese otro teléfono en lugar secreto que ni ella conocía. Sea lo que fuere que le hubieran hecho, esperaba que antes hubiese dejado ese otro móvil oculto. El llanto regresó, esta vez con fuertes sollozos gracias al miedo que se sumó a la tristeza. De pronto, se vio caminando por una cuerda floja muy alta, y al fondo estaban Arlex y Rasputín.

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La muerte del fiscal Daniel Andara causó revuelo informativo los días siguientes. La prensa, radio, televisión y medios Web concentraron su atención en el asesinato. De vez en vez en la televisión, Zulay ofrecía avances informativos sobre el desarrollo de las investigaciones por parte de la policía científica, que se negaba a dar mayores datos a la prensa para, supuestamente, no entorpecer la investigación. No obstante, el ministro de Interior y Justicia, Tiberio Haitán, había asegurado que en poco tiempo daría una rueda de prensa sobre el caso.

—Recordemos que el mismo día de su muerte, el fiscal general anunció que fue abortado un plan de magnicidio contra el presidente Arlex Borjas, donde presuntamente estarían involucrados varios estudiantes, así como el alcalde del municipio Tiuna Leonardo Pérez —dijo la periodista.

Arlex bajó el volumen del televisor a control remoto, después de ver el último reporte noticioso de Zulay. Luego retomó la nueva reunión con su círculo de confianza, en el salón de reuniones de la oficina presidencial. 

—Enviar a la cárcel a Leonardo Pérez es útil para nosotros, no solo para evitar que siga con la idea de revocar mi mandato, sino también por lo que les explicaré —dijo.

Arlex informó de un déficit fiscal que su gobierno sufría, según él, por tres razones: primera, los empresarios que él llamaba oligarcas capitalistas querían perjudicar a su gobierno, por eso frenaron la inversión privada, dejaron de abrir nuevas empresas, y las que aún permanecían abiertas se las estaban llevando fuera del país. Al haber menos empresas, había menos fuentes de recaudación de impuestos nacionales; segunda, Arlex había entregado al pueblo de las clases bajas muchas empresas expropiadas, y reconoció que la mayoría de ese pueblo era incapaz de gerenciarlas con eficiencia, porque los anteriores gobiernos no habrían creado facilidades para que la gente pobre se preparara en universidades. Así, esas empresas generaban pocas ganancias y muchas pérdidas financieras que el gobierno debía asumir. Por ende, tales empresas tampoco servían como fuentes para recaudar ingresos por impuesto nacional; y tercera, el déficit empeoraría, según el ministro de Economía, Fernando Ramírez, porque el precio del principal producto de exportación de Caribea, el petróleo, estaba bajando en el mercado mundial, debido al recién hallazgo de nuevos yacimientos petroleros en China y al aumento del uso de energías alternativas por Estados Unidos, que haría bajar la demanda mundial de producto durante largo tiempo. En tres meses habría una fuerte baja del precio del barril del petróleo. Ahora en 99 dólares, podría bajar a 10 dólares, de acuerdo a proyecciones del ministro. 

El gobierno se iba quedando sin dinero, así que debían buscarse fuentes alternas de ingreso y el municipio Tiuna era la clave. Cada empresa en Caribea pagaba dos impuestos: un impuesto nacional que iba a las finanzas del gobierno nacional, y un impuesto municipal que iba a las finanzas de las alcaldías. Tiuna tenía la mayor recaudación por impuesto municipal en todo el país. Caribea se organizaba en 14 municipios y Tiuna por si solo recaudaba el ingreso que 8 municipios recababan, porque en Tiuna se concentraba el 80% de todas las empresas e industrias de Caribea, gerenciadas por gente muy capacitada que les procuraban altas ganancias, pues Tiuna también agolpaba el 90% de la población de clase media y alta. Por eso Arlex nunca había expropiado empresas en ese municipio; para no hacerlas improductivas y valerse de ellas cuando las necesitara. El plan del presidente era sacar del juego al alcalde Leonardo Pérez y tomar Tiuna con sus ingresos municipales para paliar el déficit. Para esto requerirían la elección de un nuevo alcalde aliado de Arlex.

El presidente golpeó con su puño la superficie de la mesa luego de explicar el plan.

—Antes de ser castigado por traidor, Daniel como fiscal imputó a Leonardo y a otros estudiantes por delito de conspiración, es cuestión de horas sus detenciones. El nuevo fiscal general seguirá con el caso. Daré la orden para que nuestros tribunales, de forma rápida, condenen a Leonardo a unos diez años de cárcel. No quiero que su juicio se extienda más allá de unos… dos meses. Pasados 30 días en la cárcel, deberán convocarse nuevas elecciones en Tiuna, y me encargaré de que sea electo uno de los nuestros, para acceder a las riquezas de Tiuna. No mencionen nunca más a Daniel ante mí —ordenó con frialdad, como si fuera cualquier cosa; pero en el fondo, era consciente de su debilidad al haber confiado tanto en alguien que lo traicionó. Más que dolor y tristeza, lo que percibía era una rabia ardiente por sus venas, por haber sido, según él, tan ingenuo como un niño. Pero no le volvería a ocurrir, se lo juró a sí mismo por su vida.

—El alcalde interino, mientras Leonardo esté en la cárcel y se convocan elecciones, será el Secretario de Gobierno de Tiuna. ¿Hará algo contra él mientras tanto? —preguntó Celia—. ¿Lo hipnotizará?

—Quiero a alguien realmente leal a mí en ese cargo de alcalde, sin que esté hipnotizado. Que sigan disfrutando de Tiuna por un par de meses más hasta las elecciones —respondió sonriente y muy confiado.

—Pero presidente, si necesita dinero ¿por qué no ordena al Banco Central de Caribea que siga imprimiendo dinero como siempre lo ha hecho? —preguntó Nicodemo—. Es fácil ¿o acaso también está escaseando el papel y la tinta?

—No seas estúpido, Nicodemo —respondió Arlex con desdén—. ¿Recuerdas que una vez intenté explicarte por qué el Banco Central no puede estar imprimiendo más dinero para repartir en la calle? Ya llegamos al límite, no podemos seguir haciendo eso. Haría que la gente tuviese más dinero, que puedan comprar más, pero como los empresarios oligarcas dejaron de producir, los pocos productos que hay aumentarían de precio… la inflación se desbordaría…

Todos notaron la cara de confusión en Nicodemo.

—Olvídalo—. Arlex resopló viéndolo con menosprecio y resignación.

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En el salón de sesiones de la Asamblea Nacional tenía lugar una nueva votación para aprobar un proyecto de ley que Arlex presentó días atrás ante el parlamento, y que había levantado polémica. El secretario terminaba de dar lectura a dicho proyecto, de pie en el estrado de oradores. La diputada Celia había estado revisando  una carpeta con hojas en lo alto de su curul de presidente de la Asamblea Nacional. Luego de cerrarla, tomó la palabra a través de su micrófono.

—Leído el proyecto de Ley de Control Cambiario procede su votación. Aquellos a favor de su sanción indíquenlo —dijo.

Muchos parlamentarios levantaron sus manos. Ricardo, sentado en la primera fila de los curules, estaba tan seguro que los diputados del partido de gobierno tendrían mayoría, que  no se tomó la molestia de girar su cabeza hacia atrás para ver quién había votado a favor, como siempre lo hacía en votaciones muy cerradas. Quería en lo posible evitar el trago amargo de verlo, así que solo bajo su mirada y la enquistó en la superficie de su mesa. Él esperaba que el secretario dijera “84 votos a favor”, pero el anuncio del hombre fue peor de lo pensado.

—Ciento diez diputados a favor.

Aquellas palabras cayeron sobre Ricardo como un chorro de agua helada. El gesto de consternación se explayó en su cara y la diputada Celia no pudo recordar la última vez que ella había sido tan feliz como ahora. Ricardo giró rápido su mirada hacia atrás, y vio como nuevos diputados opositores, que antes no lo habían hecho, tenían ahora la mano levantada apoyando a Arlex en la aprobación de su ley.

—¡Mayoría evidente, aprobado! ¡Gran triunfo para la revolución! —sentenció Celia muy regocijada con las manos arriba—. Gracias a esta ley, el gobierno es el único que puede vender dólares a las empresas para importar bienes solamente en beneficio del país. Empresa que quiera dólares tendrá que someterse a las directrices democráticas del presidente Borjas. Y mañana aprobaremos la Ley de Control de Precios contra la inflación. El pueblo ya aprendió y no volverá a la pobreza en que los anteriores gobiernos a Borjas nos sometieron. Cuando fui niña en mi casa no había qué comer y tuvimos que comer comida de perro con pasta para no morirnos de hambre. —Celia tuvo un leve quiebre de voz al final de su disertación, como si le doliera hablar,  y sus ojos se mostraban llorosos.

Celia y Ricardo cruzaron miradas de odio. El hombre escuchaba los murmullos de los otros diputados que apoyaban a Arlex y alcanzaba a entender las burlas hacia su persona y hacia la bancada opositora. Frases como: “están perdidos”, “más nunca serán mayoría”, “perdedores” le hizo gritar internamente. Ricardo se mordió la mejilla por dentro de su boca mientras evaluaba las consecuencias de caerles a golpes, que tantas ganas tenía en ese momento. Se dedicó a maldecirlos mentalmente hasta que Celia declaró el final de la sesión.

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En la sala de reuniones de los sótanos secretos, Arlex y Daniel Andara se hallaban sentados a la mesa, con Víctor parado detrás del fiscal general. Arlex, con gesto de enojo, metió la mano en el bolsillo de su camisa y sacó la medalla de Antonio Olivo, la lanzó, la tomó en el aire en su mano y la observó con nostalgia.

—Dios te dio la espalda, hijo mío —le dijo inexpresivo a Daniel.

Daniel sostuvo la respiración al ver que la medalla había caído en reverso; sabía lo que eso significaba. Arlex miró a Víctor y éste, desde atrás, le puso un pañuelo a Daniel en la cara.

Arlex despertó sobresaltado en su cama. Su subconsciente le hizo revivir en sueños los momentos en que capturó a Daniel. Se quedó con la mirada fija hacía la ventana, viendo la oscuridad nocturna mientras se frotaba su cara sudada.

—¿En verdad soy tan fuerte como creo que lo soy? —susurró para sí mismo viendo la luna—. Si soy débil… complementa mis fuerzas Rasputín, te lo suplico.

Se sintió el hombre más solo del mundo, el único habitante del planeta cuando volteó a su derecha y contempló ese lado de la cama vacío. María Laura, luego de su regreso a Caribea por la repentina muerte de su amigo Daniel, dormía en otra habitación, alegando que le daba náuseas compartir la cama con un asesino y que nunca más lo haría. Arlex pegó la nariz en la almohada de su esposa y aspiró fuerte y profundo, hasta que en lo más hondo de su mente penetró el sublime aroma de la mujer, el exquisito perfume francés que siempre le obsequiaba en su cumpleaños. Agarró la almohada y se durmió con ella en sus brazos.

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La mañana era radiante, un sol incandescente caía inclemente sobre la ciudad. La señora Ana, ataviada con ropa deportiva, caminaba de prisa por las calles, aspirando y exhalando de forma rítmica. Sudaba a cantidades y de vez en vez tomaba un sorbo de agua de una botella plástica que llevaba con ella. La gente admirada la veía y comentaba lo inspirador que les resultaba ver a una mujer de su edad haciendo actividad física.

La señora Ana entró a un supermercado. Dentro, tomó un carrito y comenzó a deambular entre los pasillos de estantes. Muchos de los anaqueles estaban vacíos, con letreros en los que se leía: “leche”, “harina”, “azúcar”, “papel higiénico”, “aceite de maíz”, “arroz”; y los refrigeradores, que tenían un letrero que rezaba “pollo” en sus puertas, también se hallaban vacíos.

Numerosas personas iban y venían entre los pasillos llevando carritos de supermercado, a cuyo paso miraban incrédulas los estantes carentes de productos.

La señora Ana iba visiblemente cansada, y era una de las personas que miraba extrañada cómo, en lugar de comida, muchos de los anaqueles mostraban espacios disponibles. A través de uno de los estantes vacíos, ella pudo ver a su amiga Silvia en el pasillo de al lado. Ambas se sorprendieron gratamente al verse y caminaron de prisa a encontrarse, llevando sus carritos. Al hacerlo se saludaron efusivamente con un abrazo.

—¡Comadre lo logré! ¡Bajé 23 kilos! ¡Vengo de pesarme con el nutricionista! ¡Ya le puedo dar parte de mi hígado a mi niña! —expresó Ana emocionada.

—¡Comadre qué bueno! —Silvia con una gran sonrisa la abrazó de nuevo—.  Yo misma soy testigo lo gorda que usted estaba, y ahora tan delgada, casi irreconocible.

Silvia la veía de arriba abajo; estaba conmovida por lo que una madre era capaz de hacer por un hijo. Hacía dos meses la pequeña hija de Ana fue diagnosticada con insuficiencia hepática y requería un trasplante de hígado. Su madre era compatible para el trasplante, pero debía superar un sobrepeso de 23 kilos y así lograr estar en capacidad de ser donante al bajar sus niveles de colesterol. La mujer lo había logrado.

—Gracias a Dios y al presidente Arlex Borjas. En dos semanas ya debemos estar viajando a Cuba para la operación —dijo la señora Ana, alzando su mirada y sus manos hacia arriba.

—Ay, comadre, yo sé de mucha gente pobre que muere en los hospitales del país porque no hay insumos médicos; gente que conozco a favor de Borjas. Y perdón que te arruine el momento, pero es así.

—Ay pero comadre eso no es así —replicó la señora Ana.

— Es así. Borjas te ayuda porque lo conoces en persona desde hace años. ¿Por qué no ayuda a la gente de los barrios que no tiene que ver con él? ¿Ves que te manda a operar a Cuba porque aquí los hospitales no sirven? Y mira como comienza a escasear la comida, hace tiempo no hay leche, pollo, harina, y otras cosas. Todo por la expropiación, y esa ley de control de precios que obliga al comerciante a vender productos a un precio menor a lo que cuesta producirlo, sin dejarle ganancias. Las medicinas escasean también, llevo días buscando una medicina para mi mamá y no la hallo. Y mira esto. Seguro Arlex Borja los secuestró.

Silvia desenrolló un periódico que tenía en su carrito de mercado y le mostró la primera plana, cuyo titular Ana leyó en voz alta.

—“Desaparecen varios estudiantes universitarios durante protesta contra el presidente Arlex Borjas. Gobierno nacional asegura que ellos se esconden y preparan un atentado en su contra”.

Zadir llegó y las sorprendió. Llevaba puesta una de sus muchas franelas con el rostro de Arlex y el slogan “Arlex Borjas presidente”, y saludó con un beso a la señora Ana.  

—Hola mamá, te vi caminando que entrabas aquí, pero caminabas tan rápido que no te alcanzaba. —Zadir le sonrió a su madre, y luego mostró un gesto de desagrado cuando saludó a Silvia—. Hola doña Silvia ¿Sigue con falsos testimonios contra el presidente Borjas? No crea lo que dicen los medios de comunicación. Recuerde que los dueños de los medios son oligarcas y defienden sus intereses.

El comentario de Zadir era una diplomática agresión contra Silvia, y generó un clima de tensión e incomodidad que opacó el momento de alegría de la señora Ana, quien miró con vergüenza a su amiga.

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La  reja del estacionamiento del Palacio de Gobierno, custodiada por la guardia presidencial, se abrió a control remoto, y un lujoso auto salió a través del portal hacia la calle. Dentro, María Laura iba melancólica recostada en el asiento trasero, apenas días después de haber regresado a Caribea. Aún tenía muy reciente la imagen del ataúd de Daniel cuando era bajado a la fosa.

—Señora, siento lo del doctor Andara —dijo José, el chofer, un hombre contemporáneo con María Laura, mirándola por el espejo retrovisor.

—Gracias, José —respondió con la ojos fijos en el piso del auto, pero su mente en el rostro de Daniel.

El carro entró a la calle, y un mendigo que caminaba encorvado por la calzada se atravesó en su camino. José no pudo esquivar al indigente porque aún tenía la vista en la primera dama. María Laura le advirtió del hombre frente al auto, pero fue muy tarde. El carro impactó al pordiosero y éste cayó desmayado al pavimento.

El mendigo despertó en la cama de una habitación lujosa. Vestía con harapos, llevaba barba, era delgado, alto, ojos negros, cabello largo hasta los hombros. Entre toda esa suciedad y descuido se asomaba el rostro de un hombre de unos treinta años de edad.

Lo acompañaban María Laura, Ana y el doctor Alberto, un hombre de aspecto bonachón en sus cincuenta años, impecable y canoso. El médico le puso la luz de una linterna pequeña en sus ojos. El mendigo la  miró sin decir nada.

—Ningún hueso roto y su vista está bien. Sólo tiene un leve esguince en un pie —dijo retirando la linterna de los ojos del pordiosero.

El indigente miraba a todos lados, transmitiendo tanto miedo y vulnerabilidad que tocó el corazón de María Laura.

—Él no habla bien, apenas balbucea —dijo Ana viendo al mendigo de forma dulce—. Es un mendigo a quién siempre le doy comida y no entiende bien lo que le dicen. Es como un niño. Creo que ni sabe su nombre.

—Comía hambre arrr —balbuceó el mendigo, haciendo muecas impulsivas.

—Creo que se recuperará —dijo Ana riendo—. Tiene hambre. Voy a buscarle algo de comer.

La señora Ana salió apresurada de la habitación.

—Qué raro, no huele mal para ser mendigo. Recomiendo que guarde cama unos días —aconsejó el doctor.

—Sí doctor. De todas formas, buscaré la forma de que tome un baño —dijo María Laura.

Ella se acercó al mendigo sonriéndole y éste sonrió con ella.

—Descuida. Estarás aquí hasta que sanes. Por lo pronto te llamaremos… Danny —dijo ella con un dulce tono de voz.

El mendigo balbuceaba palabras incompresibles, mientras aplaudía y sonreía como un niño pequeño cuando le informan que lo llevarán de paseo a comer helados.

María Laura vio el despertar de su instinto maternal de protección que llevaba dormido hacía muchos años, desde que Tulio se hizo un hombre independiente. Sentir que alguien la necesitaba le daba algo en qué ocuparse para no pensar en lo que había perdido. No pudo evitar ver en aquel muchacho a un niño indefenso que necesitaba ayuda, y ella se la daría.

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La casa de la señora Ana era pequeña y humilde, y se ubicaba en una de las zonas más pobres de la ciudad capital de Caribea. Algunas noches era frecuente escuchar los sonidos de disparos en las cercanías, seguido por sirenas de los carros de la policía. El recinto de la cocina no tenía baldosas ni cerámicas, a la estufa le faltaban perillas, por ello era usado un alicate para poder darle vueltas al encendedor de las hornillas. La puerta de la nevera no se mantenía cerrada por sí sola; debía colocarse una silla recostada a ésta para que no se abriera. En el aire era posible percibir un olor a aceite de cocina usado muchas veces para freír.

La señora Ana le servía la cena a la pequeña Lucía. Sobre su plato colocaba una pata de pollo, con algunas rodajas de tomates y, para beber, un vaso con jugo de remolacha.

La señora Silvia estaba allí sentada a la mesa, invitada a cenar por su amiga. Había llevado una torta de auyama como postre.

—¿Mami, otra vez patas de pollo, y tan poquito? Ya tenemos muchos días comiéndolas. ¿Por qué no hemos vuelto a comer tortillas de harina y pollo? Y hace semanas que no bebemos leche ¿Y la carne blandita de siempre? Y estos tomates saben rancio.

Ana abrazó a Lucía mientras le hablaba con dejo de tristeza, y una sensación de impotencia resignada.

—Todo mejorará pronto y volveremos a comer las cosas ricas de antes. Es que hay hombres malos escondiendo la comida. Pero el presidente Borjas los detendrá. Mientras, usa tu imaginación, e imagina que esta pata de pollo es un rico muslo, y el jugo es un rico vaso de leche. Piensa en tu operación, cuando estés curada. Es poquito porque hay que dejarle un poco a Zadir. Ya no había más en el supermercado.

—Pero comadre, usted trabaja en la cocina del Palacio de Gobierno ¿Me va a negar que allá no hay de los alimentos que están escaseando? ¿Por qué no le dieron a usted para que trajera a su casa? —preguntó Silvia.

—Ay comadre, sí habían algunos productos escasos en el palacio, el presidente Borjas dijo que los consiguen con dificultad. Él me aseguró que pronto la situación de la escasez de alimentos se solucionará. Él sí me ofreció algunos alimentos, pero… la verdad, yo no me sentiría bien sabiendo que mis vecinos, usted y el resto del país está sufriendo por la escasez de alimentos, mientras yo tengo de todo. Prefiero esperar que todo se solucione como dijo el presidente Borjas.

Silvia solo la miró con incredulidad, con sus ojos entrecerrados y su boca torcida, con toda la intención de que su amiga supiera que no había creído nada de lo que le dijo, no tanto por ella, sino por las palabras de Arlex.

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María Laura y Arlex compartían una cena privada en una pequeña mesa redonda, colocada en la oficina presidencial. Asuntos de trabajo habían retenido a Arlex hasta altas horas de la noche y su esposa decidió acompañarlo, aunque no por motivos románticos.

—La torta de leche, la tortilla de harina y el pollo…deliciosos, felicita a Ana de mi parte. —Arlex tomó de forma feroz otro bocado de la pierna de pollo.

—La comida la hizo el mendigo que José atropelló. Ella lo ayudó. Resultó una sorpresa cocinando. Y tú querías echarlo —respondió su esposa mirando la mesa repleta de comida—. ¡Qué ironía! Estamos comiendo los productos que el pueblo común no encuentra en las tiendas de comida. ¿Cómo los consigues?

La mujer tenía sentimientos contrariados ante la mesa atiborrada por suculentos platillos: sopas, cremas, un pollo horneado, tortillas de harinas, una jarra de leche, una botella de vino y vegetales con fresca apariencia. Afuera, en la calle, ahora el ciudadano común solo podía soñar con tales alimentos. El delicioso olor de la comida hubiese abierto el apetito a cualquier persona, sobre todo con el olor del pollo horneado bañado en vino tinto, miel y adornado con rodajas de naranjas. Arlex estaba a reventar, pero no podía dejar de devorarlo todo.

—¿Ah sí? Que se quede cocinando, a ver si Ana aprende. —Arlex tomó un largo sorbo de leche, mientras pensaba qué responder a la pregunta de María Laura—. Pronto venceremos a los oligarcas y los productos volverán al mercado, pollo, harina, leche ¡todo! Ya sabes que ellos están escondiendo la comida, para obligar a que los precios suban, luego los venden dentro del país a precios más altos, o los venden fuera del país. Los vamos a detener te lo juro.

Arlex había respondido mirándola a la cara, directo a los ojos. En su mente, la mujer lo comparaba con un cerdo gordo comiendo en un chiquero hasta quedar desvergonzadamente harto. Su voz interna lo insultaba y le deseaba lo peor: “basura, asesino. Debo ver el día que Dios te dé tu merecido castigo, que él te dé una muerte lenta y dolorosa”.

—¿Qué se sabe de la muerte de Daniel? —preguntó la mujer entornando la mirada hacia Arlex.

Arlex retiró su mirada de los ojos de María Laura, se sirvió una copa de vino y tomó un largo sorbo, mientras de nuevo pensaba en una buena respuesta.

—Lo que todos saben, que la oposición envió a Roberto con una bomba a matarlo —respondió, con la vista puesta en su plato de pollo horneado con vegetales.

Arlex no lo sabía, pero María Laura entendía muy bien el significado de su modo de responder sin verla a los ojos. Ella aún con los ojos entreabiertos, como un gesto de marcada desconfianza, solo se le quedó mirando mientras comía. Él sabía que era observado, pero evitó corresponder a su mirada inquisidora.

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Silvia caminaba por un barrio de calles y casas deterioradas, aquella tarde de cielo nublado. Llevaba dos bolsas plásticas con provisiones, una en cada mano. En una de las bolsas se asomaba una lechuga. Pasó frente a una pequeña casa que tenía un gran portón cerrado, sobre cuyo dintel había un letrero de madera con la frase: “Panadería San Sebastián”. Silvia se detuvo asombrada cuando vio un cartel hecho de papel colocado en el portón, con un manuscrito que rezaba: “Cerrado por falta de harina”.

Silvia continuó su camino y comenzó a percibir un olor a grasa de carro. Estaba caminando ya frente a un taller mecánico cuyo cartel de identificación rezaba: “Taller don Abundio e hijos”. El señor Abundio era un canoso hombre de casi sesenta años de edad, de aspecto cándido. Llevaba una braga manchada de grasa. Silvia lo encontró cerrando el portón del taller y antes que terminara de hacerlo, ella vio varios carros desarmados dentro del local. La mujer se detuvo frente a él para saludarlo.

—Hola, don Abundio ¿Cómo le va? ¿Cerrando temprano para irse a descansar? —preguntó ofreciéndole una sonrisa amistosa.

—Eso quisiera yo —contestó resoplando, mientras terminaba de cerrar el portón y le ponía una cadena con candado—. No he podido comprar repuestos de carro, porque Borjas no quiere vender dólares a las empresas que los importan. Muchas de ellas tienen como dueños a opositores contra su gobierno ya identificados. Y las casas de cambio ya no tienen permiso del gobierno para vender dólares. Sin repuestos no hago nada. ¿Qué hago?

Hacía tiempo que Silvia había comenzado a ver como algunos negocios pequeños estaban cerrando temporalmente y otros, de forma definitiva; pero, se percató de que aquello se había vuelto más frecuente en los últimos meses. Tuvo un mal presentimiento, como si Caribea se estuviera convirtiendo en algo diferente a lo que siempre conoció; algo malo de lo que sería difícil dar marcha atrás.

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Danny, el mendigo, batía una sopa en una enorme olla usando un gran cucharón de madera. Se hallaba muy laborioso en la cocina del Palacio de Gobierno. El lugar era muy amplio, con lujosas cerámicas y baldosas, cantidades de ollas y cucharones. Había un gran horno empotrado a la pared. Un rico aroma de sopa de auyama impregnaba el sitio, y el calor del fuego cociendo los alimentos alcanzaba hasta el último rincón.

Danny estaba limpio, afeitado, con el cabello recortado. Vestía franela y pantalón de mezclilla. Lucía más joven con su nuevo look. Doña Ana se le acercó mientras el hombre batía con fuerza la sopa.

—Muchacho, esa sopa de auyama huele muy bien ¿dónde aprendiste a cocinar así? —preguntó la señora Ana sonriente—. Y eso huele hasta mejor que cuando yo la hago. Hijo, así afeitado y con el pelo corto hasta buen mozo te ves.

La señora Ana en tono bromista pasó la mano por el liso cabello del chico. Él rió y balbuceó encogiendo los hombros. Por el borde del cuello de la franela de Danny se asomó una cadena de plata que la señora Ana notó y le llamó la atención.

—¿Y esa cadena, hijo? ¿Tiene alguna medalla? —preguntó haciendo un ademán para tocar la cadena—. ¿Quién te la dio?

Danny se mostró arisco, nervioso y se apartó de ella.

—Está bien hijo, si no quieres que la vea descuida —dijo dejándolo tranquilo.

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Las nubes se fueron, el cielo se despejó y el sol caía implacable. Silvia seguía su travesía por varios supermercados, buscando los productos que escaseaban en el país. Los políticos opositores a Arlex aseguraban que la escasez se originó a raíz de la política de control de precios impuesta por el gobierno, que generó desincentivo para la producción de bienes. El gobierno obligaba al productor a vender su producto a un precio, pero producirlo le costaba más que ese precio de venta. Así, el productor no recuperaba su inversión. Por tal motivo, prefería dejar de producirlo o llevarlo fuera del país a venderlo a un precio que le permitiera recuperar el dinero invertido.

Silvia llegó a las afueras de un supermercado, a cuyas puertas había más de doscientas personas formadas en línea bajo el sol. Ella se acercó y vio varios letreros en la entrada en los que se leían: “Un pollo por persona”; “Una lata de leche por persona”.

—Dios ¿Pero qué es esto? —preguntó asombrada para sí misma.

—Ahora hay que formarse en columna para comprar los productos escasos, y los racionan —respondió una mujer de edad avanzada en la línea, que la había escuchado preguntar.

Había una señora en avanzado estado de embarazo que también estaba en la línea, y Silvia vio el momento en que la mujer se desmayó. Afortunadamente las otras personas pudieron tomarla entre sus manos antes que se golpeara contra el suelo. La cargaron y la llevaron bajo la sombra de un árbol. Allí le echaron aire para refrescarla, usando periódicos como abanicos, esperando que reaccionara.

Mientras Silvia veía impresionada la situación, recibió un fuerte empujón por la espalda que casi la hizo caer. Se trataba de dos hombres en la columna que se empezaron a golpear. El motivo era un pollo congelado en una bolsa, que uno intentaba quitarle al otro por la fuerza.

—¡Ese pollo es mío, desgraciado! —le gritó el fornido hombre al otro más delgado, mientras ambos halaban la bolsa del pollo por sus extremos.

—Dios ¿Pero cómo llegamos a esto? —susurró Silvia haciéndose a un lado. De pronto, se vio a sí misma como sumergida en una selva, con tribus primitivas luchando a muerte por una presa que habían cazado. Se negaba a creer que su país se había convertido una tierra de barbarie antes sus ojos, de forma tan gradual que no se dio cuenta sino hasta que el daño estuvo hecho.

Al tiempo que Silvia veía horrorizada aquellas escenas de miseria, escuchó hablar a una mujer con un hombre en la línea de formación.

—No me importa hacer línea por horas —dijo el hombre—. Prefiero que sea el gobierno de Borjas quien reparta la comida y controle los precios, que mantenga los precios bajos. El empresario es tan malvado, que da miedo. Antes del gobierno de Arlex Borjas yo intenté tener una panadería pequeña, pero un panadero capitalista poderoso me acusó de robarle clientes, me quemó mi panadería. Él tenía amigos en la policía y nadie investigó nada y la empresa de seguros no respondió por mi incendio, porque no fue accidental. No recuperé mi negocio. La libertad no sirve. Ahora ese panadero tuvo que cerrar la panadería, bien hecho.

—Lo entiendo, usted no es el único que no pudo cumplir sus sueños —respondió la mujer—. Desde muy niña tuve que salir a planchar ropa ajena, ir a vender verduras al mercado, tuve que hacer cosas que no me gustaban para llevar comida a la casa. Ni siquiera pude ir a la escuela. No me quedaba tiempo ni de pensar en lo que me hubiese gustado ser cuando fuera grande. Ahora de adulta, me doy cuenta que me hubiese gustado ser bailarina de ballet; ya es tarde para mí. Mientras, los hijos de los oligarcas seguramente de niños jugaron, y de adultos pudieron ser lo que quisieron. ¿Cómo ir a la escuela, a la universidad si primero había que ver de dónde sacábamos dinero para comprar comida? Gracias a Dios que el presidente Borjas llegó para salvarnos y protegernos de los malditos oligarcas.

Silvia continuó su travesía, y pasó por una calle donde vio un espectáculo que le causó gracia y pena a la vez. Una mujer le estaba dando un billete de cinco olivos a un mendigo ya entrado en años que se hallaba sentado en la acera. La mujer tenía una mueca de desagrado al percibir el mal olor que emanaba del hombre canoso, vestido en harapos.

—¡Doña, por Dios! ¡Usted me ofende! —gritó el mendigo poniéndose de pie y haciendo que la mujer se sobresaltara.

—¡Ay! ¡¿Qué le pasa?! ¡¿Está loco?! —exclamó la mujer asustada, caminando de prisa para alejarse del pordiosero.

—¡Esto a mí no me alcanza ni para un café! —gritó el hombre indignado, en un tono de voz de perfecta modulación y pronunciación, que pretendía hacer sonar elegante, como declamando la prosa de un poema pero sin rima—. ¡Usted no se ha dado cuenta cómo están los precios que se han subido para arriba estos días de hoy! Hace dos meses atrás yo me compraba un café con cinco olivos, y el día del presente de hoy no me compro nada. Si la inflación y los sueldos aumentan subiendo, las limosnas también tienen que aumentar subiendo.

El hombre recogió un saco lleno de latas que tenía junto a él y se marchó.

                     *******

Una multitud de personas se aglomeraba en la calle a las puertas de una carnicería. El grupo miraba con curiosidad hacia su interior. Un cartel en su puerta rezaba: “Carnicería Don Pepe”. El local estaba ubicado en un vecindario de casas humildes y calles rotas. Silvia continuaba su recorrido con bolsas en mano, y al ver la multitud se acercó a una de las chicas que curioseaba frente a la carnicería, y que ansiosa se comía las uñas.

—¿Qué está pasando ahí hija? —le preguntó Silvia.

—El gobierno está expropiando esa carnicería —respondió alterada.

Por la puerta salieron dos hombres de uniforme rojo, cada uno con un carnet colgando de sus cuellos que rezaban: “Ministerio de Alimentación”. Se abrieron paso entre la muchedumbre a empujones. Uno de ellos puso un cartel en la puerta, en el cual se leía: “Expropiado”. Tras ellos salieron don Pepe y doña Francisca, una pareja de cándidos esposos de unos sesenta años de edad. Don Pepe estaba iracundo, mientras doña Francisca lo tomaba de su brazo, temerosa. El hombre era en ese instante una olla de presión, con sangre hirviendo burbujeante, a punto de explotar. La multitud de curiosos los rodeó. 

—¡Esto es porque mi hijo Roberto les ha dado guerra en la calle! Lo raptaron ustedes, rueguen que no le pase nada. La policía ya allanó esta casa y no encontraron nada en su contra, ¿Qué más quieren? —exclamó don Pepe encolerizado, con su rostro enrojecido y jadeando. La cara del hombre ardía como si toda la sangre de su cuerpo se acumulara hirviendo en ella.

—Viejo, cálmate te va a dar algo —suplicó doña Francisca sacudiéndolo del brazo.

—Roberto no tiene nada que ver con esto —dijo uno de los hombres en tono calmado, mientras hacía unas anotaciones en un block de notas que tenía en sus manos.

—¡Miren como está el barrio, calles y cloacas rotas botando agua! ¡Todos los días asaltan y matan gente, para eso si no vienen para acá ¿verdad?! —gritó don Pepe jadeando más fuerte, al tiempo que se llevaba la mano al pecho.

—El gobierno nacional fijó un precio a la carne. La ley dice que si se vende a un precio superior al fijado, se expropia el negocio. Usted es un sinvergüenza, se aprovecha del hambre del pueblo. Usted viola la ley —dijo el otro hombre riendo—. Esta carnicería queda expropiada en nombre del pueblo.

—¡Ustedes son los sinvergüenzas! ¡Quieren adueñarse de lo ajeno sin haberlo trabajado! —les gritó bufando don Pepe—. Aquí vendemos carne a precio justo. ¿Cómo le ponen un precio por debajo del costo de producción? Así el vendedor no recupera su inversión, no tiene ganancia. ¡Brutos no entienden! ¡Dios mío que impotencia tan grande, hasta cuando! ¡Y quiero que me devuelvan a mi Robertico, malditos! —don Pepe dio el primer paso para irse encima de los dos hombres, con el fin de caerles a golpes y dejar aflorar toda su rabia acumulada, pero no lograr dar el segundo paso.

Don Pepe ya tenía una mueca de dolor cuando se llevó su mano al pecho. Un fuerte corrientazo impactó su brazo izquierdo que luego se convirtió en una intensa puntada. Era como si tuviera un pesado saco de cemento sobre el pecho oprimiéndolo, sin permitirle respirar. Cayó al piso gimiendo y quedó inconsciente en pocos segundos. Doña Francisca lloraba desesperada de rodillas junto a él, y lo zarandeaba. La gente curiosa los rodeó sin atreverse a intervenir, por temor a represalias de parte de los dos funcionarios del gobierno. Éstos últimos solo se quedaron allí de pie sin hacer nada, viendo a don Pepe en el suelo.

—Ay viejo, no me hagas esto, reacciona por favor… ¡Una ambulancia! —gimoteó doña Francisca.

El hombre entreabrió los ojos.

—Ro… ber… ti… co —susurró con hilo de voz que se fue apagando en cada sílaba. Fijó su vista en su esposa, y luego sus pupilas ya no se movieron más.

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